Las historias de Los que se quedan

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 6 de noviembre, 2009.
Los que se quedan es la más reciente película de Juan Carlos Rulfo estructurada como documental, tal como dirigió El abuelo Cheno y otras historias (1994) o En el hoyo (2006). Ahora la dirección la comparte con Carlos Hagerman para lograr una obra con varias virtudes: una buena fotografía, un buen sonido y una excelente edición hecha por Valentina Leduc que nos permite caminar en espiral para seguirle la pista a la vida de varias familias del centro y sureste de México que nos cuentan cómo es su vida cuando sus maridos o sus hijos se han ido a trabajar o a morir al otro lado.

Conmovedoras escenas nos estrujan el alma cuando expresan su miedo —o su coraje— por ese abandono que resienten como nosotros resentimos el machismo que prevalece en el campo en donde las mujeres se ven forzadas a hacer lo que diga el marido que ordenan sin considerarlas como si fueran un objeto de su propiedad, imposibilitadas para ser libres y autosuficientes.

La visión del machismo enraizado es sólo una de las tantas lecturas y visiones que podemos tener entresacadas de las historias de estas mujeres que se quedan por años solas y sus almas, cargando un mar de dificultades.

Estructurada con una narración espiral vamos caminando en el tiempo y avanzamos con las historias que nos va contando cada una de las familias, por ejemplo, la mujer embarazada que trata de convencer a su marido —obsesivo— que no se vaya al otro lado una vez que haya parido hasta que lo vemos partir; o ese otro que ha regresado y que invierte todo lo que tiene para sembrar pepino y luego lo vemos como mula cargando su cosecha, encantado de la vida; o a los dos viejitos, él con sus manos ajadas sobando un par de ajos, mientras su mujer echa al comal unas deliciosas tortillas y luego nos dice que cuando se sienta a tejer lo hace para poder pensar en sus hijos, hasta que un día los vemos llegar.

Los personajes son tomados de la vida real y nos cuentan lo que significa quedarse de este lado, con ese miedo que a veces las paraliza, mientras que ellos parece que evaden la realidad con tal de no enfrentar el mar de calamidades, ni ver crecer a sus hijas, justificando la huída por ir a trabajar y a ganar dinero o la ilusión de ganarlo y dejar a sus mujeres con miedo, hostigadas por los otros que se quedan, cansadas de cargar solas el peso de lo cotidiano y si vienen dejan el costal del bastimento para los viejos —como escribió Rulfo papá— y le plantan otro hijo en el vientre de sus mujeres, y ya nadie vuelve a saber de ellos sino al año siguiente, y a veces nunca...

No se les ocurre mejorar con tecnología su capacidad agrícola y con desgano mantienen su huerta, viven rodeadas de basura y materiales de construcción abandonados en los patios como si no tuviesen manos para limpiarla y, sin iniciativa, ni ganas de poner las cosas en su lugar, ni de mejorar la calidad de vida viven hacinados.

Rulfo y Hagerman filmaron muchas horas y suponemos que lo hicieron, por lo menos, durante un año, pues vemos el embarazo y la siembra, el parto y la cosecha y con eso, Valentina armó las historias y le dio forma a la tragedia de la separación y la despedida forzosa o la buena nueva de la llegada afortunada de los hijos y la fiesta del pueblo que nos aterra —en otra lectura—, pues sabemos que el alcoholismo y el abuso sexual son dos espinas clavadas y dos problemas álgidos a resolver y, por eso, la fiesta la vemos mientras sufrimos porque no sabemos si al final de esa borrachera van y les arrancan a las flores del campo su belleza y frescura.