En busca del amor y la sabiduría

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 25 de septiembre, 2009.

(Ilustración: Matthew Polenzani como Tamino en La Flauta mágica del MET)

Cuando hace años vimos la versión cinematográfica de Tito Andrónico de Shakespeare dirigida por Julie Taymor (1952-) con Sir Anthony Hopkins nos quitamos el sombrero pues, detrás de todo eso estaba una mujer creativa capaz de hacer de esa tragedia una obra de arte. Este año dirigió La tempestad con Helen Mirren como Prospero, Felicity Jones como Miranda y Ben Whishaw como Ariel, el espíritu del cambio y hace un par de años nos sorprendió con el musical Across the Universe.

Bueno, pues es esta misma mujer la directora artística de La flauta mágica de Mozart en la versión del Metropolitan Opera House que este sábado podremos disfrutar en la pantalla de HD del Auditorio Nacional a las 12:00 horas del día.

El vestuario colorido, los escenarios técnicamente maravillosos y la adopción de unos títeres indonesios a gran escala hacen algo maravilloso de esta puesta en escena. Por eso, digo, que no podemos dejar de verla por ningún motivo.

Die Zauberflöte de Mozart fue la última ópera escenificada en la vida del compositor quien la estrenó en el Theater an der Wien el 30 de septiembre de 1791, bajo su dirección y a sólo dos meses antes de su muerte. Decidieron hacer una obra popular —por decirlo así— porque tanto Emmanuel Schikaneder como Mozart estaban sin un quinto y tanto el libreto como la música la imaginaron con este tema para que, según ellos, les pudiera dar de inmediato algo de lana.

Mozart modificó un poco la acción para convertirla en una versión simbólica de las prácticas masónicas de la logia a la que se supone pertenecían los dos amigos, pero, en realidad, es el elemento mítico y los contrastes lo que nos sigue maravillando de La flauta mágica.

Schikaneder cantaba y fue el primero que interpretó al pajarero de Papageno; la Reina de la Noche fue interpretada por Josepha Hofer, la cuñada de Mozart. Todo en familia y más bien baratito. Según algunos historiadores, Mozart pudo componer esta obra sin problema, como pudo seguir los pasos de Tamino para conquistar no sólo a su amada Tamina, sino para adquirir el conocimiento y la sabiduría que el hombre necesita, pues bien sabía en carne propia lo que era ser iniciado en la logia masónica —como lo fue él— de Viena, Zur Wohltätigkeit o de La Beneficencia el 14 de diciembre de 1784.

Cuando se estrenó La flauta mágica en Viena, la masonería acababa de estar prohibida por el Imperio Austriaco, a pesar de que las ideas y los motivos de la ópera, recuerdan esa filosofía de la Ilustración. La comedia que escribe Schikander y que compone Mozart se basa en la actuación de dos personajes que pertenecen a dos niveles sociales diferentes: por un lado, está el joven Tamino en busca del amor y por eso, está dispuesto a pasar las pruebas que lo llevarían a la perfección; en cambio, Papageno, es un pajarero rústico que todo lo que quiere es poder comer y beber sus buenas cervezas y, de pasada, conocer a su Papagena para que sea la madre de su prole, mientras él sigue feliz en los bosques buscando pájaros cantores que pueda llevar al mercado.

La amada de Tamino es nada menos que la hija de la Reina de la Noche —que canta esa aria increíble que Carl Sagan gravó en el disco de oro Sonido de la Tierra en el Voyager lanzado al espacio en 1977, para que se enteren cómo somos o éramos los humanos—. La reina resulta ser el mal personificado —como nos enteramos en la segunda parte—, pero es quien le propone a Tamino que libere a su hija de las garras de su padre Zoroastro o Zaratustra, el gran reformador, el dios Sol —del conocimiento—, el único Creador increado de todo, quien, finalmente, ilumina la banqueta por donde nos gusta caminar.