miércoles, 7 de octubre de 2009

¿Quieres que te lo cuente otra vez?

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 9 de octubre, 2009.


(Teatro El Globo en Londres)
Las obras de teatro se escriben para verlas en escena y viéndolas, deberíamos de quedar satisfechos como sucede con las obras superficiales, pero resulta que las buenas obras —como las treinta y siete de Shakespeare (1564-1616)— que tiene citas y metáforas por todos lados, como Macbeth cuando nos dice que:

La vida nos es más que una sombra que pasa
un pobre actor que se pavonea y gesticula
una hora en el escenario
y después no se le oye más;
es un cuento contado por un idiota,
pleno de sonido y furia
que nada significan
.

Obras que deben estar al lado de la Vida es Sueño de Calderón de la Barca (1600-1681) o Semíramis, la hija del aire que vimos hace años y todavía no se nos olvida porque la tenemos a la mano o Las tres hermanas de Chejov (1860-1904) que tanto nos ha conmovido —aterrados— al reconocer ese drama en nuestra casa, con mi madre obsesionada por su Moscú —la ciudad de México— sin poder aceptar el cambio a Guadalajara; o las comedias y enredos del Enfermo imaginario de Moliere o, para empezar por el principio, de las tragedias de Esquilo, Sófocles y Eurípides, el origen del teatro en Occidente.

Bueno, pues son esas y muchas otras más las que nos han llegado al fondo del alma —como el Peer Gynt de Ibsen—, que debemos tenerlas cerca para volver a leerlas con calma y que nos las cuenten otra vez.

Asombrados de la belleza de los parlamentos, soliloquios o monólogos —poemas de primer nivel—, o de las metáforas y sus personajes en medio de la acción, hombres y mujeres que adquieren vida propia, para que volvamos a ellas, a través del libro, cuantas veces queramos y recordar lo que dijeron en aquel momento o para intentar descubrir si Cleopatra traicionó o no a Antonio en la última batalla naval contra César Octavio frente a las costas de la antigua Alejandría o por qué Otelo no pudo darse cuenta a tiempo del manejo —genial— que hace Yago, gracias a que este villano intuye los complejos que alimentan esos celos del Moro, enloquecedores hasta que destruye todo lo que más quiere o, regresar y releer, frase por frase, lo que dice Ivanov —tan necio como nosotros, a veces—, incapacitado de disfrutar la vida que corre como el agua entre su manos o, todavía mejor, con el corazón apachurrado, sólo escuchar los hachazos que están dando los nuevos dueños del Jardín de los cerezos.

Para surtirnos de esos libros de teatro que tanta falta nos hacen, podemos ir este fin de semana a recorrer los estantes de la Feria del Libro de Teatro —entre ellos, los Libros de Godoy o Paso del Gato—, en el Centro Cultural del Bosque, donde, seguramente, vamos a encontrar el libro que andábamos buscando, pero no nos atrevíamos a tenerlo.

Tiene razón Mario Vargas Llosa cuando escribió, después de haber ido a ver en Londres El año del pensamiento mágico con Vanesa Redgrave, la importancia del (buen) teatro como experiencia o como espejo para vernos de cerca: probablemente ninguna otra experiencia artística tenga un efecto tan poderoso sobre el ánimo y la conciencia como una buena representación teatral. Porque éste es el mejor simulacro que existe de la vida, el que más se le parece, pues está hecho de seres de carne y hueso que, por el tiempo que dura esa otra vida que transcurre en el escenario, viven de verdad aquello que hacen y dicen, y lo viven, si tienen el talento y la destreza debidas, de una manera que nos fuerza a nosotros, los espectadores, a vivirlo con ellos, saliendo de nosotros mismos, para ser otros, también mágicamente, que es la mejor manera que se ha inventado para vernos mejor y saber cómo somos. Gracias Vanesa.