jueves, 1 de octubre de 2009

Las fiestas de dos vírgenes

El Informador, jueves 1 de octubre, 2009.

De las lunas, la de octubre es más hermosa, como la que saldrá por los cielos el día 12, cuando la virgen de Zapopan —La Generala—, regrese a su Basílica, después de haber paseado por todos los templos de Guadalajara y de haber reposado en la Catedral, unos días antes de hacer este viaje de regreso acompañada por miles de feligreses que cantan, llevan flores y rezan, aunque ya no haya dónde pernoctar.

Con el desempleo como se encuentra a estas alturas del partido, seguramente habrá muchas mujeres como una tal Ana María, que van a pedir para sus maridos como ella lo hizo para el propio: que pronto encuentre trabajo y que todo esté bien para que salga de sus depresiones, como publicó su petición en la red.

Las fiestas de octubre mueven la economía de la ciudad y al mismo tiempo confirma el prestigio y el cariño que le tienen a esa virgen, esa delicada figura que va cargada sobre los hombros y acompañada desde hace siglos.

En Confesiones de Maclovia publiqué la historia de una de las cuatro vírgenes parecida y con el mismo diseño que la de Zapopan, mandadas hacer en Michoacán por fray Antonio de Segovia, en donde una de ellas se venera como la Virgen de la Candelaria, una virgen que Manuel Calixto Cañedo colocó como la patrona en la Hacienda del Cabezón en Ameca, donde había mandado hacer su capilla —que todavía existe—, a Francisco Eduardo Tresguerras (1759-1833).

Había escrito que la Candelaria es una figura de unos treinta y tantos centímetros de altura, fabricada con cañas de maíz no molidas y batidas, sino yuxtapuestas y pegadas con engrudo hecha en tiempos de la conquista, bajo la dirección de ese fraile. La Virgen estaba de pie, pisando una tosca media luna y de cada orla de su túnica, asomaban dos pies calzados; la túnica estaba pintada de rojo y el manto de azul oscuro, fileteado de oro; las manos eran de madera y las tenía juntas en el pecho y los ojos estaban pintados, con unos labios un poco gruesos y cerrados; ella era de un moreno apacigüado por la pátina de los siglos y unos años después, Manuel Calixto decidió protegerla con un vaso de plata en forma del ropaje, adornado con sobrepuestos de finas perlas y turquesas del que sólo dejaba asomar las manos y el óvalo del rostro.

En febrero es cuando se celebran su fiesta en la Hacienda, como ahora lo hacen en octubre con la virgen de Zapopan, cuando podía la gente demostrar su devoción, siguiendo a los hombres que la cargaban en una procesión.

Una de las cuatro imágenes que hubo desde los primeros años de la Colonia en Nueva Galicia, cuando la gente disfrutaba mucho los días de sus fiestas. Había mucha algarabía y se quemaban castillos con unos cohetones que intentaban alcanzar el cielo. Maclovia sólo se acordaba cómo andaba esos días por el huerto de los naranjos, enamorada, coronada por las Pléyades.