Haydn, padre de las sinfonías y los cuartetos

Día Siete, domingo 31 de mayo, 2009.

Dicen que Franz Joseph Haydn (1732-1809) es el «padre de la sinfonía y de los cuartetos de cuerda» y tienen razón, pues nadie como él estructuró y compuso tantas sinfonías ni tantos cuartetos, nadie como él jugó con todas ellas innovando varias cosas como, por ejemplo, darles a los cuartetos un aire tal, que creemos se trata de una conversación íntima en medio de sus melodías o de esas impresiones que resulta ser los sentimientos expresados musicalmente tal como los que nos imaginamos como parte de ese diálogo. A veces creemos que uno de los instrumentos hace un aparte —y nos dicen algún secreto—, luego, se presenta un nuevo argumento —y a veces nos toma el pelo porque resulta ser uno falso— pero que se ramifica de tal manera que nos da la impresión de estar tras bambalinas, en medio de algo que es íntimo y estrictamente personal, como son los chismes de lavadero.

Nos identificarnos con esas emociones y con la relación que hay entre la voz principal y las de sus acompañantes, cuando se transforman frente a nuestros propios ojos —es decir, a nuestros oídos—, de tal manera que no podemos saber quién se queja y explaya sus deseos, si es el violín principal o el cello subordinado o si la viola es la que resulta la metiche o el árbitro de la discusión y nosotros, asombrados, seguimos a los instrumentos de un lado para el otro, disfrutando, entre otras cosas, todo eso que inventó Haydn y que le llaman “el contrapunto clásico.”

Haydn es el maestro de la modulación y casi siempre despliega unos silencios que resultan ser dramáticos y, en otros casos, suelta unas frases asimétricas que son un deleite y todo esto lo hizo con un gran sentido del humor.

La primera chamba que tuvo Haydn fue ser el sirviente del compositor italiano Nicola Porpora —que no tenemos la menor idea quién era— pero, a los 27 años de edad, en 1759 se fue a trabajar con los Esterházy, una familia de nobles en medio del Imperio Austro-Húngaro, para dirigir e interpretar música de cámara con los miembros de su orquesta o con los músicos de esa familia, como era el príncipe Nicolás que tocaba el violón de bordón.

Haydn estaba muy satisfecho con su trabajo, feliz de trabajar con ellos pues, como director pudo experimentar y observar qué cosas producen qué efectos y cómo otras lo atenúan, para poder así, mejorar e probar cosas nuevas.

Trabajó como nunca en la década de los 60,’s y componía todas las semanas dos óperas y dos conciertos, más la música que le pedían para cualquier ocasión o para los invitados especiales, como cuando compuso el Cuarteto opus 50, número 1 para el rey de Prusia que tocaba el cello y lo hizo de tal manera que el cuarteto se basa casi en nada, es decir, empieza con una sola nota en el cello, seguida de otras seis al violín y, con eso, Haydn no arriesgó, ni puso a prueba el virtuosismo de su Majestad, pues iniciaba con un solo de una nota y los violines lo adornaban para que el rey de Prusia luciera como una estrella.

Haydn se casó en 1770 con Maria Anna Keller. Aunque no le funcionó su matrimonio, tuvo una larga relación con una de las cantantes de los Esterházy —con la que dicen que tuvo varios hijos.

A partir de 1781 Haydn se hizo amigo del joven Mozart —joven toda su vida, pues murió a los 35 años de edad—, y los dos músicos se fertilizaran mutuamente: el viejo Haydn, o papá Hady, como le llamaba Mozart, admiró al joven de Salzburgo y disfrutaba de la maestría con la que componía su música. Por su parte, el joven Mozart, trató de componer música de cámara que estuviese a la altura de Haydn. Por eso, le dedicó seis cuartetos de cuerda que son una obra de arte indiscutible.

Están primero los seis cuartetos que Haydn le dedica a Mozart —compuestos entre junio y noviembre de 1781— y que son los seis Cuartetos opus 33 y que Hoboken catalogó como los Cuartetos 37 al 42. Un año después, Mozart empezaría a componer su serie de cuartetos —donde encontró más dificultades de las esperadas, como dice en la dedicatoria— y, para 1785, había terminado seis verdaderas obras maestras conocidos como los Cuartetos 14 al 19 o Los Cuartetos Haydn.

Para 1789, empezada la Revolución Francesa que conmocionó a toda Europa, murió el patriarca de los Esterházy y el sucesor no tenía interés por la música, así que, Haydn fue despedido y aprovechó la ocasión para demostrar que sí se podía vivir como compositor y director independiente de la nobleza, como sería más o menos a partir del siglo XIX.

Por eso aceptó la oferta que le hizo Johann Peter Salomon para viajar a Londres y dirigir ahí sus sinfonías con una gran orquesta, cobrando la entrada al concierto y compartiendo los ingresos. Su estancia en Inglaterra fue todo un éxito y el viejo Haydn se hizo famoso en las salas de concierto europeas, con lo que obtuvo, para sorpresa de los demás compositores, ingresos sustantivos.

Cuando se despidió de Mozart en 1790 para irse a Londres, Haydn no se imaginó que ese genio con el que tanto disfrutaba de su capacidad musical moriría al año siguiente a la edad de 35 años, mientras él se instalaba en Londres en una nueva etapa de su vida a los 59 años.

Durante sus años en Inglaterra compuso algunas de sus obras más sobresalientes: las Sinfonías de Londres (entre ellas, la 104) y las Sinfonías Militares o el Cuarteto Reiter y el Rondo gitano para trío con piano.

Pero Haydn regresó a Viena —como los animalitos buscan su lugar de origen para morir— y por eso, decidió volver a Viena en donde se construyó una gran casa y se dedicó a componer obras sacras: el oratorio de La Creación y el de Las Estaciones, así como unas seis Misas y sus nueve últimos cuartetos de cuerda.

A partir de 1802, a los 70 años de edad, se enfermó al grado que no podía componer, aunque en su mente, decían, las ideas le fluían con facilidad. A pesar de estar bien cuidado y no faltarle de nada, a pesar de tener muchos amigos y ser un músico muy apreciado, Haydn estuvo triste esos últimos años, pues no podía jugar más, ni probar nuevos efectos con su música.

En 1806 se hizo imprimir unas tarjetas en donde se disculpaba de no poder asistir a dónde lo invitaban pues: «Todas mis fuerzas se me han ido, estoy viejo y cansado», como era el texto de una canción que compuso en El viejo en 1796.

Haydn murió el 31 de mayo de 1809 —hace exactamente 200 años— a los 77 años de edad, en la ciudad de Viena, mientras escuchaba los cañonazos que soltaba la artillería de Napoleón Bonaparte entrando a Viena.