miércoles, 9 de septiembre de 2009

El año que fuimos imperio

El Informador, jueves 10 de septiembre, 2009.

(Ilustración: Mapa de México en el Primer Imperio)
Este es el mes que celebramos la Independencia de 1810 con el grito en Dolores, una guerra que concluyó el 10 de febrero de 1821, once años después, con el abrazo que se dieron en Acatempan Agustín de Iturbide, Comandante en Jefe del Ejército del Virreinato y Vicente Guerrero, Jefe de las Fuerzas Insurgentes por la independencia de México y con el que sellaron la reconciliación entre esas dos fuerzas integradas en su mayoría por criollos.

Don Agustín fue un personaje que, entre otras cosas, tenía a su querida y, para presumirle el 27 de septiembre de 1821, logró desviar la marcha del ejercito trigarante para que pasara debajo de la casa de la Güera Rodríguez y luego entrar con su uniforme de gala y una rosa en mano para entregársela arrodillado a sus pies.

Ocho meses después, el 18 de mayo de 1822 lo proclamaron Emperador de México y fue esta sitiuación que Flavio González Mello escribió 1822, el año que fuimos imperio, una obra dirigida por Antonio Castro que fue un éxito en la cartelera.

Sí, ese año fuimos imperio porque no sabíamos cómo queríamos que fuese nuestro gobierno como país independiente: ¿adoptábamos el modelo europeo con un gobierno monárquico? o ¿seguíamos el ejemplo de nuestros vecinos del Norte y asumíamos una constitución y el gobierno democrático?

Por lo pronto, don Agustín se subió al trono y se coronó —como buen Napoleón de las Américas— en una ceremonia que se realizó en la ciudad de México el 21 de julio de 1822, a la que fueron invitados varios tapatíos, entre ellos José Ignacio Cañedo, un ascendiente de la familia materna.

Intento entender mejor las obras de teatro y la historia, cuando logro interiorizar a sus personajes o la trama. Por eso entendí perfecto que Tepa es como la Verona de Romeo y Julieta, donde existen los Montesco y Capuleto que se odian y ya no se acuerdan ni por qué. Cuando escribí la novela sobre mi abuela Maclovia, le comenté un día a Enrique Krauze que por esa investigación entendía mejor la historia.

Les cuento. Para 1822, José Ignacio Cañedo había recuperado su hacienda del Cabezón en Ameca y fue uno de los tapatíos invitados a la ceremonia de coronación y parte de la comisión que acompañó a la Emperatriz Ana María en ese acto. De regreso a Guadalajara comentaron que la ceremonia había sido una aburrida puesta en escena, torpe y de oropel: una farsa teatral. No me enteré si la Güera había asistido. Anastasio, su hermano menor formó con Ignacio Sepúlveda y Pedro Zubieta el grupo los polares, unos abogados que publicaron la Conjuración del Polar contra los abusos de la Iglesia donde declaraban que sólo con la tolerancia, la libertad de imprenta, y la exclusión de toda religión dominante, podría decretarse, de golpe, la felicidad de los pueblos... Lucas Alamán lo desterró a San Blas, donde no se lo comieron los mosquitos de milagro.

Por todo esto y por puro gusto, me adelanto y grito con ustedes ¡Viva México!