sábado, 9 de mayo de 2009

El arte de viajar

El Universal. Kiosco, sábado 9 de mayo, 2009.


El arte de viajar de Alain de Botton (1969-) es un libro que nos recuerda, en muchos sentidos, esos textos que escribía Jorge Ibargüengoitia (1928-1983), con una erudición implícita, irónicos y profundos pero, con un sentido del humor que nos hace disfrutarlo más, como los juegos y los contrastes que hace, para darnos cuenta de lo que nos debe importar cuando viajamos, sabiendo que el placer de viajar muchas veces depende de las condiciones anímicas con las que lo hagamos, más que el destino mismo de nuestro viaje.

Salir de casa, romper la rutina, explorar otros mundos, conocer el planeta, descansar, encontrar y disfrutar de la belleza de la Naturaleza y saber cómo capturarla; lanzarnos al mundo de lo exótico o subirnos al balcón para ver el bosque —a vista de pájaro—, y los problemas a distancia o comparar lo real con lo imaginario, son algunas de las ideas detrás del arte para viajar.

Botton nos relata todas y cada uno de los lugares a visitar, basadas en uno o varios guías, con los que reflexionamos sobre el viaje. Por ejemplo, el Conde se Esseintes, un personaje de la novela A contrapelo de J. K. Huysmans, donde el decadente y misantrópico héroe, concebía por anticipado un viaje a Londres, pero que nunca pudo tomar el tren que lo llevaría a esa ciudad a donde quería ir para comparar la realidad con las fantasías de ese personaje.

O el viaje que el autor planea hacer después de seis meses de lluvia y de frío en Londres, cuando ve un folleto con unas palmeras inclinadas por el viento borrachas de sol y un mar azul cuyas olas se acuestan en la arena hasta que toma el avión y se va a Barbados, donde casi hecha a perder su viaje cuando se pone a discutir con su esposa una tontería que no tenía la menor importancia.

¿Qué es lo buscamos cuando viajamos?: evadir la realidad, salir del encierro, buscar la felicidad, realizar algún sueño, imaginar una aventura erótica o exótica o simplemente caminar por los lugares más bellos del mundo o a lo mejor sólo queremos dormir, dormir y dormir.

Alain de Botton nos hace comparar la realidad con la fantasía, por ejemplo: ¿qué es lo que realmente vemos cuando vamos a Nueva York? Vemos a la ciudad del mundo, o el centro cultural más activo o mejor nos emborracharnos con los mejores martinis —como los servían en el Bar del Plaza cerrado ahora como si hubiera fallecido un viejo amigo. O vamos para inspirarnos en el Museo de Arte Moderno donde hacemos escala en el patio para sentarnos a tomar un café, escribir y dibujar La Cabra de Picasso —a tiro de piedra—, mientras imaginamos la vida de esa joven neoyorkina que está al lado —atractiva— para dejarnos llevar por la fantasía —inspirados—, y terminar escribiendo lo que deseamos llegar a ser algún día, tal como lo hacemos cuando soñamos despiertos.

Esto contrasta cuando leemos lo que hizo Alejandro von Humbolt (1769-1859), a los 29 años de edad cuando se lanzó a Sudamérica para explorar todo el continente, entre otras cosas el Chimborazo en los Andes ecuatorianos, para subir los 6,272 metros que tiene hasta llegar a su casquete glaciar y hacer un mapa detallado de las plantas y arbustos que encontró según la altura, tomar nota de todo —si había o no moscas—, en ese viaje que duró cinco años, para luego instalarse en París y escribir durante los siguientes veinte años lo que vio y descubrió para publicar sus treinta volúmenes de su Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente, realizado de 1799 a 1804, que nos dejó sin habla.

O mejor, pensamos, como lo hizo Xavier de Maistre en 1790, en su Viaje alrededor de mi cuarto, sin tener que salir a ningún lado ni exótico, ni playero, ni cultural, como son las historias que nos relata Botton para nuestro deleite.