jueves, 30 de diciembre de 2010

¿Qué tan rápido pasa el tiempo?

El Informador, Tertulia, sábado 1 de enero, 2011.


Esta es una buena pregunta que nos podemos hacer justo cuando éste sábado de tertulia inicia la segunda década del XXI, cuando nos podemos detener por un momento para voltear por el espejo retrovisor para darnos cuenta que algunos medimos la vida en décadas pues parece que todo ha pasado hace una o más de ellas, en cambio, para los jóvenes, todo va a paso lento, por eso, habría qué tan rápido pasa el tiempo.

En algunas obras de teatro o de cine podemos ver, como en un espejo que mientras dura la función puede pasar el tiempo y así podemos viendo a varias generaciones en la pantalla o en la escena o la explicación justa e ingeniosa como la que hace Rosalinda —disfrazada de hombre— a Orlando, su galán, en Como les guste de Shakespeare, ese día que han quedado de verse en un par de horas y para ella, sin decirlo, se le hace una eternidad, por eso le explica cómo es que pasa el tiempo según sus circunstancias:

«Te voy a contar, si quieres saberlo —le dijo Rosalinda—, con quien trota el tiempo y con quien va a trote duro; así como, con quien va a galope y con quien parece que se queda parado. El tiempo va a trote duro entre el día que la novia se compromete y el día de su boda. Sí, señor, en ese ínterin las novias piensan que puede durar una semana, cuando el paso del tiempo, es decir el trote, es duro, porque parece que en lugar de los siete días, faltan siete largos años.

»Luego, el tiempo sabemos que va a paso normal con el cura que no sabe latín o con el rico que no sufre de gota: con el primero, porque duerme como lirón y no tiene que estudiar y, con el segundo, porque vive feliz sin sufrir esos terribles dolores: uno está exento de la carga mezquina de la pesada ciencia y el otro, porque no conoce el pesar que produce ese dolor.

»¡Ah!, pero el tiempo galopa con el ladrón que ha sido condenado a la ahorca, pues no le importa si camina despacio cuando va rumbo al cadalso y sólo va pensando que, de todas maneras, cuando llegue, será demasiado pronto. ¿Con quién se queda parado el tiempo? Tal parece que se detiene con los abogados cuando se supone que están de vacaciones, porque, como bien sabemos, se duermen entre juicio y juicio y así no se dan cuenta de cómo pasa el tiempo.»

A estas alturas de la vida creemos que va a galope tendido y no hay ni de donde agarrarse. Pero así es esto del Tiempo, ¿no creen?

miércoles, 29 de diciembre de 2010

El teatro, el mejor simulacro que existe

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 31 de diciembre, 2010.


A lo mejor son mis nervios o el gusto que le he tomado al teatro que me hace verlo, a estas alturas de la vida, de una manera diferente, sobre todo, desde que empecé a girar a su alrededor hace una década; hace poco, por estar cerca del discurso del maestro José Luis Ibáñez y poco después de haber leído lo que escribió Vargas Llosa a propósito de El año del pensamiento mágico obra que vio en Londres con Vanessa Redgrave y que resumió diciendo que ninguna otra experiencia artística tiene un efecto tan poderoso sobre el ánimo y la conciencia del ser humano como una buena obra de teatro. Porque éste es el mejor simulacro que existe de la vida, el que se le parece más a nosotros... pues viven de verdad aquello que hacen y dicen, y lo viven si tienen el talento y la destreza debidas, de una manera tal que nos fuerza a vivirlo con ellos, saliendo de nosotros mismos, para ser otros, también mágicamente.

Tengo la impresión de que el buen teatro en México es escaso pero está presente en la ciudad de México como fue la reposición de Mambo de Oz, con Rodrigo Johnson como su director, un artista que tiene la capacidad de siempre enfrentarnos a lo inesperado, como podrá ser la versión de Hamlet que prepara con actores improvisados que habitan los barrios perdidos de León y que, seguramente será algo sorpresivo.

Eurídice que fue una de las joyas de este año, una obra con una gran calidad escénica dirigida por Otto Minera, en la nueva versión del mito de Orfeo y Eurídice, donde pudimos ver en ese papel a Ana Serradilla, recién casada con su Orfeo (ver fotografía), para perder la vida el mismo día de su boda en Nueva York y ser seducida por el Señor del Inframundo a quien siguió por las alturas de los rascacielos hasta caer a la entrada del Averno donde, felizmente, se encuentra con su padre, para recordar mejores tiempos. En medio de la tragedia, hubo muy buen sentido del humor que mucho agradecimos.

