jueves, 30 de abril de 2009

La plaga y la influenza

El Informador, martes 28 de abril, 2009.

Por primera vez hemos experimentado en la ciudad de México lo que es la influenza, una epidemia diferente a la plagas del Renacimiento, como atacaba la peste bubónica en Londres de la que no sabían cuál era su trasmisor —las pulgas en los lomos peludos de las ratas que anidaban entre los muros de adobe y madera de las casas. Ahora, conocen nombre y apellido de la influenza pero sigue siendo un poco vago su origen, aunque no la manera en que se propaga: saben que es un virus desarrollado en el ganado porcino, que se trasmite por contacto o por el sistema respiratorio.

A partir del viernes se tomaron medidas drásticas, cerrando todas las salas de espectáculos y sugiriendo a la población que usen mascarillas protectoras, y todos hicimos caso, asombrados de que no era un fenómeno ajeno, sino que nos estaba pisando los talones. Han muerto varios en la ciudad de México, en San Luis Potosí y en Baja California Norte y hay casi un centenar hospitalizados por tener los síntomas de este virus.

En el siglo XVI cerraban los teatros y las funciones publicas y por eso, Shakespeare (1564-1616) se quedaba sin chamba, como le pasó en 1594, cuando decidió escribir dos de sus poemas líricos: Venus y Adonis, dedicado al muy honorable Enrique Wriothesley, Conde de Southampton y Barón de Titchfield, quien le respondió con un mecenazgo constante y sonante bien merecido por el inspirado poeta que siguió escribiendo poesía mientras se apaciguaba la plaga —no hay mal que por bien no venga— y con el que pudo confirmar su talento como poeta lírico con La violación de Lucrecia, dedicado de nuevo a ese Conde, en donde le decía que el amor con el que se lo dedicaba no tenía fin y que, por lo tanto, esa obrita era sólo para demostrarle su afecto.

El fin de semana, millones de chilangos nos quedamos en casa y todos, por primera vez, entendimos que era mejor cuidarnos y no asistir a ningún lugar público, excepto dos o tres curas que no entienden de salud pública —que no tiene que ver con la divina— ofrecieron misa a pesar de las recomendaciones por la contingencia.

El fútbol se jugó el estadios vacíos, esperando que en una semana, si todo va bien, podamos salir a la calle y asistir al teatro o a la sala de conciertos, si nos informan que ya se ha apaciguado la furia de este virus porcino que ya se llevó entre las patas a varias personas.

La peste bubónica del XVI era un bacilo que trasmitían las pulgas Xenopsilla cheopis que chupaban y brincaban —como en el circo— sobre los lomos de las ratas grises, Rattus norveigous y, si esa pulga luego brincaba en el petate de algún inglés y este veía como se le hacía una hinchazón blancuzca cerca del piquete, sabían que todo se había acabado como ahora, nos enteramos de otros síntomas, y de la muerte por la llamada Influenza.