miércoles, 11 de marzo de 2009

El teatro de la vida política

El Informador, jueves 12 de marzo, 2009.

De manera simple: el mundo de la política no es como si fuera un teatro, sino que es el teatro por excelencia y la relación que existe es de una igualdad ontológica, esto es lo piensa Paul A. Kottman en su libro A Politics of the Scene y que ahora viene como anillo al dedo con eso de que me ha dado por ver obras en los dos teatros: por un lado he visto a la versión de Otelo con Hernán Mendoza, como el moro de Venecia y Carlos Corona como Yago, en esta historia que sigue siendo estrujante cuando vemos cómo es uno capaz de destruir lo que más quiere.

Luego en el teatro Sor Juana vimos Desdémona, la historia de un pañuelo de Paula Vogel (1951-), premio Pulitzer 1998, una obra con las joven y bella Marina de Tavira, como la promiscua veneciana, aburrida de su esposo, que está enfermo de celos, todo porque ha perdido un pañuelo bordado que fue su regaló de bodas. En esta versión, la veneciana se acuesta con medio mundo y los martes en Chipre trabaja en el burdel de Bianca, como Belle de Jour.

De pronto, entre estos dos escenarios, entro a ese que dice Kottman que es el teatro de la vida política, para ver algunos actos de estas obras medio improvisadas, como esas que se van tejiendo en la penumbra del poder.

Nos despertamos y, con un poco de imaginación, tratamos de reconstruir algunas escenas que anteceden a la acción de una Emilia cualquiera —la esposa de Yago y en esta obra llamada de otra manera—, que se dedica a chantajear con una grabación accidental del doctor Luis Téllez; en la siguiente escena, vemos cómo la “veneciana” del partido, transformada en una Yago de Narvarte, logra entrar a las conversaciones íntimas para grabarlas y, descaradamente, empezar a enloquecer a su Otelo.

Los dramaturgos de la vida real generan varias tormentas, antes de que se lleve a cabo la venganza, una vez que tiene en sus manos el pañuelo, ese objeto de la vida privada, con el que orquesta su destrucción y con la misma estrategia que aplican las sociedades secretas —que no toleran a los moros y discriminan a los que no son de su partido—, aprovechándose de una amistad desde la Libre de Derecho para lograr que Téllez sea víctima de esa discriminación y producto de una venganza.

Así seguimos viendo otra escena más de estas obras del teatro de la vida política y vemos el final de otra obra y de la carrera política de Sergio Vela cuando el director aprovechó la escenografía para cortarle la cabeza —como se la cortaron a la Desdémona de Vogel—, porque este actor político no supo actuar frente a su audiencia y se encerró tras bambalinas, gesticulando por cosas banales, padeciendo de pánico escénico como el que tuvo durante esa hora que estuvo en el escenario que bien podemos calificar como una tragicomedia.