domingo, 6 de diciembre de 2009

The Malthouse o la casa de la fantasía

Día Siete, No. 485, domingo 6 de diciembre, 2009.


Cuando cruzamos el Atlántico gastamos la pólvora en infiernitos como si ese fuera el precio que se paga para poder llegar, en este caso a Inglaterra, sin saber, bien a bien, si es una realidad o es un sueño como otros que hemos tenido. Al amanecer nos despabilamos poco antes que el avión aterrice en el aeropuerto de Gatwick, al sur de Londres, más cerca de mi destino: The Malt House en West Sussex, la casa de campo de la familia Olivier donde participaríamos en un curso sobre el cambio y las transformación basado en La tempestad de William Shakespeare.

El curso lo dirige Richard Olivier (1962-), el hijo mayor de Sir Laurence (1907-1989) y Joan Plowright (1929-), su segunda esposa, y se lleva a cabo en esa casa de campo donde Sir Laurence se retiró para vivir durante últimos diez años de su vida, hasta el 11 de julio de 1989 cuando falleció.

El cambio de horario se resiente la noche del primer día, pero desde la llegada es la emoción la que produce un exceso de adrenalina que contrarresta los efectos del jetlag, alterando el ritmo del corazón para que esté lo mejor que se pueda en medio de ese sueño convertido en realidad.

En marzo del 2006 había leído en el Time Magazine el artículo de J. Farouky sobre «Shakespeare», donde explicaba que Richard Olivier estaba «ayudando a los ejecutivos para que pudieran hacer mejor su trabajo, aplicando las lecciones que hay en algunas obras de Shakespeare».

Desde entonces tomé nota y he estado trabajando alrededor de estas ideas tratando de hacer algo parecido en México. Desde entonces quise tomar uno de estos cursos, sin saber quue eran en la casa de campo de los Olivier.

Cuando la gente oye hablar de Enrique V —explica Richard Olivier—, lo asocian con ese rey medieval que a principios del siglo XV conquistó Francia, sí, está bien, pero yo lo asocio más bien con las decisiones que tienen que tomar los ejecutivos para transformarse o fusionarse o cuando salen a conquistar los mercados del extranjero.

Después de quince años como director de teatro, Richard Olivier se dio cuenta que había una temática paralela entre esas obras de teatro y la vida diaria de los ejecutivos en sus empresas. Ahora es director de Olivier Mythodrama y, en esa empresa ha logrado integrar la temática de Shakespeare a la vida de los ejecutivos, para entender, desde esta novedosa óptica lo que puede estar tras-bambalinas mientras logran sus objetivos: una de las ideas es que todos los buenos ejecutivos tienen que ser también buenos actores —dice Olivier— y, resulta que en algunas de las obras de Shakespeare encontramos varios personajes que son como ellos, líderes que han enfrentado situaciones difíciles y por eso, podemos usarlos como ejemplos que nos permiten reflexionar sobre la problemática del liderazgo y ojala, poder enfrentar los problemas de una mejor manera.

Llegamos en la madrugada al Hotel Nash, en medio del campo de West Sussex, para desempacar y poder darme un regaderazo y antes de iniciar el curso en The Malt House, tomar un buen café en el desayuno.

Todo esto —el hotel y The Malt House— está más o menos a una milla de Ashurst por la carretera A24 hasta pasar Horsham para luego cruzar y tomar la A272 y a la izquierda, irse rumbo a West Ginstead y pasar Ashurst en el letrero que dice «New Wharf» —donde venden maquinaria agrícola—, ahí, me habían dicho, había que dar vuelta a la izquierda y, en la siguiente encrucijada. —pensé en Edipo—, había que dar otra la vuelta y seguir una milla de más. Por fin llegamos al Hotel Nash que es como sacado de un cuento: la fachada es blanca, blanca, con su jardín al frente con un leve recuerdo a las piedras de Stonehenge del neolítico y una huerta donde cultivan sus hierbas de olores, cerca de la granja donde están gallinas que ponen sus huevos para el desayuno, en medio del campo verde por la lluvia y, de vez en cuando, unos árboles pelones o uno que otro sauce llorón —el famoso Willow al que se refiere Desdémona cuando canta antes de dormir y morir.

