miércoles, 9 de diciembre de 2009

Viaje a Pompeya y una villa romana

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 11 de diciembre, 2009.


(Una villa de la antigua Pompeya) Adelantando las vacaciones, me da la impresión de haber estado en Pompeya para conocer cómo era su vida gracias a la National Gallery of Art de Washington y a Los Angeles County Museum of Art que seleccionaron varias piezas rescatadas de esa trágica ciudad, para bien mostrarlas ahora en el Museo Nacional de Antropología: esculturas, copias fieles de las griegas; pinturas, frescos y objetos de arte para disfrutar y darnos cuenta del estilo de vida y tal parece de los beneficios de su clima que se antoja compararlo —toda proporción guardada— con Cuernavaca o con la ribera de Chapala.

Vivían rodeados de objetos de arte, un gusto exquisito y una vista a la bahía de Nápoles que hay que imaginar. Seguro era una belleza pues varios de los emperadores romanos y políticos de la antigua Roma, entre ellos Cicerón, se mandaron hacer sus casas sobre la ribera, con sus jardines exteriores o, si no, dentro de sus casas pintaban unos frescos con jardines bellísimos y pavos reales, como también decoraban sus cuartos de estar con varias pinturas eróticas —llenas de vida—, y unas esculturas que recordaban la mitología griega: ellos le llamaban Venus en lugar de Afrodita o Narciso en lugar de Dionisio.

Carpe diem quam minimum credula postero, es decir, aprovecha el día y no confíes en el mañana, como lo proponía Horacio en uno de sus poemas y que, tal vez, tiene que ver con la historia de esa región sacudida por un temblor en el año 72 de nuestra era y luego, siete años después, el 24 de agosto del 79, los habitante de Pompeya y sus alrededores ojala hubiesen disfrutado el día bañándose o haciendo el amor, pues ese día les amaneció temblando y con una lluvia tremenda de cenizas y piedra pómez que sepultó a la ciudad bajo un espeso manto. En unas horas murieron todos sin que nadie pudiera hacer nada por detener las espantosas sacudidas telúricas y un mar enfurecido. Los que no se habían asfixiado en el interior de su casa, encontraron la muerte en el mar, como Plinio el Viejo.

Pero el viaje que hice es luminoso y estas escenas las dejamos a un lado porque, en verdad, hay que imaginar cómo vivían en Pompeya antes de ese día y confirmar que sí lo aprovechaban como proponía el poeta: los jardines tenían unos pavos reales traídos de Egipto y mandaban hacer unas pequeñas esculturas que recordaban que todos somos una sombra que camina, actores que nos subimos al escenario una hora... También los decoraban con sus musas o las máscaras de la tragedia, de la comedia y de la sátira.

Casas con patios y jardines bien diseñados con vista al mar y una vegetación que cuidaban, unas fuentes de agua que goteaban y permitían a las alondras bañarse en el mediodía caluroso y al ruiseñor que cantara al atardecer como lo hacen ahora los napolitanos.

Por ahí, bajo la sombra de sus árboles frondosos caminaban antes de cenar, como en la Casa del brazalete de oro, con un comedor decorado con un fresco realista de un jardín y unos mascarones flotantes en el terso azul del fondo o con la imagen del salto feroz del león para que estuviéramos siempre alertas.

La casa del Cicerón estaba decorada con todo lo que ustedes se puedan imaginar: centauros cargando a sus ninfas o murales hechos de cerámica del samnita Dioscórides con los músicos y siempre con sus máscaras, como las que había en la casa de los Querubines dorados o con un pequeño Narciso en bronce al centro de la terraza y por ahí una portentosa y bella Venus, la Afrodita griega, una diosa que está a la entrada de Museo o la del Cónsul, después de haber usado las túnica blanca o cándida, mientras recorría la ciudad mostrando sus heridas para conseguir algunos votos. Sin duda, un viaje fascinante a Pompeya desde las orillas del Paseo de la Reforma.