viernes, 4 de septiembre de 2009

Los riesgos del cambio

El Informador, jueves 3 de septiembre, 2009.
Son épocas de cambio. ¿Cuándo no? Y cada vez que se llevan a cabo dentro de una estructura organizacional o social, se dan toda clase de reacciones, desde los que no desean que suceda cambio alguno, hasta los que ven que, en los cambios las nuevas oportunidades. Estos son los que más lo impulsan. No es fácil entender lo que implica el cambio y es probable que la actitud que cada quien tenga, tiene que ver más con los recuerdos de sus experiencias relacionadas con el cambio. Si de alguna manera significó abandono y pérdida o, a lo mejor, fue todo lo contrario y lo consideró como una aventura que valía la pena experimentar, su actitud frente a ellos será distinta. (Ilustración: La tempestad, obra de W. Shakespeare en la versión del artista Hogarth)

Lo que nadie entiende, bien a bien, es que el cambio es lo que nos permite seguir vivos y lo que nos permite adaptarnos a las nuevas circunstancias, tal como lo descubrió Darwin para luego escribirlo en su teoría de la evolución y El origen de las especies en donde observa cómo los organismos vivos transforman lo tengan que modificar para poder sobrevivir.

El cambio es bienvenido cuando está sustentando por una visión o sueño o por el deseo de mejorar o por la necesidad de sobrevivir. Así lo imagina Vershinin, uno de los personajes de Las tres hermanas de Anton Chéjov, escrita en 1901, cuando se da cuenta que, en el pueblo a donde lo han mandado sus jefes para hacerse cargo de una batería de la artillería, la gente carece de interés y todos están hartos de sus viejas, de su casa, de su hacienda y de sus caballos y esa actitud, esa falta de interés por la vida los imposibilita para cambiar y eso es lo que hace que esta obra nos impacte más que nada, pues estamos viendo cómo las tres hermanas son incapaces de hacer los cambios que desean hacer —y que añoran hacerlo—, y se quedan como conejos lampareados, inmovilizados e incapacitadas de disfrutar lo que tienen.

Para ellas el cambio significó abandonar Moscú y quedar abandonadas, pues su madre había muerto. Tuvieron que abandonar todo e irse a vivir con su padre, que era un general, a provincia. Ya tenían once años de que se habían mudado y se la pasaban añorando la otra vida en Moscú.

Parecen atrapadas en una telaraña, como las moscas, incapaces de poder cambiar de actitud y cuando una va leyendo esta historia, empezamos a movernos de un lado para el otro, como si quisiéramos compartir con ellas nuestras propias experiencias del cambio y el reconocimiento de sus ventajas objetivas y cualitativas, a pesar que han perdido el interés por las cosas que las rodean.

El cambio, lo más natural en nuestra vida, no siempre es aceptado o deseado, pues mueve la estructura, cambia los hábitos y las costumbres y puede darnos miedo perder lo que hasta ese momento hemos adquirido. Como las tres hermanas, incapaces de aceptar el cambio nos podemos anquilosar y perder la capacidad de disfrutar la vida con los riesgos que implica.