jueves, 9 de julio de 2009

El color en la arquitectura

El Universal, Kiosko, viernes 10 de julio, 2009.

Ninguna instalación en la casa de Luis Barragán ha sido tan pertinente como ésta que ha hecho Humberto Spíndola en un homenaje al artista Jesús Chucho Reyes y al arquitecto Barragán, en esto que ha sido la fertilización entre dos oficios y la aportación al color en la arquitectura.

Al fondo del taller han colgado del techo cinco capas de nubes gigantescas hechas y pintadas en papel de China color de rosa que se iluminan con la luz que les llega de la ventana al Oriente —una belleza en sí misma—. Con las sutiles corrientes de aire veamos cómo se mueven sobre el techo amarillo del taller para que los espectadores esbocemos una sonrisa, como si entráramos al ámbito de los cuentos y las fantasías, pues son nubes rosas —no negras, ni amenazadoras— las que adornan el interior de ese espacio, pintadas a manos por Spíndola para recordar, entre otras cosas, el color del papel que usaba Chucho Reyes, donde luego pintaba sus gallos y que fueron la base para que Barragán usara esos colores, como lo hizo en el comedor de su casa construida en 1947.

Al ver las nubes pensamos en la fragilidad de las obras de Spíndola —y de la Naturaleza misma— y con esta intervención cómo es que ha regresado a los orígenes populares con una nueva historia —y la nostalgia que la acompaña—, pues sin duda, la nubes bien proporcionadas en función de la obra de Barragán, recuerdan la relación entre esos dos oficios y nos muestra la liviandad, el colorido y la movilidad de la instalación hecha de tal manera que interactúa con la luz, el aire y el espacio, para lograr ahora una nueva conversación entre Reyes, Barragán y ahora Spíndola.

En 1986 cuando dirigía La Plaza, Crónicas de la vida cultural de Coyoacán fuimos al taller de lo efímero en donde trabaja Humberto Spíndola que, desde entonces, hacía sus obras de arte con tijeras y papel de China —menos durables que los óleos, pero más durables que la música que apenas empieza, se termina— y ahí nos platicó que creaba ambientes exuberantes con esta artesanía que nos viene del Oriente y que se adaptó a nuestros gustos de tal manera que, en México, como lo sabemos, sólo hay fiesta, si está adornada con papel de China.

Para dejar una huella de esta intervención y otras en diferentes obras de Barragán, se ha publicado un libro con las colaboraciones de los expertos en las artes, como es Alberto Manrique y Lilly Kassner, y de Miquel Adriá en la arquitectura donde los tres le dan la vuelta al tema del color en la arquitectura.

Pero la historia del papel picado fue esta manera, según nos la contó en su taller: un día llegó Luisa Reynoso, mi vecina e investigadora del arte popular y me pidió —porque se casaba una de sus hijas— que le ayudara a cortar papel picado para adornar la fiesta. Me trajeron un montón de papel de China y, cuando se me ocurrió doblarlos y cortarlos, me quedé impresionado. Quedaron fantásticos.

Resulta que a la boda asistió Joaquín Zapata Vela, el hermano del embajador de México en Rusia y como le gustaron los papeles le propuso que ¿por qué no le hacía algo para mandarlo a Moscú a propósito del 15 de septiembre? Por eso digo que mi debut con el papel de China fue afortunado.

Ahora recuerda cómo fue que el color de la arquitectura de Barragán se basó en lo que le proponía Reyes y, luego, entre otras cosas, cómo se ponía a pintar sus gallos, flores y cristos sobre el papel de China que al principio usaba para envolver las antigüedades que le compraban. Spíndola ha hecho obra monumental: una cocina poblana, el vestuario de una ópera, una catedral que luego dobló y guardaron para conservar un poco más de tiempo esa obra de arte tan efímera.