Vivir entre sueños y castillos en el aire

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 7 de agosto, 2009.

Cuando en 1895 Giacomo Puccini compuso La Bohemia, ya había leído la novela por entregas que escribió Louis-Henri Murger donde, seguramente, el compositor se acordó de esa época de su vida cuando era estudiante del Conservatorio y compartía con Pietro Mascagni una buhardilla, los dos muertos de hambre y de frío en el invierno, como esos jóvenes que van a estudiar a París con la mochila la hombro, y que, a lo mejor, en una de esas, se enamoran de una francesita.

Puccini y Luigi Illica trabajaron la estructura del guión y Giuseppe Giacosa le dio la forma poética que necesitaba para que Puccini se imaginara cada una de las escenas antes de musicalizarla. Es una buena muestra del verismo y tienen varios momentos dramáticos y sus contrastes, pues si algo tenía Puccini es la capacidad para hacernos polvo, una y otra vez —como en Madama Butterfly—, donde nos quebrarnos y no podemos dejar de llorar si nos dejamos llevar por las corrientes melódicas —arrastrados, sin resistencia alguna— en ese sube y baja de las emociones, como sucede cuando pasan del hambre y del frío, al buen humor y las fantasías; del amor y el deseo, a la separación y la muerte; de las fiestas de los “bohemios”, a la escueta realidad.

Soy un poeta que escribo y que vivo y, a pesar de mi pobreza, despilfarro como gran señor con algunas de mis rimas y los himnos del amor —canta Rodolfo, el poeta (Ramón Vargas, tenor)—. Tengo el alma millonaria de sueños, quimeras y castillos en el aire. Y ahora, del cofre de mis tesoros me roban todas mis joyas estos dos ladrones: estos dos bellos ojos como los que tiene usted y, mis sueños se evaporan. Pero no importa que me los robe, pues han logrado que, una vez más, renazca la esperanza. Así se presenta con Lucía —aunque todo mundo le dice Mimí (Ángela Gheorghiu, soprano)—, una vecina que llama a su puerta para convertirse en la protagonista de La Bohemia, la obra que podremos ver mañana sábado a las 12:00 horas en la versión del MET tal como la proyectan en el Auditorio Nacional en la pantalla de Alta Definición (HD), como lo han hecho con las óperas en vivo. Esta versión la dirige Nicola Luisotti y cuanta con la escenografía del maestro Franco Zefirelli.

Nada tan triste como la separación abrupta, nada como la impotencia frente a la muerte de un ser querido; nada más espantoso como el amor que se queda sin respuesta pues uno de los contendientes abandona el juego; nada como darse cuenta de que todo pasa; nada como recordar los mejores momentos del amor y quedarse con lo mejor de esa persona —en el duelo—, sin culpas, recordando sólo lo brillante del amor y del buen humor cuando jugaban; nada como el día que logró el knack y recuerda haber salido feliz y triunfante, después de haber hecho y conocido, literalmente, lo que era "el amor”.

Nada como la fortuna de poder aclarar las cosas antes de morir; nada como haber pedido perdón y disculparse de las tonterías, de los errores cometidos y del daño hecho; nadie más afortunado que aquellos que lo ha podido hacer antes que sea demasiado tarde.

Así es el final de La Bohemia, con una Mimí que finge estar dormida —como le dice a su amante— porque quería quedarme a solas contigo. Tengo tantas cosas que decirte... o una sola, inmensa como el mar, como el mar, profundo e infinito: ¡tú eres mi amor, tú eres mi vida!, y con este canto como del cisne, queramos o no, se nos remueve todo lo que tenemos por ahí guardado y, llevados por la melodía, indefensos, navegamos compungidos después de haber tenido la oportunidad de ver en ese espejo, los amores que se han ido antes de tiempo.