miércoles, 21 de octubre de 2009

Los planetas y su mitología en la suite de Holst

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 23 de octubre, 2009.

Marte es el primero de los siete movimientos de la suite Los planetas, opus 32 de Gustav Holst (1874-1934) que este fin de semana interpretará la Orquesta Filarmónica de la UNAM (OFUNAM) en la sala Nezahualcóyotl, bajo la dirección de Alun Francis. Es una obra conocida porque ha sido utilizada como tema musical en esas películas de ciencia ficción donde Holst logró trasmitir, más que otra cosa, la mitología detrás de esos vagabundos celestes.

Holst compuso esta suite orquestal durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918) y con razón, empieza describiendo al dios de la guerra, en una bitonalidad donde se enfrentan brutalmente —como en la guerra los imperios—, varios acordes que no están relacionados entre sí tonalmente hablando.

¡Ah, quien tuviera una musa de fuego para poder ascender al más radiante universo de la invención! ¡Un reino por escenario, príncipes por actores y monarcas que contemplen estas brutales escenas! Entonces, veríamos aparecer al príncipe Hal como es, con su porte de Marte y, atados a sus pies como perros, el hambre, la guerra y el fuego, listos para ser contratados, como señala el Prólogo al subir la cortina de Enrique V de Shakespeare, describiendo a este dios de la guerra con el hambre, la guerra y el fuego, atados a sus pies, como resultan ser la Guerra que vivió Holst a principio del siglo XX.

Pero resulta que Marte es también es el dios de la juventud y de la primavera (marzo en su honor) y que era un dios que guiaba a los sabinos que emigraban para fundar otras ciudades en la bota itálica.

También se le cantaban sus bodas con Venus —como resulta en el segundo movimiento de esta obra—, un matrimonio con la diosa del amor y de la paz, como dice Lucrecio en De Naturaleza: Venus, engendradora del pueblo romano, placer de hombres y dioses: debajo de la bóveda celeste, por donde giran los astros resbalando, has poblado el mar que soporta a las naves, y has fecundado las tierras fructíferas; para que todo animal sea concebido y, a la lumbre del sol, abran sus ojos... prendidos del hechizo de tus gracias diosa, mueren los seres por seguirte a donde quieres conducirlos... con tal que las especies se propaguen.

Mercurio —el Hermes griego— mensajero alado, corre-ve-y-dile del Olimpo, Holst lo coloca en un tercer movimiento bitonal pero, a diferencia del anterior, ahora lo expresa de manera hábil y ligera, como son los mensajeros, de tal manera que nos de la sensación de estar en movimiento continuo aunque se mantenga la misma tonalidad. Como mensajero de Júpiter es cómplice de sus aventuras amorosas, elegantemente vestido con sombrero de ala ancha, unas sandalias aladas y una bolsa, símbolo de las ganancias de los comerciantes a quien protege.

Júpiter —el Zeus de Atenas—, junto con Mercurio, los podemos considerar parte del scherzo o broma —como quiere decir en italiano—, indicando a los músicos cómo debe tocarse ese cuarto movimiento: de manera juguetona, como imaginamos a este dios de los dioses, tratando de escapar siempre de los celos de su mujer, disfrazándose, entre otros, de cisne, con tal de hacer el amor con Leda para que luego de a luz a la bella Helena: ¿Es este el rostro que dio impulso a los mil navíos y puso fuego a las altas torres de Troya? ¡Dulce Helena, dame con un beso la inmortalidad! —como le pedía Fausto en la obra de Marlowe.

Holst gira por el espacio musical y Saturno lo describe con un carácter serio, circunspecto y triste, como se imaginaba que era ese planeta. Para terminar, describe a Neptuno y para eso utiliza un coro femenino lejos, detrás el escenario en una habitación contigua, cuya puerta debe quedar abierta hasta que termine el movimiento hasta que todo quede en silencio, como resulta estar el espacio sideral.