miércoles, 16 de septiembre de 2009

La Naturaleza de cerca y en todo su esplendor

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 18 de septiembre, 2009.

En contra de la corriente que mueve al arte contemporáneo a expresarse en lo conceptual o en unas instalaciones o performances, Francesca von Wuthenau se dedica, tranquilamente, al antiguo oficio de pintar: prepara sus telas —algunas de lino—, saca sus pinceles y los colores de aceite y reproduce con su toque particular, algunos productos de la Naturaleza como esos que hay en estas latitudes, observándolas de cerca —como si se metiera dentro de sus modelos—, para ofrecernos, obras marcadas por un renovado espíritu y una belleza excepcional.

A Francesca no le interesa la podredumbre, ni la decadencia, ¿por qué tendría que interesarle? Por eso, cuando vemos sus cuadros, le damos toda la razón y que haga a un lado todo aquello que carcome por momentos a la Naturaleza y nos la presenta en todo su esplendor.

Ella plasma la luz, tal como lo hizo en ese Detalle de Palma I, o en su Maguey o el Paisaje de agaves con silla como otras obras más que expone en la Casa del Risco en la Plaza San Joaquín en San Ángel, donde la belleza se une a la forma, como lo podemos ver en las hojas puntiagudas como espadas o en las contorsionadas elipses de las hojas de palma que giran en sí mismas en unas curvas fantásticas donde todo lo que resalta es el sol que las acaricia sólo para contrastar con la sombra que produce su intrincado diseño.

Hay dos paisajes que Francesca se basó en unas fotografías de Bob Schalkwijk —gran artista—, para que ahora las disfrutemos a todo color y en Panavisión con la transformación que ha hecho la pintora para que nosotros nos imaginemos por adelantado el tequila o mezcal que saldrá de sus entrañas después de siete años de maduración. ¿Se imaginan qué clase de biografía nos puede contar cuando la leamos perfecto su perleado? Pueden ser agaves silvestres de reproducción sexual o pueden ser cultivados, pero, el caso es que Francesca les saca todo el jugo que puede con sus pinceles para que recordemos todo su esplendor.

Son plantas que se pasan años al aire libre, a pleno sol, resistiendo los vientos, las heladas, las plagas y el tiempo de aguas o de secas, los insectos, las abejas y los murciélagos o los gusanos que merodean entre el verde-claro de sus hojas como espadas que crecen tersas, como abanicos desbarajustados como están ordenados en su paisaje agavero.

Francesca aprendió —hace una década— este estilo de pintar la Naturaleza con Pedro Diego de Alvarado y, desde entonces, despliega su oficio observando a otros modelos a la luz del día para rescatarlos del realismo —como el de la fotografía—, y darles un toque especial para transformarlos y crear de esa realidad, una ilusión como si le exprimiera el alma para que conozcamos de cerca sus formas, como esos sutiles cuencos que se extienden, tal como sucede en las hojas del maguey, como si fuesen palmas que se extienden pidiendo caridad sólo para poder recibir los rayos del sol o el agua cuando llueve, mientras recorren su piel y se alimenten para crecer y transformarse.

En manos de Francesca todo la historia de las naturalezas muertas y sus expresiones abstractas no le interesan, como se pusieron de moda en el XX y por eso logra, con paciencia y oficio, que sus Naturalezas vuelvan a adquirir vida y vuelvan a ser lo que eran, sublimando a sus modelos con una belleza especial, como la que se despliegan en el campo o en el mercado en sus Canastas con verduras, con todos los productos que tenemos a nuestro alcance en este país tropical, además de las Tunas verdes o de colores o los Mangos petacones y así, a su manera, utilizando la luz y el color como lo hace la Naturaleza, Francesca deja en sus telas la esencia y su espíritu sublimado.