Delimitar la realidad de la ficción

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 18 de diciembre y
El Informador, jueves 17 de diciembre, 2009.

(Ilustración: Ana Nebtrenko en el papel de Antonia) ¿Cuántas veces sucede que en la vida pública no sabemos delimitar la realidad de la ficción? El arte nos ayuda a veces a lograrlo, por lo menos si vemos la ópera que Offenbach no pudo terminar y que su familia se encargó de concluir como Los cuentos de Hoffman que este sábado a las 12:00 horas podrán ver en vivo y en directo desde el MET de Nueva York en el Auditorio Nacional y en el Teatro Diana de Guadalajara. La obra está basada en la vida de Hoffmann (1776-1822), un prusiano quien fuera escritor, jurista, pintor, cantante (tenor) y compositor y, sin duda, uno de los representantes del movimiento romántico alemán quien, al final de su vida, alucinaba sus historias, incapaz de delimitar la ficción de la realidad, ni el horror de lo sobrenatural, embarrando sus narraciones de ese realismo psicológico efectivo, como lo usaron después Poe y Gautier.

Como muestra, este fragmento del libreto cuando Hoffman les cuenta y canta a sus cuates de la cantina, la vida del enano Kleinzach (Klein, pequeño; Zach, su nombre), en donde narra que...

—Había una vez en la corte de Eisenbach un pequeño engendro llamado Kleinzach que llevaba su gorro en la cabeza y sus piernas hacían ¡clic, clac!, ¡clic, clac! ¡Ahí está, ahí está Kleinzach! ... son una joroba en lugar de estómago...

—¿En lugar de estómago? —le preguntaron.

—¡En lugar de estómago! Sus pies parecían ramas que salían de un saco y su nariz estaba negra por el tabaco y su cabeza hacía ¡cric, crac!, ¡cric, crac! Los rasgos de su cara... ¡Ah!, su cara encantadora... La veo, bella como aquel día que corrí tras ella y abandoné como loco mi casa fugándome a través de los pequeños valles y bosques... Sus cabellos trenzados y oscuros lanzaban sombras sobre su cuello elegante. Sus ojos azulados, vagaban alrededor de ella una mirada fresca y pura y, así, como nuestro cuerpo lleva sin mayores sacudidas a nuestro corazón y carga con nuestros amores, su voz, vibrante y dulce, lanzaba a los cielos su canto vencedor, cuyo eterno eco resuena todavía en mi corazón.

—¿De quién estás hablando? ¿De Kleinzach? —le preguntaron.

—¿Kleinzach?... No... hablo de ella.

—¿De quién?

—(Y como si estuviera despertando de un sueño)
¡No, no, de nadie, de nadie! ¡Mi espíritu se turba... nada!

Y de pronto, sale corriendo tras “ella”...

En la obra hay tres cuentos que nos narra Hoffman en esta ópera donde el protagonista es él mismo en la voz de Joseph Calleja: tres cuentos que tratan sobre sus tres últimos amores y que pueden ser la misma, pero en tres cuerpos diferentes: la muñeca Olimpia (Kathleen Kim), que canta y baila como si tuviera cuerda —vamos a ver la versión de Bartlett Sher, pues la escena puede ser divertida o aterradora, porque Hoffman la observa bailar con unos lentes mágicos y cree que una de sus mujeres.

Luego, se trata de Antonia (Anna Nebtrenko) que llega recordando cómo fue que su madre había muerto del corazón y que a ella también le puede pasar igual. Por eso, llega la musa de Hoffman, en este caso disfrazada del amigo Nicklausse, para tratar de salvarla y alejarla del canto.

En el tercer acto, nos canta la cortesana Giullietta (Ekaterina Gubaniova), la famosa Barcarola, la canción que va al ritmo de la góndola veneciana y, mientras la escuchamos, suceden varios asuntos imprevistos como un duelo a muerte y un juego —aterrador— con el Dopplegänger, el otro yo, el hombre lobo, el lado oscuro del hombre o, en este caso, de la mujer.

Una obra al estilo de Offebach con claroscuros que camina al filo de la realidad y la ficción, sin saber, en un momento dado, de que lado vamos, como nos pasa cuando andamos pensando en otras cosas.