jueves, 30 de abril de 2009

Algo que ver y leer en estos días aciagos

El Universal, suplemento Kiosco. Viernes 1 de mayo, 2009.

En vista de que se han cerrado las salas de cine, teatros y conciertos y que nos recomiendan que mejor nos quedemos en casa, les propongo una manera de aprovechar esta situación leyendo una buena novela o viendo una buena película en su versión DVD, de tal manera que se nos levante el ánimo que anda medio decaído. Para eso les propongo que vean la película de Ridley Scott (Los duelistas) que filmó cerca de la villa de Gordes cerca de la Fontaine de Vaucluse en la Provence, al suroeste de Francia, es esa región de viñedos donde hay una tierra bendita por los dioses y donde la naturaleza ha sabido hacer bien las cosas y, el hombre, los mejores vinos de la región.

Ahí está el Châteu La Siroque donde Maximilian (Max) Skinner pasaba sus vacaciones de verano cuando era niño con su tío Henry (Albert Finney) y nos cuenta todo lo que pasa después, cuando hereda esa propiedad. La película se titula Un buen año (A Good Year) y nos cuenta una historia regada con el agua de la nostalgia sobre el tiempo perdido, a la manera proustiana, que le sirve a Maximilian el adulto (Russell Crowe), para reencontrar su paraíso perdido.

Max es un ejecutivo de la casa de bolsa Lorden Brothers que tiene que regresar a La Siroque porque ha heredado la propiedad y cuando lo hace reencuentra fragmentos de aquella felicidad, así como, los consejos y la sabiduría del viejo tío y, por azares del destino, reconoce a una diosa llamada Fanny Chennal (Marion Cotillard), a quien había conocido de niño cuando ella se atrevió a darle el beso delicioso para luego decirle en francés al oído: pardon mes lèvres, qui ils faute du plaisir dan le lieu plus inhabituel (perdona a mis labios que disfrutan del placer de ir a los más inusuales lugares).

El Chateau la Siroque es para los amantes de la buena vida donde su viejo Henry vivía entre sus viñedos y las mujeres con las que bailaba «rumba» y es donde ahora Max disfruta, como nosotros, de sus recuerdos y de la educación epicúrea de su tío Henry.

La novela es de Peter Mayle y el guionista es Marc Klein quien hizo una verdadera obra de arte y Max pasa de ser un ejecutivo frío y brutal, a ser parte de la vida en donde sus «recuerdos grandiosos» y el reencuentro con Fanny Chennal crecidita, hecha una mujer —querida y apetecible— hace que triunfe el sentido común y la intuición, como la que a veces tenemos en esta vida.

Pero si de leer se trata, podemos conseguir la más reciente de sus novelas publicadas de este fenómeno llamado Sándor Márai (1900-1989), un escritor húngaro redescubierto hace poco. Se trata de La extraña y está considerada como una obra pulida y acabada, cuando en realidad es un viaje a lo recóndito del alma, donde el autor mantiene la tensión, gracias a la ambigüedad del amor, la angustia de la incertidumbre y el maldito abismo de la soledad.

La novela fue publicada por vez primera en 1934 y su descubrimiento —tardío y misterioso— la ha convertido, paradójicamente hablando, en un fenómeno. El escenario es Dubrovnik, uno de los centros turísticos más importantes del mar Adriático más conocido como la perla del Adriático. Ahí llega de vacaciones un tal Viktor Askenasi de unos 45 años de edad, profesor de estudios orientales y llega a uno de esos hoteles de verano para encontrar un nuevo sentido a la vida y navegar un rato entre la plenitud y la libertad.

Viktor nos describe cómo es que logra romper el orden y los valores a los que se ha visto sometido toda su vida para, finalmente, llegar a ser él mismo y, una vez rotas las ataduras, poder disfrutar de una felicidad insospechada en esa sorpresiva, compleja y desconcertante relación que le hace reflexionar sobre la libertad y los objetivos de la vida. Las respuestas que logra tener, rebasan lo que él se imaginaba o le hubiera gustado saber.

A Sándor Márai le han publicado en español: Música en Florencia, El último encuentro —tal vez la mejor de todas—, La herencia de Eszter, Divorcio en Buda y La amante de Bolzano.