jueves, 23 de julio de 2009

Tan cerca como las pesadillas

El Universal: Kiosko, La Guía del Ocio, viernes 24 de julio, 2009.

El sueño —o la pesadilla— es la realización (disfrazada) de un deseo reprimido y su estímulo, seguramente nos viene del día anterior al que soñamos. Así es como lo propuso Freud hace cien años con su teoría sobre la interpretación de los sueños y por eso, me pregunto ¿cuáles habrán sido los estímulos y cuáles los nuestros, para interpretar el sueño escrito por la inglesa Caryl Churchill (1938-), (ver Foto), como Far Away o Lejos, de tal manera que pudo narrar esa pesadilla que luego la tradujo y dirigió Otto Minera.

Nos echamos un clavado en el mundo onírico en donde abundan las imágenes que, aparentemente, no tienen nada que ver con la realidad, pero que, son los estímulos a la hora de soñar, traslapándose con el inconsciente con imágenes vistas de pasada, como unos prisioneros en Guantánamo caminando a pasito corto y con los ojos vendados o la lectura de Lydia Cacho sobre la explotación y pederastia, de tal manera que sean parte de ese sueño.

Una obra clavada, como el mástil de la bandera, en los territorios del absurdo, allá parece que no entendemos nada, pero que nos aterra saber que exista un algún lugar así de disparatado, al tiempo que sus personajes se metamorfosean, como en los sueños y en el reparto de esta obra de la imaginación, donde los actores y la escenografía provoca que la interpretación de obra la vayamos construyendo sobre la marcha.

Lejos es uno de esos sueños donde a veces, mejor nos reímos, como un mecanismo de defensa de lo que nos estamos imaginando porque, a fin de cuentas, somos nosotros los que interpretamos lo que vemos y oímos en el escenario: ¿es el maltrato y la explotación infantil o se trata de un patético secuestro y del sadismo que lo acompaña o es el deseo de vengarnos?

Estamos en el territorio del absurdo como en nuestra casa: los parlamentos parece que tienen columna vertebral pero, más bien, están deshuesados y destartalados. Discuten sobre el partido que hay que tomar con los venados, esos que se pasean por el bosque presumiendo su cornamenta pero que luego se meten a los centros comerciales por las escaleras eléctricas y luchamos por creer que es real —aterradora, como la violación y maltrato—, hasta que sentimos un especie de mal de altura.

Harper, la tía o vigilante del manicomio, luego la vigilante y luego la discutidora (Emoé de la Parra), le explica a Joan, (Isabel Aarenlund), primero su sobrina, luego, la diseñadora y al final la líder que recién llegada escucha el canto de un pájaro para liberarlo, antes de escaparse para regresar al amanecer con el camisón manchado, aterrada de que su tía la castigue, aunque justifica todo lo que ha visto su sobrina, pues, su tío —como lo explica, una y otra vez—, sólo ayuda a esos para que se salven, aunque ella haya caído en un charco de lodo y sangre.

Corte a Todd (Jacobo Liberman), un experto sombrerero que prepara su colección ayudado por una joven diseñadora de sombreros increíbles, mientras le pregunta: ¿por qué después del desfile les cortan la cabeza a los modelos?

¿Dónde está la satisfacción y cuáles son nuestros deseos? La pesadilla sigue —con imágenes y sonidos— luchando para intentar encontrar una razón a todo lo qué está detrás de eso.

Corte a una amazona, la líder, Churchill la dramaturga —o nosotros, ¡ah!, la satisfacción, digo, ¡por fin!—, dirigir el operativo y la explotación, el castigo y la muerte de los cautivos mientras corre, como en los sueños, sin avanzar hasta que vemos cómo cae la tía y el sombrerero sin respiración alguna.

Cuando termina, respiramos profundo ese aire húmedo de la noche cuando salimos del Teatro El Granero (sólo los lunes) y caminamos hasta quedar hipnotizados al ver cómo ondea la bandera en el Campo Marte, desgreñada, gigantesca y furibunda, sacudida por el viento que desea liberarla de sus pesadillas.