Tiraderos clandestinos

El Informador, martes 2 de noviembre, 2009.


Se calcula que existen más de seis mil tiraderos clandestinos entre los lotes baldíos que hay entre las áreas de cultivo en la sierra de Guadalupe al norte de la ciudad de México. La mano del hombre provoca que las barrancas, las montañas, las plantas y los animales que habitan en el planeta cada vez sean más vulnerables de lo que nos imaginábamos en el siglo pasado, cuando la revolución industrial se había consolidado.

Pero al mismo tiempo, en este siglo XXI hay un movimiento internacional que propone un nuevo diseño para los productos que consumimos para que, una vez agotado su ciclo, se puedan reintegrar en un especie de ciclo virtuoso que inicia en la cuna y regresa a la misma cuna, es decir, que los productores diseñan sus productos de tal manera que la mayoría de sus partes se podrían desarmar —como lo diseñaron originalmente— y, de esta manera, se podrían volver a integrar en las nuevas cadenas de producción.

De esta manera evitamos que vayan a parar a los tiraderos o a las barrancas —como si fuera su tumba—, en donde cada día se acumulan millones de toneladas de muebles viejos, telas, recubrimientos, televisiones, computadoras, zapatos, teléfonos, plásticos, papel, madera, pañales y algo de comida.

Por ejemplo, las alfombras, los celulares o las computadoras deberían diseñarse para que se puedan reintegrar a la fábrica —en una sección especial de deconstrucción— que, sin agregarles más contaminantes, puedan entrar a la nueva cadena productiva.

Pero todavía la industria opera con esos viejos modelos que se desarrollaron cuando se tenía otra visión del mundo y, por eso, su manufactura es lineal, es decir, que va de la fabrica al comprador lo más pronto y económicamente posible, sin considerar alguna otra cosa.

Las consecuencias son devastadoras como las que ahora enfrentamos, pues estos productos han sido transformados a un costo tal que, en un tiempo dado van a dar a los tiraderos clandestinos o no, sin que se puedan reintegrar al nuevo al ciclo productivo tal cual.

Dicen que somos consumidores pero, en realidad, lo que consumimos es más bien poco: algo de comida y algunos litros de líquidos, el resto son como los Kleenex: los usamos sólo para tirarlos, pues más del 90% de lo que usamos van a dar a la basura.

Aquellos productos que tienen una obsolescencia programada —coches, computadoras o TV’s— está implícito el hecho de que adquiramos el más reciente modelo lo más pronto posible, pero que bien estaría que el modelo anterior se pudiera reintegrar a ese sistema circular virtuoso.

Creamos productos sin importar las condiciones en las que se usan y sin considerar sus efectos una vez que se desechan y así, por ejemplo, los fabricantes de detergentes no consideran ni el tipo de agua en donde se va a consumir, ni mucho menos los efectos cuando se desechan contaminando el agua de los ríos como si la naturaleza fuese un enemigo a vencer, en lugar de que sea un amigo a ganar.