Del mar las contagiosas nieblas

El Informador, jueves 25 de junio, 2009.


Mi padre era ranchero y acostumbraba decir que el 10 de junio, llueva o no llueva, es tiempo de aguas. Este año celebré su sabiduría pues coincidió con el pronóstico del Servicio Meteorológico de Jalisco que declaró que con esa misma fecha, daba inicio la temporada de aguas y ahora, vemos como el primogénito Andrés está haciendo de las suyas por el Pacífico produciendo un sentimiento encontrado, pues gracias a las tormentas tropicales y a los huracanes se llenan las presas, renace la esperanza de los campesinos para soñar con una mejor cosecha de temporal y que el Lago de Chapala mantenga o mejore su nivel y, al mismo tiempo, alguien paga la factura, en este debe y haber de la Naturaleza, ahora que recién empieza su contabilidad.

La gente del campo —y no solamente la del campo—ve las cosas de otra manera: cree que los fenómenos naturales son gestos, premios o castigos divinos, luchas entre los dioses o pecados de los hombres, como pensaban los puritanos en Londres o como lo explica Shakespeare en el Sueño de una noche de verano —este fin de semana en escena en la Sala Miguel Covarrubias de la UNAM de la ciudad de México, dirigida por Julia Faesler— cuando Oberon, el rey de las hadas y su esposa Titania se pelean y ella le advierte —o, mejor dicho, nos advierte— lo que sucede cuando se han peleado: en venganza, los aires, llamándonos en vano con sus flautas, han absorbido del mar las contagiosas nieblas, las cuales, precipitándose sobre la tierra, han vuelto orgullosos a todos los humildes ríos que ahora se desbordan por sus riberas. En consecuencia, en vano ha jalado el buey su yugo y el labriego ha perdido sus sudores, y el verde grano se ha echado a perder antes de que tuviera la barba de su mocedad. Ha quedado el redil en el campo anegado, y los buitres se hartan con el ganado infecto de morriña.

Ahora es tiempo de aguas y llega la primera de las tormentas de este año por el lado del Pacífico sin que haya empezado la cuenta que viene por el Caribe donde los hemos visto como nacen como tormenta y girando, crecen antes de azotar en las costas de la Península o del Golfo, para seguirles su ruta y gran final dependiendo de unos pequeños e insignificantes cambios en las condiciones iniciales, para que tome tal o cual rumbo.

Las islas le dan el giro hacia uno u otro lado para que aterrice en las costas del Golfo, destrozando lo que se encuentre en el camino o se pierda en las montañas, donde siempre termina muriendo como un animal que nace, crece y se agiganta en la superficie del agua pero que irremediablemente muere en tierra, entre las montañaso se deshaceen el mar, como si volviera al vientre materno.

Auguran que el temporal viene bien, pero vaya usted a saber si así será, pues predecir el clima es complicado, pues se comporta bajo la matemática del caos.