miércoles, 28 de octubre de 2009

La Catrina

El Informador, jueves 29 de octubre, 2009.

(Ilustración: La Catrina de Posadas)
Se acerca el día de muertos cuando la gente va a visitar los cementerios, limpia las tumbas de sus familiares, pone sus zempasúchitles y dejan algo de comida para los difuntos, mientras recuerdan la parte buena de sus muertitos, mientras los niños, que nada saben de la muerte pero que la intuyen, corren de un lado pare el otro entre los pasillos del cementerio, atascados ese día por tantas visitas.

Sólo recuerdo haber estado dos veces: la primera vez, hecho un mar de lágrimas, fue en 1974 en el Panteón de Mezquitán, donde fuimos a enterrar a mi padre, no me acuerdo en qué lugar precisamente, creo que fue donde pudimos conseguir su lugar, al lado de un mezquite en cuyas ramas me sostenía. La segunda vez fue cuando murió mi madre en 1990, ese fue en otro cementerio, uno que estaba a la salida de la carretera de Tequila. Ahora, inhumada, sus cenizas están bien cuidadas.

Nunca más he vuelto como vuelven la familia completa tan campante, año tras año, hasta abarrotar los cementerios y llevar a cabo, de alguna forma ese rito que nos viene desde la prehistoria, como las Coéforas que fueron a libar con Electra sobre el túmulo de Agamenón y que el vino derramado penetrara en la tierra al sediento difunto.

Recordar la muerte y bromear con La Catrina es el juego que jugamos en México, en donde hay pueblos donde esta celebración tiene más sustancia que en las metrópolis, como sabemos que sucede en Pátzcuaro, en donde se ha convertido en toda una atracción turística: los poblados de la ribera de ese lago y sus islotes son, por excelencia, los lugares donde año con año celebran su fiesta de muertos. Aunque los ritos cambian así como la manera como lo celebran, esta se iniciaba el día 31 de octubre con la cacería de patos —ahora los patos están en peligro de extinción dentro de su hábitat lacustre—, luego, preparaban sus platillos que llevaban como ofrenda.

Un día después, se coloca el altar de los angelitos —para los niños muertos— y el día 2 de noviembre se llevan a cabo las celebraciones de los difuntos adultos, mientras los vivos beben a la salud de sus ausentes y, de pasada, liberan la angustia que produce la muerte o la culpa que sienten al recordar a los difuntos que ya han pasado a mejor vida, desapareciendo mágicamente sus defectos para que sólo queden sus buenos recuerdos, sin que nadie quiera recordar cómo los hicieron sufrir en vida, mucho menos, la avaricia o la brutalidad con la que convirtieron la vida en un infierno.

Cada año celebran el día de muertos y no sabemos si los vivos lo celebran para confirmar que efectivamente los difuntos siguen enterrados o para verse en ese espejo por un día y confirmar que así como los vemos, nos verán, como decimos botella en mano, mientras La Catrina nos seduce con su sonrisa desdentada bien pasada la noche.