La otra historia de la migración

El Informador, jueves 5 de noviembre, 2009.

Juan Carlos Rulfo y Carlos Hagerman nos cuentan en Los que se quedan, el más reciente de sus documentales, lo que sienten y viven las esposas o los hijos de los que se van al otro lado con cualquier pretexto para no enfrentar el mar de calamidades y resolverlo enfrentándolo.

La película tiene varias lecturas, entre ellas, el miedo y el coraje de haber sido abandonadas con argumentos que son socialmente aceptados, pero que, en el fondo resultan ser débiles, por ejemplo, dicen que se van para que sus hijas estudien y puedan ser diferentes, cuando sabemos que estudiar no cuesta y, en todo caso, la mano de obra —de la que los padres creen es obligación de sus hijos— es fácilmente sustituible, así que no, por ahí, no nos convencen sino más bien observamos un brutal machismo que doblega a las mujeres y las convierte en objetos desechables.

La falta de una buena educación y cultura pesa sobre los hombros de ese sector de la sociedad y nos hace pensar en lo que podríamos hacer, aparte de los programas pro-campo, que maquilla las estadísticas de la pobreza extrema sin promover una más vigorosa educación, para que las nuevas generaciones tenga una mejor calidad de vida, como ha sucedido en algunas regiones de España en donde vivían igual o peor de pobres que esta gente en México que ahora es abandonada, sino que hemos visto el cambio —como soñamos suceda en México—, con preparación, crédito y nuevas tecnologías para sembrar en invernaderos algunos productos que dejan una buena utilidad —como son los jitomates o las flores, como lo han hecho en algunos ejidos en Morelos y que ahora venden, supongo que a buen precio, flores para la exportación.

Ya no queremos que los que se queden sigan viviendo como esos personajes del Llano en llamas en donde el tiempo —como escribió Juan Rulfo— es largo... los días comienzan y se acaban y luego viene la noche. Solamente el día y la noche hasta el día de la muerte, que para ellos es una esperanza.

No, ya no queremos que sigan así como estas lecturas que podemos hacer con esta película que a pesar de estar estructurada como documental nos estruja y conmueve hasta la médula y donde logramos tener otra visión de los que se quedan, de esos niños y niñas con sus madres abandonadas y todos paralizados por el miedo, incapaces de ser independientes y autosuficientes, aplastadas por un destino del que hasta ahora parece no pueden zafarse.

Basta saber que cuando vienen sólo dejan el costal del bastimento para los viejos y le plantan otro hijo a sus mujeres y luego, nadie vuelve a saber de ellos, sino al año siguiente, y a veces nunca. Rulfo y Hagerman, gracias a la excelente edición de Valentina Leduc, nos mueven el tapete y nos quedamos pensando cómo con una buena educación las nuevas generaciones podrían romper esa maldición y puedan llegar a ser independientes y libres económica y socialmente hablando.