El obituario

El Informador, martes 25 de agosto, 2009.

Como si fuera el pésame para los parientes del difunto nos llegaron las noticias del nuevo recorte presupuestal del Gobierno Federal y, como el difunto es conocido, movemos la cabeza de un lado para el otro en señal de tener que soportar una calamidad más y las pocas esperanzas que se tenían, se desinflan como los globos del señor Cantoya de Uriangato, Michoacán, hechos con papel de china y alambre, pegados con engrudo y con sus mechas de algodón, tal como está construida la economía de este país.

Ya de por sí, el resto de las noticias son funestas y nos la pasamos imaginando los efectos del recorte, intercalados con el acuse entre las víctimas del crimen organizado y la vendetta de los narcotraficantes, más los cadáveres por los enfrentamientos entre policías y ladrones y, para colmo, ahora que estamos en duelo, seguimos leyendo las esquelas pagadas —avisos fúnebres— de aquellos que fallecen, dejando poco o ningún lugar para, por lo menos, una buena noticia aunque ésta sea deportiva, aunque ya sabemos que en ese ámbito, un día se celebra la victoria y otro la derrota.

Digo que en lugar de esquelas debería abrirse una nueva sección de obituarios donde se coloquen breves textos sobre las personas físicas o morales en una página especializada, textos que nos ofrecen el recuento de la textura y el significado de la vida de quien haya fallecido recientemente y que es diferente a la esquela o “aviso fúnebre”.

En esta nueva sección los periodistas especializados prepararían los textos biográficos de las personas físicas o morales a los que se les agregarían los que escriba la gente que conocía al difunto, desahogando así se sentimiento de pérdida de la persona, para recordarla en sus mejores momentos, completando así su biografía que pueda servir como materia prima para tener más clara su biografía o ser materia para una novela.

Dicen que según el sapo es la pedrada y cuando ése sea uno grandote —con todo respeto—, en lugar de tener páginas y páginas de anuncios funestos que hacen de esa sección un cementerio, sólo le agregarían pequeños textos con verdaderas historias. Es difícil pensar que alguien se atreva a hacer este cambio en las costumbres y los hábitos de los medios impresos.

Imaginemos a los especialistas del “obituario” que resumen la vida del difunto o las razones del cierre de la empresa —y por eso, su fallecimiento— y qué nos cuenten dónde se equivocaron, qué fue lo que no hicieron a tiempo para salvar el pellejo, cómo es que no se dieron cuenta y previeron la crisis nacional o global y/o la baja en las exportaciones.

Aparecerían las experiencias —físicas o morales— como anuncios de ocasión y su tarifa correspondiente, pero con los pensamientos, recuerdos, chismes, favores hechos o nostalgias sobre el fallecido, para que el obituario fuese una de las más leídas y el registro de la verdadera historia de las persona físicas o morales y, con las experiencias leídas, aprenderíamos como en ningún otro lado.