viernes, 18 de septiembre de 2009

El golpe de Chéjov con Las tres hermanas

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 18 de septiembre, 2009.


(Ilustración: Kristin Scott Thomas como Masha en Las tres hermanas, Londres, 2003).

Antes de que Masha llegue a despedirse de Vershínin, a quien le decían de niñas el comandante enamorado un hombre que siempre está filosofando, diciendo que la vida es dura, sí, y que a muchos nos parece gris, sin esperanza, pero, sin embargo, poco a poco se vuelva más clara y llevadera y que no estaba lejos —según él— para que llegara la luz y se extendiera por todas partes.

Cuando Masha llega sabiendo que se iba, se le cuelga al cuello con los brazos entrelazados, se pone de puntitas y lo besa en la boca largamente —sin importar que su marido estaba por ahí, cerca—, luego recuesta su rostro en el pecho del teniente hasta que interviene Olga, su hermana, para destrabarla y sostenerla para que no se caiga al suelo porque las piernas se le habían aflojado por completo.

Esta es una de las escenas más conmovedoras de Las tres hermanas de Chéjov y por eso ella se merece un bravo y, en general, la puesta en escena respetuosa al espíritu de la obra. Estará hasta el 26 de septiembre y aunque es el examen profesional de los alumnos de Actuación y Escenografía, la podemos disfrutar en el Teatro Salvador Novo del CNA que está en el sur de la ciudad de México.

La escena es con la actriz Fania E. Barrón (Masha) que está bajo la dirección de Martín Acosta. Es una joven que logra esa interiorización a fondo en lo que es la pérdida de sus sueños y de su romance. Por eso, la vemos conmovida a la hora de los aplausos, cerca de esta escena.

Vale la pena ver —o por lo menos leer- esta obra que, en esta puesta en escena, respeta el texto y el espíritu chejoviano hasta donde pudimos ver como en esta escena, que es como aquella otra -que no podemos olvidar- en Sense and Sensibility, cuando Mrs. Dashwood (Emma Thompson) suelta un llanto atragantado al descubrir que Edward Ferrars sigue soltero y por fin le confiesa que siempre ha soñado con ella y está en lo más íntimo de su corazón.

Pero el tema de Las tres hermanas me ha arrastrado a otras dimensiones, como nunca antes lo había experimentado en una obra de teatro: resulta que me destapó, con toda la claridad del mundo, el drama que vivió mi madre. Las tres hermanas (Olga, Masha e Irina) son las hijas del general Prózorov, un general más o menos notable que había fallecido hacía un año del día en la que cronológicamente empieza la obra y que termina, cinco años después: aunque era general —dice Olga—, asistió poca gente a su funeral. Claro, estaba lloviendo a cántaros... sí, estaba lloviendo y nevando.

Los Prózorov salieron de Moscú hacía 11 años (Olga tenía 17, Masha 14 e Irína era una niña de 9 años de edad). Había muerto su madre y al general lo asignaron a este pueblo en provincia —como la Guadalajara de los años 50’s. Once años después, no pueden hacerse el ánimo de haber dejado Moscú y las tres se la pasan soñando con regresar a su paraíso perdido, a la gran ciudad, donde habían vivido felices cuando eran niñas y todavía vivía su madre.

Mi madre (Mina de Alba), aunque en un proceso diferente, vivió soñando regresar a la ciudad de México —el Moscú de la obra de Chéjov—, sin darse cuenta de lo que tenía a cambio, aunque en realidad ella regresaba a su tierra natal, donde había salido hacía 18 años cuando se casó con mi padre, un hombre nacido en Tepatitlán e irse a vivir a la capital donde el clima, la gente, su primas, El Palacio de Hierro, el ángel de la Independencia que con sus alitas la protegía todo el tiempo mientras sus hijos jugaban en el Paseo de la Reforma, era simplemente maravilloso.

En 1951 mi padre decide abandonar su carrera en PEMEX y regresar a Guadalajara para dirigir, cuidar y administrar el rancho que se había comprado con su ahorros, unas 50 hectáreas de riego cerca de Atequiza y, como al general Prózorov que lo mandan a provincia, él regresa a Guadalajara y mi madre nunca se pudo recuperarse del cambio, como si hubiese sido un golpe mortal en su vida hasta que, en la vejez, viuda desde hacía 16 años, muere en 1990, sin haber podido olvidar lo feliz que fue en la ciudad de México —el Moscú de las tres hermanas.

Vershínin llega de Moscú a visitarlas y está feliz de llegar a provincia dirigiendo ahora un batallón en donde todo le parece que es maravilloso: qué río tan ancho y caudaloso tienen ustedes —les dice— ¡un río maravilloso! Y Olga no tarda en repelar: sí, pero hace frío, hace frío y hay muchos mosquitos y mientras él seguía diciendo que aquí la vida da gusto, parecía que nadie lo escuchaba, pues las tres hermanas estaban pensando siempre en Moscú.

Después, vuelve a la carga el teniente y las felicita por la casa que tienen está preciosa, ¡qué envidia!, en cambio yo —les dice—, me la he pasado mudándome de un piso de mala muerte a otro, con un par de sillas, con un sofá y con una estufa que siempre echaba humo.

Pero ellas no se dan cuenta de lo que tienen, sólo piensan en Moscú. La misma conversación sucedía cuando llegaba una visita de México que siempre, por alguna razón, estaba invitado o invitada a comer a comer, en esas comidas de provincia de cuatro platos y una larga sobremesa. Todo lo bueno que las visitas veían en Guadalajara, mi madre lo refutaba diciendo que en México el clima era bendito y no tenía nada que ver con este infierno de abril y mayo.

Por todo esto, leyendo la obra y luego —por fortuna— viendo esa puesta en escena, me conmovió como no se pueden imaginar, removiendo el pasado que estaba por allá agazapado para sacarlo a la luz del día como pocas obras lo han hecho.

Digo que fue el golpe de Chéjov que logró aflojarme las piernas, antes de caer por el suelo, recordando el drama familiar y la nostalgia con la que vivió mi madre toda su vida en Guadalajara, como esos recuerdos que, a veces, nos abruman.