¿Los idus de noviembre?

El Informador, martes 17 de noviembre, 2009.
Friends, Romans, countrymen, lend me your ears. I come to bury Caesar, not to praise him... Preparando en estos días el taller sobre Liderazgo político —basado en Julio César de Shakespeare—, me encontré varios paralelismos: unos relacionados con la muerte de Luis Donaldo Colosio en 1994 y otros, con el comportamiento del pueblo que baila como el perro al ritmo del dinero y que toman partido con el que mejor les convenga, tal como sucedía en la antigua Roma y que ahora lo retrata Guillermo Sheridan cuando describe la conducta sindical y sus marchas al Zócalo como lo hace este intelectual con un gran sentido del humor tal vez porque lo ha vivido en carne propia desde su cubículo en la UNAM.

En la Roma de César los líderes del pueblo eran los tribunos de la plebe que habían logrado tener una importante representación política y podían anular las decisiones de los magistrados, permitir que algunos plebeyos no hicieran el servicio militar y que no fueran arrestados por sus deudas. Podían también demandar —a través de los alguaciles— a cualquier ciudadano romano, incluyendo a los cónsules y altos magistrados, impunes mientras ejercían sus cargos, como ahora los diputados y senadores de nuestra República.

El 15 de febrero los romanos celebraban las Lupercalias, una fiesta en grande en donde los hijos de los patricios corrían desnudos por las calles de Roma, golpeando suavemente en las palmas de las manos o el vientre a las mujeres casadas —las matronas— que salían a verlos pasar para conocer qué tan bien equipados estaban y ver si eran tocadas pues con eso, los dioses favorecían su futura fertilidad.

Julio César le pidió a Marco Antonio que durante la carrera le diera una palmadita a Calpurnia, su esposa, antes que terminaran en el Zócalo, donde había convocado a todo el pueblo para disfrutar del espectáculo.

Los tribunos del momento, Flavio y Marulo, eran enemigos de César, quien desde hacía poco había sido nombrado Dictador y ya pretendía tener el poder total, coronándose, si podía como rey. Estaba a sólo un mes de que lo asesinaran en el idus de marzo.

Los tribunos pararon en seco a los artesanos que iban al Zócalo reclamándoles que festejaran a César, el enemigo de su causa, pues qué, ¿ya no se acordaban que había matado a Pompeyo, al mismo general que tantas veces esperaban encaramados en los muros ver pasar por la calle con sus carotas todo para ver desfilar a Pompeyo y, ahora, eran los mismos que se ponen su mejores ropas y le avientan flores a su paso a éste, que vuelve triunfante sobre la sangre de Pompeyo?

Los artesanos, temerosos de sus líderes, se fueron corriendo por todas partes, mientras los tribunos destruían a su paso los carteles y bustos de César que habían colocado hasta el Capitolio como si ya fuera el rey de Roma. Después serían ahorcados en la plaza pública.

—¡Ten cuidado de los idus de marzo! —le gritó a César un adivino y Casio, el conspirador, le dijo que no se preocupara, pues lo decía uno de esos adivinos con cara de soñadores a los que no había que hacerles caso para nada.