El año del pensamiento mágico

Sobre el duelo conozco pocos textos. Uno de ellos es el que escribió Matthew von Unwerth como Freud’s Réquiem. Mourning, Memory, and the Invisible History of a Summer Walk, publicado por Riverhead Books en 2005 y, el otro, es esta novela que luego fue adaptada para el teatro, escrita recientemente por Joan Didion (1934-). Se titula The Year of Magical Thinking o El año del pensamiento mágico y que por estas fechas está en escena en Londres con Lady Vanessa Redgrave y, en México, en la versión que nos ofrece Susana Alexander.

Mario Vargas Llosa publicó en el Reforma el domingo 2 de octubre, 2008, lo que escribió después de haber visto la puesta en escena en Lyttelton Theatre. Ante la imposibilidad de ir a Londres para ver esa obra con Vanessa, decidí mejor comprar los boletos para verla en México, a ver si los chicharrones del duelo y la actuación tronaban en este teatro.

Escribió Vargas Llosa, entre otras cosas que si la literatura, la música o una exposición pueden enriquecer la vida, intensificándola y sensibilizándola de manera profunda, transportando a lectores, oyentes o espectadores a unos niveles de percepción y comprensión del mundo, de las relaciones humanas, de los sentimientos, que, además de hacerlos gozar, los vuelven más lúcidos respecto a las insuficiencias e imperfecciones de que están rodeados. Pero probablemente ninguna otra experiencia artística tenga un efecto tan poderoso sobre el ánimo y la conciencia del ser humano como una gran representación teatral. Porque éste es el mejor simulacro que existe de la vida, el que se le parece más, pues está hecho de seres de carne y hueso que, por el tiempo que dura esa otra vida que transcurre en el escenario, viven de verdad aquello que hacen y dicen, y lo viven, si tienen el talento y la destreza debidas, de una manera que nos fuerza a nosotros, los espectadores, a vivirlo con ellos, saliendo de nosotros mismos, para ser otros, también mágicamente, que es la mejor manera que se ha inventado para vernos mejor y saber cómo somos. Gracias, Vanessa Redgrave.

Por eso fuimos al Teatro Rafael Solana, ese que está en Miguel Ángel de Quevedo, entre varios restaurantes de comida jarocha, dispuestos a ver lo que fuera: es un monólgo de una hora y media en donde el personaje —la escritora Joan Didion—, nos trata de explicar sobre la fragilidad de la vida y la espada de Damocles que cae en el momento menos esparado, tal como le sucedió en el mismo año, para mostrarnos lo difícil que puede ser aceptar la muerte de un ser querido —en este caso su marido y compañero de trabajo, el escritor y guionista, John Gregory Dunne— y, para colmo, la de su hija única, Quintana-Roo, como la bautizaron.

Después de advertirnos que todo esto nos puede pasar, así que más vale que nos pongamos atentos a su relato, va tejiendo de una manera extraordinaria la historia de ese año, pasando del presente anterior al infarto del miocardio, al sentido que tiene aplicar inconscientemente el pensamiento mágico, un tema que bien vale la pena explorarlo más a fondo, como eran en las culturas primitivas y como le funcionó ella durante el primer año después de la muerte de su esposo y de Quintana, creyendo, mágicamente, que no tardarían en regresar si hacía bien las cosas.

La obra va y viene, sube y baja de intensidad y creo que Susana —desconozco el libreto—, en los momentos álgidos de la furia por la pérdida, prefirió hacer un corte y mostrarnos su grito de desesperación con una imagen congelada —como sucedía en las discotecas de los setentas—, oscureciendo el resto del escenario, cuando tuvo que haberlo aprovechado para gritar lo que fuera e impactar mucho más al público, sin duda alguna. Tal vez, el problema que tienen los actores o esta actriz en particular, es tener la capacidad de regresar para volver a seguir contando la historia que nos relataba que en otros momentos hasta nos muestra un poco de humor —negro, pero humor a fin de cuentas—, y nos hubiéramos quedado, con sus verdaderos gritos temblando por el sufrimiento que implica la ausencia definitiva.

El duelo es toda una experiencia que Freud propone se viva a fondo, se llore y afloren los sentimientos encontrados, para luego, un día, poder salir a flote una vez que hemos desahogado los sentimientos y la furia de saber que somos mortales, que las cosas se apagan, que se acaban y la gente querida desaparece para siempre.

En un breve ensayo sobre Lo transitorio, Freud calificó cómo algo sin sentido, la idea de que las cosas buenas de la vida puedan perder su valor por tener ese carácter poco duradero. Así duraran un solo minuto —escribió—, podemos disfrutarlas y pueden ser buenas. Pero eso no lo pudo entender el poeta de la melancolía, como era Rainer Maria Rilke, tal como sucedió en aquel paseo que hicieron los tres —Freud, Rilke y Lou Andreas-Salomé— en un verano esplendoroso por los bosques de Suiza.

No puedo ni debo comparar a Susana Alexander con Vanessa Redgrave, pero lo que sí puedo decirles es que si no logra Alexander lo que tal vez logre Redgrave, sí transcurre la hora y media al borde de un colapso, defendiéndose en la escena con eso que después define como el pensamiento mágico, en dos tragedias seguidas, como si el mal atrajera al mal, hasta que nos deja hechos pinole sólo con la energía para respirar.

Con dos o tres estrellas la recomendaría y así, como decía Vargas Llosa, podernos ver en esa escena que es la mejor manera que se ha inventado para vernos mejor y saber cómo somos.