La ceremonia y el ritual del baño

El Universal, Kiosko, viernes 22 de mayo, 2009.

Una de las escenas más impactantes de la película The Reader, es decir, de Una pasión secreta, es cuando Hanna Schmitz (Kate Winslet, 1975-), baña con vigor al joven Michael Berg (David Kross, 1990-), quien la había conocido cuando tenía quince años para descubrir con ella la sexualidad y pagarle, a esta divina mujer, con la lectura de varias obras literarias.

Un día, sin venir a cuento y sin que sepamos que era pertinente, la vemos bañar y restregar con zacate al desnudo Adonis. Sin que él lo supiera, mucho menos nosotros, esta escena era la ceremonia y el ritual de despedida. Por eso, vemos que lo hace con cariño y enjundia, antes de abandonarlo y lanzarlo a la calle con sus compañeras de escuela, para irse sin dejar rastro alguno.

Michael sufre, como Ulises en la Odisea —una de sus lecturas— y la escena del baño es tan fuerte que me vinieron encima otras escenas, como asociaciones —casi todas contundentes—, del ritual, por ejemplo, en La fuente de la doncella de Bergman (1918-2007) filmada en 1960 y basada en el libro de Ulla Isaksson (1916-2000), donde Töre (Max von Sydow), un caballero medieval, descubre a los cabreros que violaron y asesinaron a su hija —la doncella— y que esa noche han llegado a su castillo pidiendo posada y por eso son sus huéspedes. Töre se prepara con una ceremonia del baño, todo un ritual para quedar impoluto antes del amanecer, para armarse como caballero y salir para enfrentar a sus huéspedes, luchar con ellos y vengarse haciéndolos pedazos con su enorme espada de acero.

Gracias al delicioso vagar de la fantasía, también recordamos los antiguos ritos de la cultura griega y encontramos justo en la Odisea —como lo hace el amante lector— cómo el baño era una ceremonia cuando el astuto Ulises llega la isla de Esqueria, donde reinaba Alcínoo y su hija Nausícaa lo encuentra desnudo a orillas del río, para ordenar a sus esclavas —que huían despavoridas— que lo bañaran en el río. Al día siguiente la diosa Atenea —como Hanna Schmitz— se encarga de bañarlo y darle, como decían, el divino esplendor de su cabeza y hombros para que pareciera a la vista de todos, más grande y robusto, y fuese mejor estimado por el pueblo feacio.

Hanna baña a Micahel como se bañan a los amantes y estoy seguro que Bernhard Schlik, el autor de la novela El lector, había leído a Homero y por eso asocia la vida de Michael, llena de dolor y ausencia, con la del astuto Ulises. En esta versión confirmamos el deseo de Hanna, como la Atena de Ulises para que, con ese baño, Michael se viera más grande y robusto después de haber aprendido y disfrutado del sexo y le hubiera pagado con sus lecturas —como la Sherezade en Las mil y una noches, ella, para salvar la vida y, Michael, para saborear, como pocos, la vida sexual con una mujer agradecida.

Lo que está detrás de estos ritos son los propios rituales y la ceremonia del baño semanal en la edad de la inocencia, cuando desnudos —con la prima o el primo, según el género— nos bañaban en el rancho mientras jugábamos felices en ese paraíso perdido y nos restregaban la cabeza y los hombros con el zacate, hasta que quedáramos enrojecidos, jugando como nos trajeron al mundo encantados de satisfacer la curiosidad y la intimidad.

Telémaco, el hijo de Ulises, fue a Pilos a buscar a su padre y Homero cuenta que, en esa ocasión... lo bañó la gentil Policasta, la menor de las hijas de Néstor Neléyada y, luego que le tuvo bañado y ungido con aceite, le ciñó una túnica, un manto precioso de tal manera que, saliendo del baño, se parecía más en figura a los dioses eternos, para luego ocupar su lugar junto a Néstor, el pastor del pueblo.