miércoles, 9 de diciembre de 2009

Adoptar una banqueta

El Informador, jueves 10 de diciembre, 2009.


(Puente del Milenio en Londres, diseñado por Calatrava. Puede ser una exageración, pero como soñar no cuesta nada, algo a escala, tal vez para el paso peatonal en Mariano Escobedo en Guadalajara)

Desde el domingo pasado que regresé a la ciudad de México, estoy impresionado de haber visto el caos vial y la suciedad en la cuidad de Guadalajara, como el que hemos vivido en la capital y que no es otra cosa que el origen de una decadencia urbana.

Aquella ciudad limpia por excelencia, donde los barrenderos salían al amanecer y empezaban a barrer desde la Calzada Independencia con sus escobas de popotillo hasta pasar por el frente a mi casa en López Cotilla 993, a media cuadra de Tolsá, eran como unos despertadores. Me asomaba a verlos como si estuvieran bailando antes que salieran las muchachas con sus baldes de agua a regar la acera y pulir las banquetas.

Una semana estuve hospedado en el Hotel Fiesta Inn de Mariano Otero, a una cuadra larga de la FIL. Desde ahí nos íbamos caminando una y otra vez en medio de un tráfico endemoniado —como si fuera la primera llamada, primera—, y la impaciencia de los conductores que pitaban todo el tiempo, como lo hacíamos en el D.F. hace años, hasta que aprendimos a guardar silencio mientras, impotentes, sufrimos la hora o la hora y media para trasladarnos.

Ese recorrido lo hacíamos por una banqueta desastrosa: primero, por un lote baldío, donde tal vez había sido un taller mecánico y que ahora está abandonado con dos perros —los ví y me gruñeron— tipo Doberman, amarrados con unas largas sogas mostrando sus dientes a los que pasábamos quitados de la pena.

Por completo descuidada, la vimos toda la semana con mucha basura en su orilla, con hojas, bolsas de plástico, periódicos, entre otras inmundicias, sin que nadie hiciera nada, sin inmutarse los del lote baldío y los de un estacionamiento habilitado —gratis— que era un terreno enorme de tierra, cuya polvadera pululaba por el día otoñal.

Ni el Hotel Fiesta Inn —a los que tratamos de llamar la atención—, ni los del hotel Ibys o algo parecido, ni la fábrica de Chocolate Ibarra de esa cuadra —¡ah!, qué delicia el olor que se respira cuando pasamos por ahí—, nadie, mucho menos el Alcalde o el de la basura de la ciudad hizo algo mientras pasábamos por ahí cientos todos los días.

Y yo, soñando que fuera un buen paseo, como el de las ramblas en Barcelona y que la esquina de Mariano Otero y la FIL, donde los coches y los peatones se mientan todo, construyeran un paso peatonal que debió de existir hace años —diseñado por Calatrava, ancho y bello, que nos llevara felices y sin amenazas a la fiesta de la cultura.

¿Cultura? —me dije—, cultura es esa que hace que una ciudad cuide sus calles, corten y rieguen el pasto crecido a lo salvaje o mejor, que entre las tres o cuatro empresas de esa cuadra adopten la banqueta y le paguen a un jardinero-barrendero y que, la larga banqueta le pongan su alumbrado porque de noche parece una boca de lobo.