miércoles, 9 de septiembre de 2009

Más que sueño, circo de una noche de verano

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 12 de septiembre, 2009.

Confundir la forma con el fondo, tratar de abarcar tanto que nada se aprieta, trasformar un reparto vertical en uno horizontal donde no hay distinción de clase, género u oficio; poner a los músicos a bailar y a los bailarines a actuar para lograr confundir a los que van a ver una obra que tiene una estructura clara, aunque compleja, como es el Sueño de una noche de verano de Shakespeare (1595) que ahora vuelve a la Sala Miguel Covarrubias de la UNAM en manos de Julia Faesler, quien logra hacerse bolas desde el principio hasta el final, sin que sepamos quién es quién, ni qué es lo que pasa, ni en dónde estamos, ni para qué fuimos.

Es una obra que trata sobre la imaginación fantástica, sobre la dulzura poética y el misticismo de la felicidad. Es una obra que se lleva a cabo en la tierra de las Hadas y de la mitología popular, es una obra que trata sobre la naturaleza del amor y, desde que Faesler la puso en escena nos quedamos incómodos por la manera en que borra todo y la verticalidad de sus personajes que es notable, desaparece.

Deberían destacar los dioses Oberon y Titania, o Puck, el lugarteniente o las frágiles hadas que atienden a la reina como son Mostaza, Chicharín, Telaraña y Polilla que habitan el mundo mágico de los sueños.

Les sigue Teseo, el duque de Atenas e Hipólita, reina de las Amazonas antes de ser raptada —como lo hacían en Tepa— para ahora celebrar sus bodas con una gran fiesta. Siguen los cortesanos: Egeo, el padre de Hermia, que desea obligar a su hija que se case con Demetrio, aunque está enamorada de Lisandro, al tiempo que su amiga Helena, suspira por Demetrio, en este verdadero círculo amoroso.

Bien diferenciados están los artesanos que preparan una puesta en escena para que sea parte de los festejos en la boda: Peter Quince, el carpintero y director de la obra; Nick Bottom, el tejedor y el amante de Titania como en un sueño que está más allá del hombre relatarlo; Flute, el remienda fuelles; Snout, el soldador; Snug, el ebanista y Starveling, el sastre.

Pero lo que hace Julia es tomar la estructura vertical, hacerla horizontal y meterlos en su coctelera para lograr, de golpe y porrazo, confundir la magnesia con la gimnasia y que no sepamos quién es quién, pues todos se visten de la misma manera, hablan igual y no hay diferencia alguna, ni sexo que los distinga: Bottom es ella, disfrazada de él; Titania es ella y aparece como tal y, los demás, no los podemos distinguir, pues están uniformados de negro sin diferencia alguna.

El público se ríe, sí, se ríe como en el circo cuando le dan al payaso en las nalgas o cuando no entendemos nada, ni sabemos quien dice qué, ni nada de nada y por eso la gente se ríe de repente como mecanismo de defensa, para salir airosos del embarazo y la confusión en esa mezcolanza confusa como la que sucede en esta puesta en escena.

Aquellos que no conozcan el Sueño, menos sabrán lo que pasa cuando los dioses discuten, pues son iguales a los demás. El chiste es que se tiren al suelo encima unos de los otros y, los otros —que, en realidad son otras u otros—, se aprovechen para echarse encima de esta obra que resulta una versión confusa, ambiciosa y, por eso, creemos que la hace primaria, sin brillo, ni contraste ni sutileza alguna que la distinga de sus partes como sucede en el original.

Por si hiciera falta, han empalmado la música de Mendelshonn —que, en todo caso, es música de fondo—, que están en escena como otro más de los personajes que entran y actúan y hacer de todo esto una obra como esas que veíamos en el circo de tres pistas.