El Hotel tiene seis cuartos, es decir, doce personas máximo: aquí me quedaría el resto de mi vida —pensé mientras me asomaba por la ventana a ver el jardín. La lluvia había pasado y en el comedor me esperaba un jugo de naranja recién hecho, café de primera recién molido y un par de huevos puestos esa misma mañana y ahora fritos con un pedazo de tocino albeando. ¡Qué más podía uno pedir! ¡God save the Queen!, le dije a mi anfitriona antes de respirar hondo con una buena bocanada de aire puro.

Me sentía como nuevo. A las 8:45 pasaron nos llevaron a The Malt House, a menos de cinco minutos del hotel, por un camino angosto, cruzando el valle —verde por donde lo viéramos—, moteado por las blancas ovejas lanudas que andaban por ahí pastando, quitadas de la pena.

Llegamos y vimos el letrero de «The Malt House». Desde ahí no se veía la casa que estaba tapada por los árboles. Entramos caminando por la brecha que nos lleva directo al «cottage», a la vieja casa de campo, a la que le han añadido otros cuerpos. La vieja casa es una cabaña con un techo de vigas bajo, en donde se encuentra la sala, el comedor y la cocina y, en un segundo piso, el cuarto principal y la biblioteca, que no es más que un enorme salón con su piano de cola, una vista al campo y unos cuantos libros, todo decorado al estilo shabby-chic, como le dicen a lo que es viejo, elegante y cómodo.

Sobre el muro de la escalera que sube a esa biblioteca, hay algunos recuerdos de Sir Laurence: el diploma de uno de los oscares que ganó como el mejor actor —como en Hamlet en 1948—, y el de la Society of Film & Television Arts o la portada del Metro Monday o cuando hizo Otelo, el moro de Venencia y que, en otra ocasión, fueron a verlo sus hijos Richard y Juliet Kate, allá en los años setenta y —como nos contaba Richard— después de la obra fuimos a su vestidor y vimos cuando se despintaba y se quitaba el tizne. Cuando salimos y mi hermana vio a un niño de color que iba en su carriola, se le acercó y con su dedo trataba de despintarlo como había visto que lo hacía mi padre —contaba Richard sin dejar de sonreír.

Hay una sección de la casa más moderna en donde está lo que podría ser el desayunador con vista a las Tres Gracias, una escultura que puso el viejo Laurence en la terraza donde salimos a comer en el verano, en el jardín que está sembrado de Narcisos (Daffodils) que en el invierno pinta ese espacio con su fuerte color amarillo.

Era la casa de campo donde pasaban el verano los hijos de sir Laurence y luego, sus nietos. Para que se divirtieran les mandó hacer una alberca tapada para que nadaran por la mañana, salieran a correr por el campo en la tarde y por la noche, antes de dormir, se reunieran en la biblioteca o en su cuarto de dormir para que sus padres les contaran esas viejas historias o que les leyera un capítulo más de La Isla del Tesoro, del escocés Robert Louis Stevenson, tal como lo sabía hacer el viejo Olivier.

Joan Plowright (1929-) es la madre de Richard y de Juliet Kate y es una gran actriz que sigue recibiendo premios y reconocimientos como en 1958 cuando fue nominada en los «Premios Tony» por su actuación en El animador, misma que luego protagonizó para el cine con Laurence Olivier, tal vez cuando lo conoció por primera vez en 1960. Un año después actuaría junto con Vivian Leigh —entonces esposa de Laurence—, para hacer Rhinocero de Orson Wells. Al año siguiente los dos se divorciaron por su cuenta y riesgo para irse a vivir juntos por el resto de su vida.

En 1962 nació Richard y respuesta del parto, Joan volvió al escenario para actuar en Saint Joan como Juana de Arco; luego, como Sonya en el Tío Vanya de Chéjov, en el papel de una mujer enamorada, con un marido anciano que le dificultaba realizar sus sueños alimentados, paradójicamente hablando, por esa misma restricción. En 1966 nace Juliet Kate y, después del parto, volver a actuar en Mucho ruido y pocas nueces de Shakespeare, en el mismo papel que hacía Maggie Smith y que era el de Beatriz, una de las grandes mujeres shakespearianas con mucho ingenio y un carácter fuerte, pero que, al final, acepta casarse con Benedick, que había sido su amante.