Los enredos de Calderón (de la Barca) alrededor de la seducción y el amor a primera vista entre un tal Lisardo, con quien empieza tejiendo con un punto de derecha Pedro Calderón de la Barca (1600-1681) en una de las comedias más divertidas del año. El punto de revés lo hace Laura que sufre de los celos con don Félix y le hacen ver las cosas de otra manera. El tejido se fue armando en esa Casa con dos puertas, mala es de guardar, dirigida por Gilberto Guerrero en donde gozamos del entramado de equívocos tan del Siglo de Oro español.

El filósofo declara fue escrita por Juan Villoro y tuvo éxito en el Teatro de Santa Catarina de Coyoacán, entre otras cosas, por ser una parodia de los intelectuales de la generación anterior, cuando tenían que ver con el señor Presidente que deseaban ser conformados como hegelianos no ortodoxos, tal como les convenía a su imagen. La obra estuvo cuidada y dirigida por Antonio Castro, con escenografía y vestuario de Mónica Raya y un reparto de primera con Arturo Ríos, el filósofo que declara toda clase de cosas y cuya inteligencia es directamente proporcional a su neurosis; la esposa (Pilar Ixquic Mata), su exalumna es quien sabe todo lo que el otro presume y que junto con el chofer y mil usos de Jacinto (Edgar Parra) y la visita mortal del Pato Bermudez, experto en la polaca y acusado de ser un especie de filósofo de hotel de paso que aseguraba que las universidades son escenarios para el ejercicio de la vanidad, terminamos el año con esas agujas en el pajar.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Buen año de cartelera en la ciudad de México

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 24 de diciembre, 2010.


(Los amantes de Magritte). Cada vez que se acerca el fin de un ciclo y está por comenzar el siguiente nos dan ganas de hacer un especie de balance para saber cómo estuvo, en este caso, la cartelera y las actividades culturales durante el año que agoniza, para ver si en el 2011 que está por llegar galopando, hay posibilidades de mejorar el anterior.

Una muestra de entre los cientos de eventos hubo este año y que empezó por el descubrimiento de la transmisión en vivo y en directo de la ópera del MET para la pantalla HD del Auditorio Nacional con El Caballero de la Rosa de Strauss, con Reneé Fleming como Maria Teresa, la bella Mariscala que de pronto siente que ha envejecido y suelta las riendas de su amante, preguntándose, al mismo tiempo, qué fue lo que pasó pues tiene la sensación de que todo ha pasado y que al mismo tiempo ahí está, pues lo recuerda con tanta claridad que le resulta un misterio, sí, ese misterio que vivimos para descubrirlo. El chiste está en saber cómo hacerle y ahí está el detalle tal como lo canta melancólica.

Holmes llego al cine en una nueva versión y ese hombre elegante, enjuto y seco, de rostro aguileño con una cierta tonalidad mortecina con lo que nos dábamos cuenta que su salud era precaria, pero que, al mismo tiempo, seguía dominando el razonamiento deductivo y la observación detallada, ahora con Robert Downey Jr., como el detective, quien ganó un Globo de Oro y Jude Law como el asistente Watson.

Nada mal este año en lo que se refiere a las artes plásticas contemporáneas. Por ejemplo, la intervención que hizo el tapatío Francisco Ugarte (1973-) en la Casa Luis Barragán y que Viviana Kuri, su curadora, nos explica cómo este joven había desvanecido de un tajo la carga emocional de los contenidos de esa casa y lo convierte en otro lugar, ese otro más profundo como es el que que subyace detrás de las apariencias inmediatas.

NI hablar de la exposición de René Magritte y sus rostros cubiertos, como la vimos en el Palacio de Bellas Artes y esa historia que descubrí donde asocio con una parte de su obra. Cuando Magritte tenía catorce años y supo que su madre se había suicidado ahogándose en el río Sambre y un día después vio cuando sacaban su cuerpo río abajo, vio cómo salía con el rostro tapado por su falda. Esta escena, años después, eran el leit motiv de unos rostros que pintó tapados con trapos y que ahora son famosos. Había interpretado su dolor de eso que vio a la orilla del Sambre y después cubría el rostro de sus modelos como lo hizo por primera vez con Los amantes en 1927.

También disfrutamos de la improvisación a tres manos de Abraham Cruzvillegas con música de Antonio Fernández y con la intervención escénica que dirigió Antonio Castro en la galería kurimanzutto, en donde el humor iba parejo a la tragedia y el albur se instalaba al lado del drama, como en el streep-tease frente a un funcionario público que insiste hay que aplicar la ley para que ésta no siga siendo un espantapájaros que ya no asusta a las aves de rapiña, que ya se acostumbraron a verlo y ahora se posan en su cabeza. No tarda en aceptar el soborno y a exigirle a esta mujer que se desnude y le pague con cuerpomático.

