miércoles, 15 de julio de 2009

La vacaciones de verano

El Informador, jueves 16 de julio, 2009.

El mundo se puede estar cayendo a pedazos, pero, para un segmento de la población, las vacaciones de verano son sagradas a pesar de que no vuelve uno a tener la sensación de “estar realmente de vacaciones” desde que éramos estudiantes y terminaban los exámenes finales, después de un mes angustioso en el que estudiábamos a paso veloz, lo que nunca aprendimos a buen paso durante el año.

En México son los estudiantes y los maestros los que seguramente disfrutan de vacaciones y los primeros jalan a sus padres. Por eso, la industria del turismo y el entretenimiento dan de vueltas como moscas alrededor de ellos en las grandes ciudades, playas o, en el caso de Guadalajara, por la ribera de Chapala que desde hace más de un siglo, definió su vocación turística con unos barcos de vapor que recorrían toda la laguna y luego, a principios del siglo XX, los pioneros se animaron a convertir lo que era un pueblo de pescadores, en toda una Villa.

Ha transcurrido más de un siglo y la Ribera ha sufrido cambios: la construcción y la quiebra del ferrocarril y su Estación que sobrevive restaurada y funcionando como un Centro Cultural, el ir y venir de los niveles de la laguna y las quintas, en donde pasan su temporada los tapatíos, regados por la orilla del lago en toda su periferia.
En México no está escrito, pero cada vez toman más vacaciones en el mes de julio o agosto y dejan sus negocios, como los europeos, con un recado en la puerta que dice: fermato per vancanza.

Sí, el verano es para andar con la camisa al aire y salir a recorrer otras ciudades y otras costumbres para registrar nuevos recuerdos. Nada mejor que viajar con la mochila llena de sueños y de historias. Por eso, comparto la experiencia de haber viajado, hace más de un par de años, cuando fuimos a Grecia después de haber leído —cada quien por su lado, pero, analizadas en grupo—,las tragedias griegas de Esquilo, Sófocles y Eurípides. Entonces sucede que el viaje adquiere otra dimensión: cuando nos sentamos en el teatro de Dionisio, en el Partenón o cuando fuimos a Delfos (donde resulté un furtivo oráculo) o, en el teatro de Epidauro, donde compartimos los mismos sentimientos que ahora Hellen Mirren en el papel de Fedra de Jean Racine que dicen que después de la función, a media noche en su camerino, no pudo menos que ponerse a llorar, mientras le daba de sorbos a su té.

También navegamos por el Egeo —como Ulises después de Troya—, y llegamos a la isla de Miconos para abordar —antes de que cerraran la navegación— el barco que nos llevaría a la isla de Delos y ahí mismo, sentarnos un rato bajo la palmera donde había nacido nada menos que Apolo. Creo que eso me permitió disfrutar una vacación como nunca antes, por eso digo que, aunque se caiga el mundo, hay que irse de vacaciones en este verano.