martes, 10 de noviembre de 2009

La gran celebración

El Informador, martes 10 de noviembre, 2009.

Qué difícil es imaginarse la vida en Alemania y en particular en Berlín después de la segunda Guerra Mundial: derrotados, destruidas las principales ciudades, la que era la Capital queda aislada del mundo occidental, enclavada al noreste de lo que ahora sería Alemania Oriental que queda bajo la férula del comunismo, como parte de la rebanada del pastel con la que se quedó la URSS como premio por ser pare del los aliados que derrocaron a Hitler.

En 1945 a su vez Berlín fue dividida en dos —como el bien y el mal (según se vea)—, la oriental bajo el control de la Unión Soviética y la occidental en tres sectores transparentes: el francés, el inglés y, el tercero, el norteamericano.

Para 1961, Walter Ulbricht, el líder de Alemania Oriental mandó construir un muro que aseguraría la división de la ciudad e impediría las fugas hacia occidente. Con esta frontera y sus puestos de control se logró aterrorizar a quien intentara cruzar la barrera impidiendo mortalmente el paso. Imagínese que un día Guadalajara queda dividida en dos con una muro construido por toda la avenida 8 de Julio y Federalismo, dividendo a la ciudad en dos y sin poder pasar de un lado para el otro, ni poder salir del sector occidental más que por avión.

Tardaron más de una década para que las dos alemanias volvieran a establecer relaciones diplomáticas. No fue sino en 1987 cuando Ronald Reagan visitó Berlín y trató de presionar a Mikhail Gorbachov para que derrumbara el muro, pues ya se sabía que dos años antes el ruso había convencido al Comité Central del Partido Comunista que iniciara la Prestroika con las reformas basadas en la reestructuración de la economía de la Unión Soviética en donde se preservaría un sistema socialista pero con un inicial espíritu empresarial y de innovación. Este proceso fue el parteaguas de la democratización de la vida política y trajo como consecuencia el fin de la era Gorbachov, así como, el colapso y la desintegración de la URSS hasta convertirse en lo que es ahora.

En 1989 Hungría abrió su frontera con Austria y miles de orientales se escaparon por esa puerta. Para el 9 de noviembre de ese año, hace veinte años, Helmut Kohl el Primer Ministro de Alemania Federal, Gorbachov de la URSS y George Buch Sr., presidente de los EUA, fueron testigos del fin de la esquizofrenia y la separación de las dos alemanias y, ese día, miles de alemanes orientales llegaron a los puestos fronterizos y exigieran pasar. Los guardias, que ya tenían órdenes de no intervenir, vieron caer varias secciones del muro derribadas a pulso por la gente que, a esas horas, empezaron a cantar, como lo hacen siempre los alemanes, celebrando con bailes, besos y abrazos el fin de esa locura.

Con razón, durante estos días, celebramos ese momento histórico en donde los alemanes orientales experimentarían la libertad de acción y de pensamiento como la que hemos gozado en México por varias generaciones.