martes, 2 de diciembre de 2008

Prometer no envilece

El Informador, martes 2 de diciembre, 2008.

Mientras el Partido Revolucionario Institucional (PRI) organiza foros, aceitando la vieja maquinaria y poder encontrar argumentos para enfrentar la crisis económica mundial que le sirvan en la campaña de 2009; mientras la nueva izquierda del Partido de la Revolución Democrática (PRD) con Jesús Ortega a la cabeza, trata de unir los fragmentos que quedan a su alrededor para definir el camino a seguir, y el Partido Acción Nacional (PAN) reestructura su plataforma y mete en cintura a esos miembros celosos e individualistas, Andrés Manuel López Obrador (AMLO) recorre el país, haciendo campaña, aprovechando cualquiera de los errores de los demás, total, con eso de que prometer no envilece, hace camino al andar.

No se pueden negar los resultados obtenidos por este político ambicioso que desea el poder y que sabe utilizar los argumentos en campaña, prometiendo la renovación de todo lo que está a nuestro alrededor y que huele a podrido.

No importa que luego, cuando haya logrado el poder, sus promesas se transformen en triste realidad —sin negar nunca lo prometido—, haciendo uso de la magia en la aplicación de la retórica y de las verdades a medias.

Andrés Manuel López Obrador es un hombre que está recorriendo el país, prometiendo, como cualquier político lo haría en campaña, lo que la gente desea tener algún día mágicamente, como es un proyecto diferente de país, y para eso los invita a luchar por la igualdad y la justicia. Así, poco a poco ha ido integrando a millones de ciudadanos en su movimiento en medio de una transformación camaleónica, pasando del original PRD a la Convención Nacional Democrática, para luego pasar a ser el gobierno legítimo y de ahí, navegar con la bandera del Frente Amplio Progresista (FAP), argumentando a su paso que aquello que él señala es la verdad, asegurando que sólo él puede hacer cambiar las cosas.

Tiene todo el tiempo del mundo para recorrer plazas y poblados y para convencer, poco a poco, de que él es el hombre indicado para provocar el cambio, o como él dice, para aplicar la auténtica democracia —como si la que tenemos sea falsa—, pero, como sabemos, así es esto de la retórica o de las verdades a medias y cuando él dice que tiene la autoridad moral, sobre todo en esta época decadente, donde tal parece que se actúa sin escala de valores, ni ideales o principios, en donde la corrupción es el pan de todos los días —y que son verdades, no tan a medias—, en prometer el gran cambio con una serie de argumentos que lanza al aire para que caigan al suelo, como las semillas al voleo, sólo para ver cuál de todas esas prenden en esa tierra seca de ideales.

Con esta verborrea, con esta retórica, como dicen los que conocen la oratoria de Cicerón, el maestro López Obrador va convenciendo a cierta gente, como representante de una nueva causa, y el resto de los políticos sólo se quedan viendo sin aparentemente hacer algo que contrarreste esta estrategia llena de presunciones.