La eternidad prometida

Día Siete, número 482. Domingo 15 de noviembre, 2009.

(Uno de los tantos retratos falsos de William Shakespeare). No quieras que admita que hay impedimentos en el amor; el amor no es amor cuando percibe un cambio y cambia o cuando tiende a separarse del que se separa, así empieza el Soneto 116 que habla del amor como una marca inamovible que observa las tormentas y nunca se estremece tal como se publicó en 1609, hace exactamente cuatrocientos años cuando salió a la venta en Londres publicado por Thomas Thorpe (T.T.) como SHAKE-SPEARES SONNETS o los SONETOS DEL SACUDE-ESPADAS, para que ese año se empezaran a vender por el librero William Aspley en esa librería que tenía a un costado de la Catedral de San Pablo.

El editor hace una dedicatoria que es un misterio en donde dice: Al único dueño de los siguientes sonetos, al Sr. W.H., toda felicidad y la eternidad prometida por nuestro inmortal poeta quien, con sinceros deseos, aventura esta publicación. T.T. ¿Quién es el Sr. W.H., a quien el editor dice que es el único dueño de estos sonetos? Nadie lo sabe, solo conjeturas como esa que me atreví a hacer imaginando que se trataba del William Herbert (W.H.), el tercer conde de Pembroke (1580-1630).

Se antoja jugar a que sea ese noble quien responda a la dedicatoria y también el receptor de los primeros diecisiete sonetos escritos para convencerlo —cuando era un joven de diecisiete años— para que se case y tenga un heredero, donde el poeta desarrolla diecisiete ideas diferentes para convencerlo.

William Herbert era el hijo mayor de Mary Sidney, condesa de Pembroke y hermana de Sir Philip Sidney, un héroe, poeta y paradigma de los caballeros del siglo XVI a quien John Aubrey los acusa de haber sido deliciosamente incestuosos en sus Vidas breves: en este lugar tan curioso como es Wilton y el campo que lo rodea, bien podría haber sido el lugar de la Arcadia o del Paraíso, donde Sir Philip se refugió algún tiempo con su hermana Mary, a la que le tenía mucho cariño, tanto, que acostumbraban acostarse juntos.

Pero volviendo a los Sonetos, cuando estos salen a circular Shakespeare estaba en el apogeo de su vida como dramaturgo y era el más popular de todos, además que su compañía de teatro había sido adoptada desde 1604 por el rey Jacobo I.

Cuando empezó a circular sus sonetos, el autor estaba escribiendo unas obras con un nuevo y deslumbrante estilo que cambió la manera de escribir teatro representando así a la vanguardia de esa época y siglo de oro inglés.

El libro tiene los ciento cincuenta y cuatro sonetos, numerados. Varios de ellos medio dulzones y acaramelados como lo criticaron cuando circulaban manuscritos entre sus amigos. Pero también hay otros misterios, como por ejemplo, que nadie se haya atrevido a hacer un solo comentario —ni a favor ni en contra—, cuando salió este libro. Silencio absoluto y nadie se explica por qué no se ha encontrado ni una sola nota al respecto: ¿estarían fuera de moda y ya no les gustaba al público? O a lo mejor, se desconcertaron porque los primeros 126 sonetos tratan sobre el amor y la amistad, no con una mujer —como los sonetos de Petrarca—, sino, con un joven noble. Sólo los últimos 27 sonetos tratan sobre una relación apasionada con una morena aceitunada —la famosa dark lady, una morena veneciana—, con unos sonetos lujuriosos.

En 1623, siete años después de haber fallecido William Shakespeare, se publicaron sus Obras Completas gracias al trabajo que hicieron dos de sus compañeros de teatro, John Heminge y Henry Condell, dos colegas actores que reunieron las obras de su compañero y las publicaron. Gracias a ese esfuerzo tenemos acceso a este tesoro que es la dramaturgia y al catálogo completo de los conflictos de naturaleza humana: ¡Alma del siglo! ... Eres un monumento sin tumba que vivirás mientras exista tu libro y haya inteligencia para leerlo... Pues él (Shakespeare) no es de este siglo, sino de todos los tiempos, como escribió Ben Jonson, su contemporáneo.

Pero estando en vida, se publicaron sus sonetos numerados y agrupados en donde también sobre las diferentes emociones y estados de ánimo de un hombre enamorado y lo hace de tal manera que, cada uno de ellos, brilla como verdadera joya.

El primer grupo de 17 sonetos, como ya lo mencionamos trata de convencer a un joven noble para que se case y tenga descendencia. El segundo grupo, numerados del 18 al 59, confiesa su relación homoerótica con un joven noble a quien por ahí le dice, con admiración Lord of my love o Señor de mis amores y, en otro, nos confiesa que ha visto al sol (sun) más de una hermosa mañana acariciar las cumbres de la montaña con su poderosa luz, besando con su dorado rostro el verdor de las praderas, y en esta poética ambigüedad no sabemos si se trata de la dorada cabellera de su joven amigo o de su hijo Hamnet (son), quien había fallecido en 1596 a la edad de once años.

También habla de la muerte (60 al 99) y pide que cuando muera no lloren por él más de lo que dura el fúnebre clamor de las campanas que anuncian al mundo que ha huido de este vil mundo, para irse a habitar entre los viles gusanos.

Del 100 al 126 nos confiesa que anduvo de parranda, errante como cualquier viajero, pero que ha regresado y, entre todo esto, habla de los celos y la tristeza que se siente cuando el ser amado está ausente o de la soledad y el hartazgo de sentirse rodeado de las miserias cotidianas: viendo a la fuerza mutilada por el poder corrompido... al arte amordazado por las autoridades... y al bien cautivo, sirviendo al mal, el gran Capitán.

También le suplica a su amante que se acuerde de él cuando era joven, si, le pide que contemple aquellas épocas del año cuando las amarillas hojas, pocas o ninguna, cuelgan de las ramas que tiemblan contra el frío, desnudos coros en ruinas, donde una vez los dulces pájaros cantaron.

Y los últimos veintisiete sonetos (127-154), nos cuenta cómo fue su relación —apasionada y, por momentos, lujuriosa— con una morena de ojos negros, negros como los cuervos —supongo que era la italiana Emilia Lanier, neé Bassano—, con unos ojos que no se parecen al Sol, (My mistress’ eyes are nothing like the Sun) —como luego lo cantó Sting—, y nos confiesa que no le importa que la critiquen, pues ella es su vieja y tal como es, quiere mucho a su gordita.

Al final de estas aventuras, sufre al enterarse que su amigo —¿sería el mismo noble?, no lo sabemos—, le baja a la morena. Después de darle de vueltas a ese suceso, acepta compartirla con él en un especie de triángulo amoroso desesperado, confesando tener dos amores. Todo esto y más es lo que celebramos con este modesto homenaje al poeta de esta eternidad prometida en sus versos.