Las óperas platónicas

El Universal, Kiosko, viernes 15 de mayo, 2009.

Platón tenía razón cuando explicó lo del mito de la caverna y dijo que la especie humana sólo es capaz de conocer las sombras de la realidad porque ésta, se encuentra en otro mundo, ese que él llama «el mundo de las ideas.»

El sábado pasado comprobamos esta teoría con toda claridad: la realidad que veíamos no eran sino las sombras —perfectas— que se movían, hablaban y en este caso, cantaban, mientras estábamos sentados en la cueva del Auditorio Nacional para verlas proyectadas en la gran pantalla de alta definición como la que tienen ahí para estos efectos y para que pudiéramos disfrutar de ese otro mundo de las ideas que, en este caso, estaba en Nueva York trasbambalinas y en el escenario del Metropolitan Opera House mientras presentaban La Cenicienta que Rossini compuso en 1817, con el libreto de Jacopo Ferreti. Ese día nos sentimos platónicos y felices de verla proyectada, tal como lo describió el filósofo en su República.

En esta ocasión la sombra que se movía y que cantaba divinamente era la bella mezzo soprano, Elina Garanca, que actuó como el personaje principal, acompañada por un elenco de primera. Pronto se va a anunciar la temporada de verano y hay que estar pendientes, pues la experiencia es única, además de ser platónica.

Esta misma manera de ver la ópera —aunque a otra escala— la vivimos esta misma semana cuando nos asomarnos a ver en nuestra pantalla, sentados en una cueva más modesta pero cueva a fin de cuentas para ver en You Tube otras sombras de la realidad como fue, no me pregunten por qué, el aria de la seducción o Mon coeur se ouvre a ta voix de Sansón y Dalila compuesta por Saint-Saëns en 1877, con un magnífico libreto de Ferdinand Lemaire.

Nos dimos cuenta que esta ópera platónica la podemos ver una y otra vez desde nuestra «morada subterránea» para disfrutarla con todas las mezzo imaginables, entre ellas, la negra Shirley Verret que canta en el Covent Garden de Londres en 1981, junto con el gigantesco Justin Vickers como Sansón; o nos asomamos a ver las sombras de la rusa Olga Borodina o de la misma Elina Garanca, la consentida del momento, en ese otro mundo de las ideas —y las artes— llamada la Ópera de Berlín o a la gran Jessy Norman con su greñero impresionante que de haber sido Dalila, el buen Sansón hubiera salido corriendo para no caer en esas redes.

Dalila canta sólo para seducir a Sansón, para después poder destruirlo por ser del «pueblo elegido», dotado, además, con una fuerza física y moral capaz de destruir —con su brazo— al ejército enemigo de Egipto, los filisteos que junto con «los pueblos del mar» vivieron en lo que ahora es la Franja de Gaza.

El aria nos conmueve —y como «sansones», caemos en la trampa—, en donde Saint-Saëns expresó los sentimientos escondidos en el inconsciente: Dalila le declara su amor y lo exhorta para que responda a su caricias y, luego, se queja como lo haríamos nosotros cuando necesitamos que nos apapachen y que respondan a nuestras caricias reflejadas en la pantalla, como si fueran las sombras de nuestros deseos y las esperanzas expresadas en un canto que sube de tono, como esperamos que asciendan nuestros deseos.

Dalila le dice a Sansón que cada vez que escucha su voz, su corazón se abre, como se abren las flores cuando las besa la aurora y al final, le exige, que le responda a sus caricias. ¿Quién puede resistir esta seducción?

Pero una vez que Sansón le confiesa sus secretos, lo rapan y luego mueren bajo las ruinas del templo que él derrumba y nosotros, sentados en esta cueva, sólo escuchamos el aria de la seducción y, con unas emociones encontradas, disfrutamos los anhelos de esta mujer, que no es sino una sombra más de las que se imaginó Platón.