La sensación de naufragio

El Informador, jueves 11 de diciembre, 2008.

Toda crisis nos orilla a reflexionar sobre nuestros hábitos y costumbres y sobre la manera en que veníamos haciendo las cosas hasta ese momento. Pero, una crisis, como la que estamos empezando a vivir, nos da la sensación de estar en medio de un naufragio, donde creemos que vamos a perder todo. A partir de esa vivencia, se puede llevar a cabo el cambio y la transformación de las empresas, de las instituciones y de las personas.

En los talleres de liderazgo basados en alguna de las obras de Shakespeare —como he importado la versión de Richard Olivier desde Inglaterra — y, en particular, con el tema del liderazgo responsable del cambio y la transformación se basa en La tempestad, una obra que empieza con una tormenta tal, que sólo oímos cómo gritan: ¡ya nos llevó...! o ¡todo está perdido!, como lo hacen los pasajeros de ese barco que está en medio de una crisis a punto de naufragar.

Son los mismos gritos que podemos imaginar se dan en la oficina del director general de una de estas empresas en crisis —como La Comercial Mexicana— a punto de naufragar. Esa situación fue provocada por Próspero, auxiliado por Ariel, el espíritu de cambio, desde la isla en donde se había exilado hacía años, cuando su hermano Antonio lo derrocó de su ducado en Milán.

La sensación de naufragio, paradójicamente, es la que nos permite revisar a fondo lo que hemos hecho y, por eso, nos damos cuenta de lo que teníamos y cuál era la escala de valores que, a lo mejor, lo habíamos dejado en decadencia, situados en un ámbito confortable. donde creemos que «aquí no nos va a pasar nada».

La tempestad y el naufragio son situaciones que nos obligan a realizar cambios profundos y, con esos cambios, podemos volver a saber qué es lo que realmente vale la pena y qué sólo eran costumbres mal habidas.

Ahora se habla de cambiar y volver a fundar las bases del capitalismo —como lo explicó Sarkozy—, basada en una ética del esfuerzo y del trabajo, hasta encontrar un nuevo equilibrio entre la libertad necesaria y las reglas, entre la responsabilidad colectiva y la individual. Se tiene que llegar a un nuevo equilibrio entre el mercado y el Estado, sobre todo ahora que ha intervenido para salvar al sistema bancario en crisis.

Esta asociación entre la vida empresarial y el teatro isabelino, este encuentro de dos culturas, nos permite participar en el desarrollo de México, estableciendo esos paralelismos para vernos actuar como nunca antes lo habíamos hecho, reflejados en un espejo, como es en esta obra, de tal manera que tomamos conciencia de lo que es el cambio y de lo que en verdad somos —la dualidad de los sentimientos—, pues ya sabemos que todo el mundo es un teatro y todos los hombres y las mujeres, simples actores que tienen sus entradas y salidas; en su tiempo, un hombre representa muchos papeles...