miércoles, 1 de julio de 2009

Sufragio efectivo

El Informador, jueves 2 de julio, 2009.

La democracia en este país empezó hace un siglo, después que Porfirio Díaz se había eternizado en el poder, aunque pasaba sus vacaciones de Semana Santa en Chapala, invitado por su concuño Lorenzo “El Chato” Elízaga, casado con Sofía, la hermana de doña Carmen Romero de Rubio.

Durante su gobierno, las orillas del lago comenzaron a transformarse en una especie de Rivera y deseaban ser como la Niza o el Mentón del país —esa población francesa en los Alpes Marítimos, en la frontera italiana, a medio camino entre Ventimiglia y el principado de Mónaco—. Pero, un año después, estalló la revolución y, en 1911, Porfirio huyó del país con treinta millones de pesos de oro en su bolsillo, según dicen las malas lenguas, fue lo que dijo uno de los personajes en La serpiente emplumada, la novela que escribió D. H. Lawrence en 1923 de un jalón en las playa de Chacaltita, bajo la sombra de un enorme Salate.

Quien encabezó el movimiento, —ya lo sabemos— es el intelectual, político y espiritista Francisco I. Madero quien, con su lema de sufragio efectivo, no reelección logró que se expresara el descontento contra del dictador ganando las elecciones democráticas para la presidencia de la República cuando éramos sólo 10 millones de habitantes (el doble de la actual Guadalajara).

La Revolución se convirtió en una causa social y en la bandera de Zapata en el Sur, “Pancho” Villa en el Norte entre los que pedían se realizara una reforma agraria, justicia social y se ofreciera educación para todos y que fueron los mismos que comenzaron a negociar con los revolucionarios liberales constitucionalistas como Venustiano Carranza y Álvaro Obregón.

La Revolución culminó con la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos de 1917, reconocida como una constitución liberal que, en principio es la que nos rige: en ella se garantizan reformas y derechos liberales (civiles y políticos) y sociales (reforma agraria y la legislación laboral) y esta institución es, sin duda, el mayor logro de los revolucionarios. Con las modificaciones y reformas que se le han hecho —a cuenta gotas—, se ha ido adaptando, aunque rezagada a esta modernidad impredecible hace un siglo.

Este próximo domingo nos toca ejercer nuestro derecho al sufragio, logrado con tanto esfuerzo hace un siglo. Hacer patente el voto es un ejercicio al que tanto trabajo nos ha costado llegar. Cuando se cuentan se concreta este acto individual en donde uno está a favor de uno de esos grupos políticos y de esta manera es como se puede llevar a cabo la alternancia, en caso de ser necesaria, como lo fue en el 2000 cuando, por fin, después de más de siete décadas, pudimos expresar el deseo de cambio como haya sido.

Es fácil criticar, lo sé, lo sé, pero, hay que considerar que el voto es la culminación de un proceso histórico que nos permite tolerar y seguir actuando en libertad dentro de lo establecido por la Constitución desde que aceptamos el sufragio efectivo.