miércoles, 23 de septiembre de 2009

El orden de los factores

El Informador, jueves 24 de septiembre, 2009.

(Ilustración: mapa del viaje de Enrique V para llevar a cabo la conquista de Francia en 1415).

Alguna vez pensó que en los libros hallaría remedio para su mal y así aprendió el poco latín y menos griego de que hablaría un contemporáneo; después consideró que en el ejercicio de un rito elemental de la humanidad, bien podía estar lo que buscaba y se dejó iniciar por Anne Hathaway, durante una larga siesta de junio. A los veintitantos años se fue a Londres. Instintivamente, ya se había adiestrado en el hábito de simular que era alguien, para que no se descubriera su condición de nadie; en Londres encontró la profesión a la que estaba predestinado, la del actor, que en un escenario, juega a ser otro, ante el concurso de personas que juegan a tomarlo por aquel otro, esto fue lo que escribió Borges refiriéndose a Shakespeare.

Igual simulamos ser alguien para no sentirnos nada cuando nos sentamos a escribir nuestras modestas colaboraciones: creemos que podemos jugar a ser aquel otro y a ponernos en su lugar para jugar en el teatro del mundo, que somos el Presidente, viendo desde la barrera su actuación y juzgándola en función de su impacto.

Por eso, nos atrevemos a decir que tal parece que el orden de los factores sí altera el producto y lo que debería de haber hecho antes que nada era haberse sentado a negociar con todo el tiempo del mundo, con los protagonistas de San Lázaro para que revisaran la o las propuesta que se le hubiera ocurrido, para armar en conjunto el presupuesto del 2009 y lograr —a tiempo— el consenso para luego hacer público —y con éxito— su compromiso una vez aprobado por la mayoría de quienes nos representan y no salir, como quien dice, sorpresivamente, con una propuesta con la que se ha quedado sólo con un paquete que tal parece tiene pies, pero no cabeza.

En cambio Enrique V, en 1415 se reunió con las diferentes fuerzas de la Inglaterra para justificar su misión y confirmar el derecho que tenía para exigirle a Francia esa corona como resultado de la correcta interpretación de la ley sálica —in terram salicam mulieres ne succedant—, con la que su bisabuela Isabella, la hija de Felipe IV, rey de Francia, casada con Eduardo II (1307) tenía derecho a heredar la corona porque resultaba que el conocido territorio sálico, en realidad, estaba en Germania.

En esa reunión de Consejo consigue el financiamiento de y el apoyo unánime antes de hacer público su compromiso y salir rumbo a Francia para sitiar Harfleur, como primer paso, aunque, sobre la marcha, enfrentara varios problemas de los que, finalmente, salió triunfante.

Nadie fue tantos hombres como aquel hombre, que a semejanza del egipcio Proteo pudo agotar todas las apariencias del ser, escribió Borges y, por ahí, escuchamos a Jacques diciendo que en este mundo todos somos actores y que un hombre en su época hace varios papeles, pero que, su éxito depende del orden de los factores que resulta que, en política, sí altera el producto.