jueves, 11 de diciembre de 2008

Vicky Cristina Barcelona

El Financiero, lunes 15 de diciembre, 2008.
Una comedia enredada, irónica y divertida

Woody Allen ha sido, es y seguirá siendo un director que nos ofrece sus obras desde su perspectiva, es decir, desde el punto de vista de un neoyorkino, como ese que corre por sus venas. Ahora se llevó a su reparto a la Barcelona de Miró o de Gaudí con todo y la Sagrada Familia, el parque Gual y La Pedrera —y aquí mismo volvemos a tararaear la canción tema de Barcelona, con Giulia Tellarini (Barcelona, te estás equivocando...), que resulta perfecta para esta obra y una de las cosas que más nos gustan de la película, con esa vocecita de niña traviesa que sugiere que Barcelona tiene que cambiar si no quiere morir.

Con esa melodía entramos al mundo de las dualidades: de la apacible vida de los artistas, que contrasta con la vida superficial de los norteamericanos en escena como resulta ser el novio de una de las dos turistas guapas que, en sí mismas, son opuestas y por eso se complementan, que han decidido pasar el verano en Barcelona para ventilar su neurosis.

Woody Allen nos ofrece una de esas historias que se ha inventado y que ahora navega por el mar de la ironía, sobre las aguas del erotismo, como aquel estereotipo que es Carmen de Bizet y que ahora toma forma en un complicado y abierto ménage á troi o á quatre, sólo para épater le bourgois de la Norteamérica puritana.

Vuelve a usar la narración en off para que entendamos el tejido de su nudo gordiano y podamos saber qué pretende Cristina (Scarlett Johansson, 1984-), la gringa desbocada, dispuesta a probar las delicias de una aventura catalana, o Vicky (Rebbeca Hall, 1982-), su opuesto y complemento, de un realismo puritano que perturba a la posible felicidad de poder jugar un rato y que no deja que se trasmine el deseo a su alma puritana. Las dos son como la Luna y el Sol mientras disfrutamos del paisaje gaudiesco, paseando por el parque Gual o por la fachada de La Pedrera y el mito del arte.

No le ha ido nada mal a la obra pues se estrenó el 15 de agosto de este año y, después de un mes de estar en cartelera en EUA, había recaudado $20 millones de dólares de los cuales más de $2 entraron a las arcas por los distribuidores en España, en donde tuvieron el primer mes más de un millón de espectadores antes de irse a Francia en donde estuvo como la número uno, durante dos semanas consecutivas.

Escrita y dirigida por Woody Allen usó las locaciones de Barcelona en Cataluña y Oviedo en Asturias. ¡Ah!, la bella Oviedo, con su cristo de marfil medieval que es toda una obra de arte y con sus edificios de cantera, sus cafés en la calle donde se puede beber y tomar unos pinchos, mientras están cuajando su abierto deseo de hacer el amor, por hacerlo —con uno de estos brincos nostálgicos de ciertas actitudes lúdicas—, para lograr retozar un rato con Cristina a pesar de su reticencia inicial y dejar la huella con una de esas sensaciones que jamás vuelve a tener en su vida.

La empezaron a filmar en junio del 2007 y la terminaron en agosto. Allen fue muy cuidadoso al escoger su reparto y por eso logró uno de los mejores: Javier Bardem, como el artista y galán, con un Oscar recién ganado; la guapa y chaparrita Penélope Cruz, como una desquiciada artista española, celosa, en el papel de María Elena, la esposa del artista, liberal y abierta a todos lo sexos. Tal parece que ya está nominada para el Oscar por su papel secundario. Para tener dos patas bien puestas con el público norteamericano, está su estrella —en las últimas obras de este director—, la rubia Scarlett Johansson con todo y la trompita bien parada, dispuesta a todo, como eran las gringas que venían a Guadalajara en el verano de nuestra prehistoria, acompañada por la alta y estoica Rebbeca Hall, que hace de maravilla su papel, siendo primeriza con este director.

Woody Allen planeó hacer «una película seria, pero romántica, con algunos momentos divertidos, donde no haya sangre por ningún lado» y uno respira hondo, pues no cabe duda que, como buenos seguidores de la obra de Allen, sabemos que sus expectativas se cumplen.

Como siempre, Allen es un agudo observador del ser humano, de sus fragilidades, de sus fortalezas, de sus ambigüedades y por eso consigue equilibrar, con elegancia —como dicen los del Chicago Sun-Times—, el melodrama y la comedia, generando un placer de estar viendo algo diferente, que nos gusta —añado—, por mantener una tensión amorosa, clara y sin ambages como la que propone el pintor codependiente de su mujer tan española, esta especie de Carmen, insisto, con un amor-odio con su marido que de repente enloquece de celos y que abre las llaves de la atracción, sin importar el género.

Es una película sexy y es un egoísta que no nos deja disfrutar más de la belleza de Cristina y de Penélope, sólo nos asomamos para imaginar su cuerpo desde el mezanine donde la vemos en action-painting en la planta baja, desnuda pero cubierta con un mono que deja flotando por los aires sus carnes. Hay una nueva moral como insignia con la que las nuevas generaciones recorren sus campos de batalla.