Otelo o la locura de los celos

El Universal, Kiosko, viernes 5 de junio, 2009.


Los celos, como no nos cabe la menor duda a los que lo hemos padecido, es una enfermedad y una maldición que trastoca nuestras vidas, desequilibra el alma, nos desquicia hasta la locura y para quien padece en extremo esa pasión, lo ha llevado a realizar cualquier clase de locura, incluyendo, la destrucción de lo que más queremos. No es broma. ¡Guárdate de los celos, mi buen señor! —le decía Yago al moro de Venencia—, pues los celos son un monstruo de ojos biliosos que se goza con la misma carne con la que se nutre. Feliz es el engañado que acepta su destino y desprecia a quien le robó su honra. Pero qué infortunio sufre aquel que ama y, sin embargo, sospecha, pues, quienes lo padecen son porque aman apasionadamente.

Así lo entendió Shakespeare cuando escribió Otelo, el moro de Venecia en 1607 y que es una de las grandes tragedias y uno de los tratados más completos que conocemos sobre esta enfermedad o pasión en la dramaturgia universal y que se complementa con los celos que padece Leontes en El cuento de invierno.

Ahora la podemos ver en el Teatro Juan Ruiz de Alarcón del Centro Cultural Universitario, dirigida por Claudia Ríos en una versión en español de Alfredo Michel que garantiza se entienden los parlamentos y todo lo que implementa Yago (Carlos Corona) para vengarse del moro (Hernán Mendoza) su general, hasta que logra que se declare, antes de quitarse la vida, el más infeliz de los hombres, después de haber destruido a Desdémona (Ana de la Reguera) y que era lo que más quería.

Otelo estaba confundido y pensaba que lo había engañado porque su piel era negra o porque me falta el don de la conversación, como lo tienen los cortesanos; porque comencé a descender hasta el valle de mi vejez —aunque no soy tan viejo—, ella me traicionó, ella me abandonó. Que mi odio sea mi recompensa y ¡maldito el yugo de los esposos! Maldito el lazo que me ata a mi amada y deja en libertad sus apetitos —tal como lo dice en el tercer acto, cuando la curva de su vida ha empezado a descender, no sólo por el valle de su vejez, sino por el precipicio de su locura, cuando empezó a hacerle mella la locura, como sucede cuando se hace presente el caos.

Otelo había nombrado a Cassio (Alejandro Velis), un florentino que era experto en la aritmética, pero que jamás pisó un campo de batalla, ni sabe nada de estrategias ni de guerras, como lo acusaba Yago, pero que conocía a Desdémona cuando la pretendida el moro. Cassio era un joven que se sentía más cómodo entre las damas que entre los hombres y por eso no puedo enfrentar a Otelo cuando debía hacerlo, todo parece que su madre siempre había resuelto los conflictos con su padre.

Yago doblega al moro después de haber seducido a la hija del signior Brabantio, uno de los Consejeros del Dux. El moro lo había logrado mientras le narraba, una y otra vez, las aventuras de su vida con la que más de una vez hice llorar a Desdémona mientras le contaba las desventuras de mi juventud... y, al terminar, mi premio era todo un mundo de suspiros... y así fue cómo logré que me amara... esa fue la magia; esa la alquimia que usé” —como le explicó Otelo al Dux y a su furibundo suegro, quien luego le advierte, “cuídate de una mujer que ha engañado a su padre.

Temblamos de ver cómo se desploma un hombre que ha sido envenenado por los celos y especulamos si fue por su impotencia o por el homo-erotismo de Yago o por su complejos de inferioridad o por la discriminación que sufría. Mientras le damos la vuelta a la locura de los celos y, como en el espejo, vemos los efectos de esta pasión.