jueves, 6 de agosto de 2009

El segundo tiempo

El Informador, martes 4 de agosto, 2009.

Son dos los temas que empiezan a considerarse en la vida política del partido en el poder: los resultados económicos y políticos y, una posible sucesión. Sobre el primero, hay una regla no escrita que no falla: si la economía va bien y no se ven afectados los bolsillos, no importa cuál sea el estilo de gobernar en Los Pinos, la gente aguanta todo, como sucedió con Fox que hizo y deshizo como chivo de una cristalería a la siguiente, con ese su gabinetazo armado por los cazadores de cabezas, cometiendo faltas en el código de las relaciones una después de la otra y, todo esto, en medio de una economía que, para su fortuna, fue más o menos estable.

Ahora, se pasa de la crítica al reclamo del modelo y del estilo a gobernar porque, en estos años, parece que nos cayó el chahuistle y la economía va en caída, con un desempleo en aumento que afecta los principios de la economía de la felicidad.

Nos barrió el tsunami financiero de los EUA y acabó con el consumo, la producción manufacturera y, de pasada, el PIB además del cierre de actividades por el H1N1, la reducción de ingresos por el turismo y de la recaudación de impuestos y la baja en el precio del petróleo para terminar con un nuevo recorte presupuestal.

Incapaces de contraponer al desempleo con la inversión pública de manera oportuna, se juntó la guerra —válida y, por desgracia, paralela a la crisis—, y aparecieron las grietas de la efectividad del gabinete más silencioso que ningún otro, donde tal parece prevalece la fidelidad partidista que el talento.

Un posible sucesor, como podía haber sido Juan Camilo Mouriño, cuya tragedia impredecible sucede mientras que el reloj estaba por marcar la segunda mitad del sexenio y con eso, el poder que decae hasta desaparecer y con la publicación en Etcétera de la carta de Castillo Peraza a Calderón en 1996, ahora entendemos mejor el estilo de gobernar y el problema del posible sucesor: creo que para que haya un “otro yo”, o varios “otros yo”, el jefe debe hacerle saber y sentir a sus subalternos que, en efecto, son “yo”, es decir, darles toda su confianza —escribió Castillo Peraza— (y) el subalterno debe saber que el jefe depende totalmente de él porque considera que es capaz de hacer las cosas bien, tal como el jefe las haría. Debe saber que el jefe pone en sus manos su nombre, fama, prestigio, capacidad e incluso, su liderazgo. Debe sentir que lo que él hace lo está haciendo el jefe, y que el jefe responderá por él si se equivoca. Debe sentir que en lo que su jefe le encomienda, el jefe es él, esto es, el álter de ese ego.

Tal parece que no hizo caso a estas recomendaciones y el estilo de gobernar de Calderón que es más de un “marcaje muy personal” no le ha permitido encontrar ese álter ego ahora que empieza el segundo tiempo.