jueves, 18 de diciembre de 2008

Navidad de todos los colores

El Financiero, lunes 22 de diciembre, 2008.
La cartelera de la TV que abunda en temas navideños

En estos días sólo vemos en la TV series, programas y películas —nuevas o viejas— relacionadas con la Navidad o que giran alrededor de esta celebración. Hallmark decidió pasar una película sobre este tema del 1º al 25 de diciembre, como fue el Visitante de Navidad donde el hijo muerto en la guerra en Irak regresa, en el cuerpo de otra persona, para consolar a la familia completa; o esa familia que decide no celebrar, ni participar de los ritos de oficina, así como negarse a los regalos automáticos, a poner el árbol de navidad y mucho menos los adornos exteriores con los renos, el carro y las carcajadas del buen «papá Noel» o Santa Claus, ni cargarles más la mano a los niños haciéndolos el cuento —que hemos creído siempre— de que el responsable de los regalos es Santa y no los padres, inventando una historia tal, que es más complicada que el mismo nacimiento del niño Dios.

La frecuencia modulada va en aumento: los centros comerciales se retacan de compradores compulsivos que no resisten pasar estas fiestas en paz —como el moto que acompaña a esta festividad—, sino todo lo contrario.

Detrás de esa hiperactividad y del aparente «yo te regalo, si tú me regalas», se construye una espiral ascendente que llega hasta el colmo cuando se convierte en una paradoja, pues lo que se regala no le viene bien a nadie, ni se necesita ni mucho menos, pero en fin, sigue los patrones del comercio de la temporada en donde se calienta el consumo y, de ahí, la producción, las importaciones o las exportaciones y todo.

Parte de la resistencia del hombre para celebrar en la intimidad el recuerdo del nacimiento en Belén de hace veinte siglos, viene acompañado de ese saber que la vida es un préstamo a corto plazo, con todo y sus avatares, sorpresas y giros —como el que dan los ríos antes de llegar a la mar—, sus vuelos de buena altura o a vista de pájaro; ese subir y bajar instintivamente, pasando por el agua de las emociones turbulentas —que se mueven según la marea—, para de ahí, pasar al balcón, donde se puede ver el bosque, justo donde nace la poesía, esta herramienta tan poderosa para engañar y ver el fondo de la realidad; pero si sigue uno subiendo a lo más alto podrá, desde ahí, jugar a ser uno de los dioses del Olimpo, un Júpiter que puede descender —de vez en cuando—, sobre todo, si abajo nos hemos hecho bolas y ya no sabemos cómo deshacer esos nudos gordianos.

Casi todo lo que han producido para la TV en estas épocas tiene elementos mágicos: el deseo cumplido a última hora; la comprobación de que existe un espíritu navideño que arregla los entuertos o el asomarse por la ventana hasta que vea uno descender a los renos que jalan al gordo de barbas blancas y traje rojo, que nos hace un guiño, sí, ese que viene desde el Polo Norte —¿por qué se les ocurrió que viva en ese lugar imposible donde tiene su fábrica con todo y sus obreros, esos delicados gnomos o los enanos trabajadores que resisten, no sabemos cómo, los avatares de ese insoportable clima—; o las cartas a Santa Claus para entregársela ahora que está ahí sentado sin que falte la foto Polaroid, con los niños sentados en sus piernas o aquel prehistórico Santa del Sears Roebuck de Insurgentes, cuando en nuestra infancia nos llevaban para oírlo cómo se carcajeaba hasta que se le acababa la cuerda.

Los mayores celebran bebiendo y cenando pavo como en la fiesta de navidad en Fanny y Alexander (1982) de Bergman, donde sale a colación la envidia de la tía, los celos de la cuñada, el tío de la nariz colorada que hace bromas, el solterón y bueno para la parranda al lado de la decadencia o de la realidad que a veces nos abruma o los sueños que no se han cumplido y todo cerca del árbol que protege los regalos de los niños que se asoman por las escaleras para intuir que algo anda mal en estas historias, pero que mejor no preguntan, no vaya a ser que se acabe la fiesta.

Y cuando ya se han ido todos, solos en su cama, fluyen las anécdotas de la noche y las sorpresas, pues nadie sabía que tal cosa y la soledad, la bendita soledad que comparten los dos, la soledad de la pareja, una vez que han vuelto a acomodar los regalos para los niños que muy temprano se van a despertar con el gusto de haber recibido lo que pidieron o algo parecido, con ganas de salir a jugar con el vecino de la privada para cachar usando el nuevo guante de béisbol. Por un momento, entre las brumas del amanecer, la navidad oculta la crisis, el desempleo, el miedo de quedarse en medio de la calle sin saber qué pueda pasar mañana.

Pero mientras hay vida y dejemos que las cosas sigan su rumbo, nos tapamos bien y vemos a Bing Crosby con su White Christmas para creer, por un momento, que todo está bien, que todavía todo puede seguir bien, celebrando así, renovación de la esperanza como esta que necesitamos hacer cada año, para quedarnos tirados en la lona, aunque sabemos que la vida es azarosa y que está llena de sorpresas como el giro y vuelta de los ríos que van a la mar y que antes se retuercen negándose a entregarse francos y de cuerpo entero a dónde pertenecen.