Casarse de viejo es de locos

El Universal, KIOSKO, LA GUÍA DEL ESPECTADOR, viernes 31 de julio, 2009.

Porque lo único que van a lograr son problemas y fastidios, es como nos dice Norina, la joven viuda (Rebeca Olvera, soprano) con la moraleja del final de Don Pasquale, la ópera bufa de Gaetano Donizetti, puesta en escena con el bajo Charles Oppenheim como el personaje principal quien sufre de la burla despiadada de la viuda y del doctor Malatesta (Josué Cerón, barítono) en la ópera que se estrenó en 1843 en el Teatro Italiano de Paris.

No todos los viejos son ricos, avaros y solterones, ni todos tienen su corazoncito como lo tiene don Pasquale que, de pronto, desea tener a una mujer para poder correr a su sobrino Ernesto (Javier Camarena, tenor), un joven baquetón que vive a sus costillas y que se había negado a casarse con la mujer que su tío le había escogido porque estaba enamorado de Norina, la misma que va a ser usada por el doctor Malatesta, haciéndola pasar como su hermana Soforina, para que simule una boda con don Pasquale quien, al verla se sofoca, pues resulta que es una mujer bella como un ángel, fresca como una azucena que se abre al amanecer y con una mirada que conquista los corazones y se le olvidan sus achaques por un momento, pues ahora se siente como un joven de veinte años.

Esta una ópera bufa en tres actos tendrá sus dos ultimas funciones este fin de semana en la Sala Miguel Covarrubias del Centro Cultural Universitario de la UNAM, una sala de conciertos que por ser pequeña, transforma los defectos en virtudes, como es el volumen de algunos cantantes. Tal vez por eso vemos feliz a Charles Oppenheim en su papel protagonista, tan bien representado, como nunca antes lo habíamos visto, feliz en su papel y de poder cantar en esta sala.

Rodrigo Macías dirige al Ensamble Filarmonía con maestría y, los otros tres personajes de la obra, se mueven naturalmente —lástima del vestuario de Malatesta en el primer acto, ridículo y fuera de tono—, como otras cosas menores —las LapTop, los palos de golf y los celulares— que, por fortuna, no nos molestan, ni son tan graves como para echarnos a perder la comedia, ni evitarnos sufrir con don Pasquale cómo pasa de la ilusión y deseo con esa joven esposa, a la denigración, la burla, el abuso y el caos hasta el límite de la tolerancia, como sucede en las farsas bien cantadas.

La pareja de enamorados (Norina y Ernesto), son poco creíbles y así, cuando él le declara su amor cantando Cerchero lontana terra — me voy a una tierra lejana para que pueda gemir y vivir con el corazón angustiado, deplorando de esta manera la pérdida de su amada o cuando se queja de que el cielo está encapotado y comienza a relampaguear... —pensamos en la ranchera que conocemos aunque no mencione a los arrieros ni el ganado que tienen que encerrar en el corral.

En cambio, la desesperación de don Pasquale es totalmente creíble, pues tiene en el pecho guardadas mil furias de ese matrimonio que le resultó más bien un infierno en donde estaba a punto de ahogarse de rabia y despecho.

Don Pasquale intenta vengarse diciéndole a su mujer: espera, espera, querida, que me las vas a pagar todas juntas, aunque, en realidad, él era el que había caído hasta el fondo desde el primer momento en que, inocente, vio a Sofronia para sorprenderse de la metamorfosis que sufre inmediatamente después de firmar el contrato y convertirse —¿nos suena conocido?— en un monstruo insoportable, mientras sufrimos de verlo pasar de la ilusión al infierno, del orden, la siesta y la aburrición a la fiesta y el caos.

Por ahí escuchamos mal —tras bambalinas— una bella aria de Ernesto describiendo la noche a mediados de abril con el cielo azul y la luna sin velo, y así, llegamos al final feliz y a la moraleja, como las buenas óperas bufas del XIX.