jueves, 8 de enero de 2009

La Quinta de Beethoven

Día Siete, domingo 22 de diciembre, 2008.
A doscientos años del estreno

Como era de esperarse, para el estreno de su Quinta Sinfonía, Ludwig van Beethoven (1770-1827) tuvo problemas con los músicos de la orquesta de Viena para dirigir los ensayos de esta sinfonía que se estrenaría el 22 de diciembre de 1808.

La prematura sordera hizo que su carácter se amargara y se desesperaba con los músicos. Una vez confesó que sentía una gran humillación cuando alguien que estaba a mi lado oía desde lejos la flauta mientras yo, por el contrario, no podía oír nada… esto me llevaron al borde de la desesperación y faltó muy poco para que acabara con mi vida. Ese año había cumplido los 38 años de edad y sólo deseaba que la orquesta interpretara su obra tal cómo él se había imaginado que era.

En uno de los ensayos, estaba tan nervioso que no sabemos si fue a propósito o por accidente, pero el hecho es que tiró al suelo a un joven del coro que sostenía las velas encendidas. Por eso, los músicos se enfurecieron y aceptaron tocar en el estreno sólo si el maestro se abstenía de dirigir los ensayos. No le quedó más al maestro que irse a un salón al lado y desde ahí escuchar cada uno de los cuatro movimientos. Al término de cada uno, le comentaba al primer violín sus puntos de vista quien a su vez, diplomáticamente, se los hacía llegar a los músicos.

El programa era maratónico: la pieza principal era el estreno de la Quinta Sinfonía en Do menor, Opus 67, seguida de la Sexta Sinfonía, más conocida como Pastoral y, en el último momento, se le ocurrió incluir el Tercer Concierto para piano —que él interpretaría—, ademá de una obra vocal que compuso apresuradamente y que se conoce como la Fantasía para Piano, Orquesta y Coro o la Fantasía Coral, con la que tuvo otro tipo de problemas —graves— el día del estreno y que casi fue una pesadilla: como estaba recién compuesta, los músicos no habían tenido tiempo de entenderla bien en detalle, pues no hubo tiempo para ensayarla, así que, cuando empezaron ciertas repeticiones, unos músicos las hacían y otros no. El resultado, se lo pueden imaginar, fue un caos: desde el podio, el maestro Beethoven les gritó a los músicos, golpeo el atril con la batuta y lo hizo que se detuvieran, obligándolos a comenzar, una vez más, desde el principio.

A pesar de todo esto, la Quinta Sinfonía ha resultado ser una de las obras maestras del repertorio orquestal y pronto se convirtió en la sinfonía más interpretada hasta nuestros días. No se sabe por qué, aunque se especulan varias cosas: una, que tal vez el éxito se debe al sensacional y pegajoso motivo inicial que tiene esos acordes que, en español, nos suenan onomatopéyicamente hablando —como se define al grupo de palabras que, al pronunciarlas imitan el sonido de lo que describe— y que, en este caso son: ¡para papá! y, luego, se repite, para papá, para papá, para papá.... para papá, para papá, para papá... para papá... para papá.... para papá, papá y, luego de una pausa, vuelve a repetir este motivo y lo hace durante toda la obra. Tal vez por eso la recordamos, ¿o no?, y, al recordarla, la tarareamos.

En realidad —aquí entre nous—, en el siglo XX, la gente lo asocia con el sonido del código Morse para la letra V y, por eso, al final de la segunda Guerra Mundial se le asocia con la V de la Victoria.

Beethoven decía que ese motivo inicial era como el destino que golpea la puerta. Luego, el crítico Heirich Schenker, decía que seguramente, el destino la golpeó muchas veces, porque también lo usa en el Cuarto Concierto para Piano, Opus 58. Por eso se preguntaba: si había sido el destino que golpeó esa puerta o es que había alguien más llamando a la misma puerta.

Otra elemento del éxito de la Quinta Sinfonía es que fue la primera vez que había unos trombones en una orquesta sinfónica en toda la historia de la música y por eso había logrado un tono más grave que el de los cornos, lo cual, a los vieneses los tomó de sorpresa, pues el compositor logró darle una sonoridad más fuerte, enfatizando el ánimo extrovertido del final y el cierre dramático que tiene, con unos resultados únicos, pues el ánimo de la audiencia crece en el movimiento impetuoso —como si lograra hacer realidad sus esperanzas. Más adelante se convirtió en un cliché para algunos músicos del XIX, sobre todo para Tchaikovsky y Dvorák.

El romanticismo de este compositor fue francamente exacerbado y, entre otras cosas, se debe a la relación amorosa y apasionada que tuvo con la bella Bettina Brentano quien decía llamarse Catalina Isabel Ludovica Magdalena, pero vulgarmente me dicen Bettina. Fue una bella mujer que conoció a Beethoven en una época en la que estaba decepcionada de su esposo y, por eso, había ido a Viena hospedándose —como luego le escribió a Goethe—, en la casa del difunto Birkenstock, entre 20 mil grabados y 27 dibujos hechos a mano, cientos de urnas antiguas y lámpara etruscas...

Estando en Viena iba al teatro y ahí fue donde conoció a este personaje quien le había expresado, a las primeras de cambio, un amor tan fiel y ardiente como el que siente la persona de la que voy a hablarte —le decía a Goethe—, y cuando lo hacía, entonces, me olvidaba del mundo entero y la tierra desaparecía al recordarlo, sí, desaparecía y el horizonte se abría a mis pies, curvándose sobre mí.

No cabe duda que el maestro cayó frente a esa alemancita de buena facha y ella sabía —según le escribió al poeta—, que Beethoven ejercía un hechizo a través de su arte. Es pura magia y cada línea forma parte de una estructura que pertenece a una existencia más alta. El mismo Beethoven sabe que es el fundador de una nueva sensibilidad de la vida espiritual. Se trataba del romanticismo inaugurado en el siglo XIX y sus obras eran la expresión más pura del momento, por eso, la música que componía, fueron catalogadas como las composiciones de uno de los gigantes de la música, uno de los tres B musicales: Bach, Beethoven y Brahms.

El amor entre Bettina y Beethoven se dio más o menos por la fecha en que había compuesto su Quinta Sinfonía, cuando el compositor tuvo su lado angelical y amoroso, y aprovechó para estar cerca de Bettina y decirle lo que él pensaba de su música: cuando abro los ojos —le decía Ludwig mientras caminaban por las calles de Viena—, no puedo evitar suspirar, pues veo que todo está en contra de mis principios. ¿Cómo no he de desdeñar a un mundo que no presiente que la música es la revelación más alta que la ciencia y la filosofía? Ella —la música—, es un vino que inspira nuevas creaciones y yo soy un especie de Baco que escancia a los hombres este vino exquisito hasta que los embriaga. Cuando están sobrios, ponen en un lugar seguro las conquistas que hicieron durante su borrachera.... y los que logran comprenderla, podrán liberarse de las penas como las que nos arrastran a los seres vivientes.

Él sabía que su Quinta Sinfonía era una buena receta contra la penas y cuando Beethoven la acompañaba a su casa, decía ella que hablaba con tal pasión y de un modo tan sorprendente, que se le olvidaba que estaban en la calle... y, por su entusiasmo, era capaz de crear cosas inconcebibles...

Su Quinta Sinfonía se convirtió, desde hace doscientos años, en la más popular de todas las sinfonías que se interpretan en nuestros días.