miércoles, 19 de agosto de 2009

Cita a ciegas y los senderos que se bifurcan

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 21 de agosto, 2009.


Todo queda encerrado en un círculo perfecto: la trama toma su rumbo desde el principio hasta el final, mientras los personajes van narrando sus encuentros y desencuentros en la banca de un parque en Buenos Aires, donde va con frecuencia el ciego escritor argentino —Borges— que ve más que aquellos que dicen ver, pues no es por nada que los que tienen el don de la adivinación son ciegos como el adivino Tiresias que se quedó así después de haber visto desnuda a Palas Atenea.

En un largo parlamento en el primer acto, el escritor pudo entender lo que afectaba a dos de los personajes que le platicaron ese día sus historias, mientras él recordaba cuando era joven y había visto a una mujer en una estación del Metro en París, para quedarse sobrecogido con uno de esos escalofríos del alma por los que uno se siente transportado a un mundo superior, al ver a esta joven que iba por la otra escalera, abrazando un libro —que alcanzó a ver que era la Educación sentimental de Flaubert— que, por casualidad, todos los personajes citan.

Quiero hacer —escribió Flaubert a La Royer— la historia moral de mi generación; una historia “sentimental” sería un término más apropiado para este libro de amor y de pasión como esa que puede existir aunque sea una pasión inactiva. En realidad, Flaubert estaba recordando su propia historia, cuando conoció y se enamoró —perdidamente— de Elisa Schlesinger, quien devastó su vida.

Pero Borges había escrito también sobre las realidades paralelas: dejo a los varios porvenires (no a todos), en mi jardín de los senderos que se bifurcan... en el tiempo, donde hay varios porvenires y tiempos, donde proliferan a su vez y se bifurcan.

Se trata de la existencia —simultánea— de varios mundos: el de la realidad real y el de la realidad virtual. Borges nos propone que tanto lo sucedido en un encuentro, como lo que pudo haber sucedido si no se da, son realidades que existen: una, que es la que recordamos con nostalgia, como lo que “realmente sucedió” y, la otra, la que está por ahí escrita en una biblioteca infinita, con todo lo que “pudo haber sucedido si...”

Por eso, cuando decidimos irnos por uno de los senderos, las vidas paralelas de lo que no se dio, existe en la memoria o en los libros de esa biblioteca y, como las ramas de un árbol, van creciendo y se bifurcan en el tiempo y en el espacio.

Cita a ciegas es una obra en dos actos, escrita por el argentino Mario Diament, que ahora dirige Barclay Goldsmith con un magnifico reparto que se presenta en el Círculo Teatral de la calle de Veracruz No. 107 en la Condesa (5553-1383), una obra del buen teatro, que tanta falta hace en la cartelera.

En el primer acto nos platican unas historias condimentadas con bromas sobre el ciego escritor (Eugenio Cobo), por un banquero cincuentón en crisis (Luis Cárdenas). Como Frédéric en la Educación sentimental, ha enloquecido por una muchacha (Marcia Coutiño) y, el ciego nos recuerda, lo que le pasó a Flaubert cuando estuvo en la playa de Trouville y se encontró a Elisa. De esos encuentros, tanto Flaubert como el ciego escritor, vivieron un amor que les duró toda su vida y ahora, es el banquero quien se ha trastornado por completo.

Si asociamos estas historias de encuentros y desencuentros con las propias, podremos reconocernos en ese espejo para ver los caminos de nuestras vidas: cuando decidimos tomar ese sendero y sabemos que las dos realidades existen, como les sucede a los personajes que se cruzan —la madre de la muchacha, como la mujer que salía del Metro (Silvia Mariscal) y la psicóloga y esposa del banquero (Ángeles Marín)— para cerrar la obra en un círculo narrativo perfecto en medio del jardín de Borges y sus senderos que se bifurcan.