miércoles, 4 de febrero de 2009

Las Furias frente a Madoff

El Informador, jueves 5 de febrero del 2009.

Tantas veces que la justicia es impotente que no entendemos por qué no reciben el castigo que se merecen los asesinos, los secuestradores o aquellos defraudadores que ponen en peligro la estabilidad de un grupo social. Estoy pensando en la libertad condicional que logró Bernard Madoff culpable de haber montado un fraude financiero «piramidal» el más grande que ha habido en Wall Street, por $50 mil millones de dólares y que ahora anda como si no hubiese pasado nada en su departamento de la Quinta Avenida.

No sé a cuánta gente, fondos y bancos dejó sin un quinto, pero, lo que sí sabemos es que el monto que depositaron en sus fondos, con la idea de obtener mejores intereses, es de tal magnitud que cuesta trabajo imaginarlo.

Cuando la justicia en la antigua Grecia no se aplicaba, sabían que entrarían en acción las Erinias o las Furias como les decían con este espantoso nombre, que preferían mejor llamarlas de otra manera, más amablemente para que se ofendieran y por eso les decían Euménides, es decir, las Bondadosas y estas eran las encargadas de castigar a los culpables enloqueciéndolos, tal como le pasó a Orestes después de haber matado a Clitemnestra su madre que, a su vez, había matado a Agamenón su marido, que a su vez, había sacrificado, hacía una década, a su hija Ifigenia en Áulide, para que los dioses permitieran el viento que les hacía falta para que sus ancladas naves veleras pudieran navegar rumbo a Troya para sitiarla. Una cadena sin fin.

Por la misma Quinta Avenida aparecieron disfrazadas de manifestantes, plantados fuera de su edificio con unas pancartas en donde le proponían a «Mad-off», al «Loco-desconectado», que lo mejor que podía hacer era tirarse por la ventana de su departamento, haciendo el papel de las Euménides o las Furias neoyorquinas.

¡Parecen una Gorgona! ¡Sus vestiduras son negras! ¡En sus cabellos se enroscan miles de serpientes! ... No son imaginaciones; son realidades horrendas. Son como unas perras furiosas que vienen a vengar a mi madre. ¡Qué si no lo voy a saber yo! —tal como exclamaba Orestes después haberse vengado de Clitemnestra en La Orestíada de Esquilo.

Cuando estas se apoderan de su víctima, la enloquecen y la torturan de mil maneras; viven en las Tinieblas, en el sótano del Érebo pues nacieron de las gotas de sangre que cayeron a la tierra cuando castraron a Urano, por eso las consideran las divinidades más antiguas del panteón helénico.

Son unas fuerzas primitivas que no reconocen la autoridad de los dioses de las generaciones más jóvenes. Son como las Parcas o los Destinos, que no tiene más ley que ellas mismas y, hasta el propio Zeus, se ve forzado a obedecerlas.

Se llaman Alecto, Tisífona y Megara, tres genios alados con serpientes enredadas en la cabellera que andan con una antorcha. En este caso, andan con sus pancartas hasta que logren que su víctima, enloquecida, salte al vacío.