La casa está rodeada por el campo de West Sussex, plano, verde y plácido como los jardines en Inglaterra. Todos los árboles que hay en The Malt House los plantó mi padre —nos dijo Richard— y lo hizo desde que decidió venirse a vivir aquí. Sí, entonces tenía 72 años de edad y tal vez se había dado cuenta cómo poco a poco había ido perdiendo alguna de sus facultades y por eso ahora aceptaba actuar en el cine o en TV donde la actuación estuviese fragmentada, tal como lo siguió haciendo hasta un año antes de morir, actuando como un viejo soldado en Réquiem de guerra (1988) o en las mini series de Lost Empires (como Harry Burrard) o Pedro el Grande (como Guillermo III de Orange) o Los últimos día de Pompeya (como Cayo Lucio) o La torre de ébano en 1984, como Henry Breasley y, para la TV, no podía faltar, como Rey Lear en 1983 en una puesta y actuaci{on de maravilla que está disponible en DVD.

Durante dos días estuve en esa casa de campo disfrutando sólo de saber que ahí había vivido Sir Laurence y cuando salíamos a descansar o a contarnos, como proponía Richard, «una historia contundente» —a compelling story—, lo hacíamos mientras caminábamos por esa vereda que está resguardada por un león de cantera o si nos íbamos detrás del jardín, viendo las espaldas desnudas de las Tres Gracias, me imaginaba a Sir Laurence tomando su té de las cinco de la tarde repitiendo alguno de los parlamentos, como el que había declamado su hijo en el papel de Próspero:

Si tú —como le decía a Ariel, el espíritu del cambio— que no eres sino aire, tienes emociones y sensaciones de dolor, ¿cómo crees que no voy a conmoverme yo que soy humano y siento con fuerza las pasiones?… Yo, aquí, ahora, abjuro de mi magia negra. Y cuando haya requerido la música del cielo —como lo hago ahora— para que obren sobre mis sentidos sólo el benéfico hechizo, romperé mi vara para sepultarla en la tierra, bien profunda; y a mucha más profundidad de la que pueda alcanzar alguna sonda, sumergiré mi libro.

Aprovechaba durante la comida que se hablaba de otras cosas para preguntarle a Richard cómo era su vida en The Malt House: era la casa de campo donde pasaban los veranos en su infancia y luego, también la de sus hijos, los nietos del viejo Olivier —hasta que decidieron quedarse en Londres al reventón. Era la casa de verano, su padre cuidaba del jardín y de los árboles y de repente se iba a caminar por la orilla del canal hasta Steyning, si es que le daban las piernas y luego se regresaba en taxi para tomarse su té caliente, antes de irse a la biblioteca a leer o a dormir una siesta.

Por ahí estaba la misma cocinera de Sir Laurence apurada, preparando lo que nos daría de cenar esa noche, cena que ella había preparado en la casa y aunque no era algo fuera de este mundo, estuvo deliciosa en compañía de Richard y sus asistentes, la actriz Phyllida Hancock y Tim Cox, con los que platicábamos del Próspero-Richard que nos contaba una que otra de las anécdotas de su vida en The Malt House con sus padres.

No era un templo, sino una casa de campo —que cada quien vivió a su manera— donde estuvimos aprendiendo la vida de Próspero después de la tempestad que organizó con tal que se llevara a cabo el cambio y la transformación necesaria para una mejor vida.

La casa de campo entra en el mundo de la fantasía mientras uno está inmerso en medio de La tempestad para llegar a pensar, al final de la estancia, lo mismo que Próspero: y de aquí regreso a Nápoles, donde espero ver la boda de nuestros enamorados con toda solemnidad. Después, me retiraré a Milán y allí consagraré, uno de cada tres pensamientos a mi tumba.

Algo había cambiado desde que salí de México hacia Inglaterra, escala en Londres, en busca de Shakespeare y muchas cosas cambiaron después de haber vivido una muy privada transformación y de estar dispuesto a hacerlo para el bien de los que me rodean.

Antes de despedirnos, me venía a la cabeza lo que había dicho Próspero cuando se despedía de su público: el poder de mi magia llega a su fin y sólo me quedan mis fuerzas un poco cansadas. Es cierto, podrían confinarme aquí o enviarme a Nápoles. Pero si ya recuperé mi ducado y he perdonado a los traidores, no me dejen aquí; no me vayan a abandonar en esta isla desolada, cautivo de su hechizo. Líbrenme de mis ataduras con sus manos, y cuando dijo esto, le aplaudimos con ganas, para librarlo de su cautiverio, antes de tomar el tren en Steyning, salir de The Malthouse y llegar a Londres a recorrelo por el rumbo de Southwark donde está El Globo.