Un buen año en la ciudad de México con tanta música como esa que escuchamos felices en la Sala Nezahualcóyotl como fue el Réquiem de Mozart -que nos hizo llorar, nada difícil, digamos—, y las Sinfonías de Mahler en la temporada del verano con la Orquesta Sinfónica de Minería y la batuta de Carlos Miguel Prieto en su apogeo.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

De la cuna a la tumba entre las Navidades

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 17 de diciembre, 2010.

(El árbol genealógico de los Valderrama). La larga cena de Navidad es una obra de Thornton Wilder (1897-1975) que tradujo, adaptó y ahora dirige Otto Minera (1948-) en el Teatro de la Comedia Wilberto Cantón (José María Velasco 59 en San José Insurgentes) y que estará en escena hasta mediados de enero.

El texto es superficial y repetitivo, pero la obra es entretenida y nos hace recordar las propias experiencias en ese ámbito. Por eso vemos en escena, entre broma y vera, los sucesos en tumbos entre una y otra cena de Navidad entre esas familias que intentan repetir una vieja tradición y que resultan fracasos completos porque están llenas de fantasmas como los que cuelgan del árbol genealógico y que van, desde los abuelos que iniciaron esa costumbre y que seguramente disfrutamos en un momento dado de nuestra vida, hasta nuestros días.

Son los Valderrama que un año deciden cenar en Navidad y está Lucía (Lumi Cavazos) y Rodrigo su esposo, celebrando en su casa nueva de un pueblo en donde cae la nieve y todo el paisaje es blanco, un poco antes de que muera Lola (Marissa Savedra), la madre de Rodrigo.

En realidad lo que han hecho es girar la rueda de la fortuna para empezar a ver nacer y morir a los propios y a los ajenos y recordar su ausencia en cada una de las cenas de Navidad a la que han invitado a otros parientes: al primo Bracamontes (Emilio Guerrero) y luego, a la prima Ercilla (Margarita González), una mujer que despliega su talento como actriz y que llega para quedarse en la casa abandonada de provincia donde los ausentes son cada vez más numerosos, así como para enfrentar a las nuevas generaciones, los celos, las envidias, las herencias y las profesiones tan diferentes a las que quisieran los padres.

Humberto Spíndola, el gran artista de lo efímero, diseñó tanto el vestido del ángel (Aketzali Reséndiz), que aparece en un cuadro plástico espléndido enmarcada entre nubes de un cielo azul en papel de china a la izquierda —según se ve— donde sale de vez en cuando cargando a los recién nacidos. A la siniestra, está la salida, con sus cortinas negras, también de papel de china, como alma en luto para que seamos testigos de los ciclos que se van repitiendo entre cada una de las cenas, ahora con las nuevas generaciones, impotentes de hacer cambio alguno como las olas del mar, que llegan una detrás de la otra desde su nacimiento hasta la muerte en cada una de las cenas de Navidad, hechas primero con regios guajolotes de doble moquillo que crecían por esos rumbos y, al final, con pavos de doble pechuga traídos de Wisconsin.

Recordamos las cenas de Navidad y esa tradición que una vez fue espontánea pero que, después, se convirtió en una velada nostálgica con algunos llantos contenidos por la ausencia de los seres queridos que una vez colgaban de las ramas del árbol genealógico, incapaces de cambiar o improvisar algo nuevo para esa ocasión.

Ahí está el recuerdo del pasado, ese que siempre fue mejor, y el despliegue de las pasiones, las reclamaciones, las conciliaciones y los perdones que benefician tanto al que lo da como al que lo recibe y mientras pasa todo eso, nos entretenemos porque el tiempo viene de atrás y llega al borde, para reencender la esperanza y reafirmar la continuidad de la vida, como dice Otto Minera.

Rosa (Victoria Santaella) es la muchacha y la nana que, sin hablar palabra alguna nos da la medida del tiempo y resulta ser el reloj que marca las horas desde que es una jovencita y la alegría de la casa, hasta terminar arrastrando las babuchas y desaparecer de la escena dejando a su hija, idéntica, en el reciente ciclo de la vida.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Los Nobel también lloran

El Informador, Tertulia, sábado 11 de diciembre, 2010.


(La entrega de los Premios Nobel en el Palacio de Conciertos de Estocolmo). El martes 7 de diciembre, en una cena previa a la entrega de Nobel y al final de un discurso largo y sabroso, nadie esperaba que Mario Vargas Llosa fuese a llorar, pero ya sabemos qué puede suceder cuando las emociones agazapadas nos asaltan cuando menos lo esperamos, sobre todo, cuando tenemos algo de culpa o mezclamos lo íntimo con lo profesional, como le sucedió a este hombre con el que comparto tantas cosas.

