miércoles, 30 de diciembre de 2009

Rescatar joyas de la arquitectura

El Informador, jueves 31 de diciembre, 2009.

(Mi Pullman, casi terminada la obra en 1906 con mi agbuela Maclovia y una amiga a la entrada). Rescatar las obras de arte arquitectónicas debería ser parte de nuestra educación y de ese respeto que deberíamos tener por todo aquello que forma parte de nuestra acervo resultado de la creación de hombres y mujeres que, en su momento, aportaron sus joyas a la sociedad. Nada más deprimente que ver la manera en que se destruye el acervo artístico por falta de iniciativa, de cultura o, en el fondo, de educación. Sin duda, Jalisco es un Estado que tiene verdaderas joyas de arquitectura y la lista de los hombres que participaron tanto en el siglo XIX como en el XX va creciendo, en algo que le llaman la escuela de arquitectura tapatía, con grandes estrellas, como es el arquitecto Luis Barragán (1902-1988) entre otros no tan grandes, como Guillermo de Alba (1875-1935) quien aportó, con cierta modestia, dos que tres obras que forman parte de ese acervo y que, sin duda, fue uno de los promotores para que Chapala dejara de ser un pueblo de pescadores y se convirtiera en toda una villa.

Hace una década, gracias al empuje de las que forman parte de la organización civil llamada Adopte una obra de arte, lucharon a capa y espada —soy testigo— hasta que lograron financiar la restauración de la Estación de Ferrocarril de Chapala diseñada por el arquitecto de Alba en 1920, hasta dejarla en el 2005 mejor que cuando la inauguraron.

Pero, una obra menor, como es la casa del arquitecto en Chapala, bautizada como Mi Pullman, había quedado abandonada sin que nadie —entre ellos un servidor— que tuviera recursos, como los hay en Jalisco, pudiera interesarse en rescatarla y volviera a darle su valor arquitectónico que es parte de nuestro tesoro. Por fortuna, hace un año fue una inglesa llamada Rosalinda, un especie de ángel de la guardia del arquitecto de Alba, la que bajó del cielo de Inglaterra y se dedicó —con tesón y constancia— hacer todo lo necesario para comprarla y luego restaurarla. Entre otras cosas, me explicaba, en Inglaterra estamos acostumbrados a respetar las obras de arte que valen la pena mantener en buen estado.

La semana pasada estuve por esos rumbos y tuve la oportunidad de conocer la casa donde Maclovia, mi abuela, organizaba sus cenas de Navidad o donde los dos —antes de separarse—, celebraban la inauguración de la Villa Niza (1905) —bien conservada por Patricia Urzúa— o la Estación de Ferrocarriles en 1920 o el Club de Yates de madera sobre el muelle (1910) o, simplemente, la vida misma.

Qué gusto me dio saber que este ángel se haya hecho cargo de Mi Pullman, alguien que, con cariño y respeto, hiciera lo que otras gentes no pudieron hacer con esta modesta joya de Chapala, como deberían hacerlo con la casa de Luis Barragán —Premio Pritzker 1980—, ahora en manos de un salvaje que la ha convertido en un bar-restaurante decadente descuidándola tanto que duele ver esta joya de la arquitectura de Jalisco de esa manera. ¡No se vale!