Dos amores tengo sin culpa alguna

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 30 de octubre, 2009.

Ilustración: Lisa (Laura Linnay) y Rafe (Antonio Banderas)

El amante o The Other Man es la película dirigida por Richard Eyre (1943-) y escrita por él y Bernhard Schlink (1944-), el autor del cuento original, que está recientemente en cartelera. Es una obra que nos sorprende y nos deja colgados de la torcida brocha moral, pues demuestra que sí es posible tener dos amores —al marido y al amante—, amarlos con intensidad, sin culpa, ni detrimento en sus relaciones familiares.

El guión altera la cronología de la narración y nos pasa a la reina de corazones a inicio y al cinco de bastos antes del jockey para que así nos mantengamos ocupados sopesando el debe y el haber de esa relación amorosa.

Nada que ver con las historias decimonónicas como la de Flaubert en Madame Bovary que empieza desde el principio con el niño Bovary entrando a clases en la primaria, luego como doctor y, finalmente, como el esposo y viudo de Emma, en donde los sucesos se narran en función del tiempo hasta que se les apaga la luz.

Schlink altera el orden y nos cuenta una historia reciente —aunque no nos damos cuenta— y, el resto, en retrospectiva, intercalando un suceso intermedio antes del final para mantener nuestras expectativas sopesamos la posibilidad de que una esposa ame a su marido y a su amante, desde hace años, sin que con eso se quebrante la relación matrimonial, sin detrimento en la vivencia de sus aventuras, ni que se resienta tanto el amor que ofrece como el que recibe de sus dos amores, planteándonos las dudas con las que vivimos durante y las que vamos a vivir después de la película.

Dos amores tengo, escribió el Bardo, haciendo alusión a una situación parecida, pero diferente a la que vive Peter (Liam Neeson, 1952), quien se aprovecha de la ausencia de Lisa (Laura Linnay, 1964) su esposa para invadir su privacidad, leyendo sus correos y abriendo el archivo Love —con todo y password— para asombrarse cuando la ve feliz de la vida con su amante, los dos semidesnudos, violando así el espacio íntimo y los principios básicos de la vida privada, como esa de los sueños. Por supuesto que enloquece al saber que tenía un amante desde hace años, un tal Ralph o Rafe, como le dicen por ser español (Antonio Banderas, 1960), a quien Peter decide conocer, enfrentar y, de ser posible, matar en la ciudad de Milán donde él vive y ella fabrica sus zapatos de moda.

Trata de entender cuál fue la razón, si es que existe la razón en el amor y trata de aceptar qué poco la conocía o que poco le dejó ver la vida que llevaba entre sus dos amores sin que la relación se resintiera alguna vez, ni la moral se desplomara, ni sufriera la familia, ni hubiese grietas en la pared, sino que, tal parece, complementó su vida amorosa y sexual, sin detrimento alguno para él o para Abigalil (Romola Garai, 1982), la hija que ya es una joven amorosa, libre e independiente.

Nadie percibió que Lisa tuviese dos amores y viviera en perfecto equilibrio y, nosotros, los espectadores de esta historia, nos sorprendemos la noche que Lisa le hace unos comentarios a su marido como que no vienen a cuento, diciéndole que si algún día se acabara el amor, ella se iría sin llevarse nada, sólo lo que trajera puesto y esta confesión, que no entendemos en el momento, después se acomoda como se acomodan las calabazas cuiando arranca la troca.

Peter es un ejecutivo inglés, experto en software y Rafe, un español elegante, chaparrito pero guapo el condenado, que usa zapatos Gucci y que, más bien, resulta una caja de sorpresas o de Pandora, como ese regalo que nos mandaron los dioses, para desgracia de todos los hombres.

Bien estructurada, con un reparto de primera, disfrutamos de este rompecabezas que finalmente toma forma y nos deja clavada la duda sobre la posibilidad de que una mujer sea feliz y viva sin culpa sus dos amores.