Comparto sus ideas y le agradezco de su oficio el haber podido galopar desde hace tiempo, montado sobre la literatura, primero con La orgía perpetua y, hace poco, con sus comentarios sobre El año del pensamiento mágico, una obra con Vanesa Redgrave y la importancia del buen teatro.

Casi al final fue vencido por la emoción, cuando se refirió al amor que le tiene a Patricia, su prima y mujer desde hace tiempo y cómo es que ha convertido sus regaños en elogios: cuando ella le dice que es un inútil y que, para lo único que sirve es para escribir, él se lo agradece.

De pronto se le hace un nudo en la garganta y llora interrumpiéndose a sí mismo con la voz quebrada por la emoción y por el amor —o la culpa de ese amor, podríamos pensar—, con su prima Patricia que, gracias a ella, ha mantenido su oficio y ha logrado tener éxito, disfrutando de su libertad, caminando por el mundo y dándole de vueltas hasta llegar este viernes a Estocolmo para recibir el Nobel de Literatura.

Perú es Patricia, una prima de naricita respingada y de carácter indomable con la que tuve la fortuna de casarme hace 45 años —dijo—, en el discurso que tituló Elogio de la lectura y la ficción, en donde recuerda cuando la lectura convertía en sueño la vida y la vida en sueño y por eso se arrastraba por París hecho un Jean Valjean, así como sus ideas sobre la política, sobre los nacionalismos y los fanatismos, su decepción frente a la Revolución Cubana y otros sucesos del siglo XX y que son esas otras ideas que comparto desde hace tiempo.

Se vale —digo—, aunque no es deseable mezclar lo íntimo —y más si está lleno de culpa— con lo profesional, lleno de éxito, excepto, que haya querido mostrarnos otra cara, esa que algunos tenemos y que la gente cree que es una debilidad, cuando más bien se trata de la fortaleza misma para poder expresar y compartir las emociones en público.

Recompuesto, terminó su discurso tratando de convencer que la ficción nos aguza la sensibilidad y despierta el espíritu crítico y es una necesidad imprescindible para que la civilización siga existiendo o la manera de cultivar el jardín interior más bello del mundo.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

El tesoro de los sellos, la intimidad y su ocaso

El Univesral, La Guía del Ocio, viernes 10 de diciembre, 2010.


(Penny Black, el primer timbre postal). Nos asomamos por la ventana asombrados de la infinitud de pequeñas imágenes que puede uno conectar con otros universos, con otros tiempos y con otros espacios, antes de disfrutar del continente y del contenido: del continente y los muros blancos y lisos restaurados con delicadeza en tres patios techados por un azul profundo —como el que nunca vemos en estas latitudes— y, de pronto, un muro de adobe, como si alguien se desnudara —sin pena alguna— para contrastar el blanco del blanco.

El contenido son las miles de pequeñas imágenes, como en los fuegos artificiales, pequeñas estrellas que se alumbran antes de caer en la oscuridad, puntos brillantes que parecen que huyen y abandonan su trayectoria sólo para escuchar el canto de una sirena sobre el lomo de un delfín en los sueños de una noche en el verano.

Caminando por la ciudad de Oaxaca nos asomamos al Museo de Filatelia (MUFI, Reforma 504), a espaldas del convento de Santo Domingo para descubrir una las grandes colecciones de timbres postales que va desde la primigenia, la que todo mundo quiere conocer, la Eva de los timbres postales impresa por los ingleses en 1840 conocida como la Penny Black de William Mulready con el perfil de la reina Victoria de Inglaterra para pagar el servicio de mensajería. Después, le siguieron los demás países que decidieron diseñar e imprimir sus propias imágenes y, al mismo tiempo, los coleccionistas que las empezaron a guardar y clasificar con todo y los sobres, que ocultaban el secreto de la carta o el mensaje furtivo, amparada por el sello que garantizaba ese servicio.

Los timbres vistos en conjunto son la historia misma de las naciones y que mandaron hacer retratos de sus personajes ilustres, de sus mujeres, de sus monumentos o reprodujeron obras de arte o ilustraron parte de su flora y de su fauna —como los que luego le sirvieron a Toledo para inspirarse y hacer una colección de insectos—, y construir de esa manera lo que sería la historia postal con esa constelación que, en un momento dado, la conectamos con lo que nos interesa.

Eduardo Barajas Mendoza es el director de este Mueso sorprendente bajo el sol y luz de Oaxaca quien, desde hace más de una década, ha logrado crecer y mantener esas delicadas piezas de museo protegidas y al alcance de la mano para disfrutar de sus historias.

Georges Herpin le llamó filatelia en Le collectionneur de Timbres Poste en París en 1864, que viene de philos, amante y atelia, pagado de antemano y uno piensa que son personajes como los describe Heriberto Yépez en su novela El matasellos, donde mueren algunos de ellos, como van a morir los timbres postales y el servicio que los acompaña, desplazados violentamente por el correo electrónico, las redes sociales y los móviles.

Tal vez lo único que quede un rato más, serán las falsas cartas a Santa en Navidad, porque el resto, boqueando y moribundo está en el ocaso y por eso aumenta su valor y la ambición de tener las más raras de esas especies.

Cuando nos asomamos a esa ventana en Oaxaca, nos quedamos deslumbrados de ver y disfrutar tantas imágenes y retratos de mujeres, héroes de la historia, monumentos y recuerdos como la Olimpíada del 68 o el Mundial del 86 y el deseo de vernos modernos en el México de los cincuentas.

Desde esa ventana también escudriñamos la intimidad del remitente desde varios puntos de vista y diferentes perspectivas y por eso leímos en voz baja algunas de las cartas que escribió Frida Kahlo a su doctorcito, escritas con clara letra Palmer y redonda, sin que le temblara la mano a pesar de imaginarnos el dolor que seguramente estaba sufriendo.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Amor eterno que duró sólo un día

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 3 de diciembre, 2010.


(Roberto Alegna y Marina Poploskaya, como Don Carlo e Isabel de Valois, en la ópera don Carlo de Verdi ahora en el MET). Después de haber leído Dom Karlos, Infant von Spanien, el drama escrito por Schiller, Giuseppe Verdi le pidió a François Joseph Méry y Camille du Locle que le escribieran un libreto para componer la ópera Don Carlo para que se estrenara en París durante la Exposición Universal de 1867. Esta misma ópera, en la versión italiana de 1886, la podremos ver el próximo sábado 11 de diciembre transmitida en vivo y en directo desde el MET de Nueva York a las pantallas HD del Auditorio Nacional en la ciudad de México, del Teatro Diana en Guadalajara o del auditorio Elizondo en Monterrey.

Se abre el telón en el bosque de Fontainebleau: es el invierno de 1558, justo después de haber firmado el tratado de paz entre Francia y España. La princesa Isabel de Valois está perdida en el bosque pero ahí encuentra al joven Carlos, su prometido, para jurarle amor eterno, aunque sólo les duró un día, antes de enterarse que se casaría con Felipe II, rey de España y padre de Carlos, en lugar de hacerlo con quien había soñado.

—¡No! —reclamó—, yo estoy comprometida con su hijo —dijo sin que nadie pudiera hacer algo. Era la fuerza del destino.

Isabel sabía que cuando Carlos había nacido en 1545, su madre, María de Portugal, había muerto en el parto; lo que no sabía es que ese niño había nacido con un desequilibrio mental y una complexión enfermiza. Tampoco sabía que en cuanto pudo conspiró contra su padre y que trataría de acuchillar al Duque de Alba sólo para ser detenido, procesado y encerrado en el Castillo de Arévalo hasta que murió —diez años después que se habían encontrado en el bosque—, de inanición y delirio, el mismo año en que ella también moriría, en el parto de su tercer hijo:

—Y allá arriba, nos veremos en un mundo mejor —cantaban los dos amantes antes de que bajara el telón—, en el porvenir eterno que, para nosotros, ya suena la hora.

La ópera de Verdi considera el contexto histórico del viudo negro que era Felipe II, un fanático que no entiende de la libertad del credo, un poderoso hombre con una soberbia descomunal que reprime sus sentimientos por razones de Estado, un hombre intolerante que se encierra entre los muros de los ritos y los mandamientos producto de ese fanatismo y que termina viejo, podrido, en un charco de pus en su cama de El Escorial, con vista al altar principal para llegar al más allá en línea recta.

Verdi trató de expresar la lucha de la libertad contra la opresión política y religiosa y para eso, incluye a dos poderosos personajes: el rey Felipe II y el Gran Inquisidor, un político y eclesiástico muy influyente en ese siglo.

Durante el XVI España recibía tanto oro y plata del Nuevo Mundo que pudo consolidar su Imperio, convertirse en defensor del cristianismo y construir la Armada Invencible que fue totalmente destruida frente a las costas de Inglaterra y en el Mar del Norte. Un rey que había conseguido la autorización del Papa para ser el monopolio del comercio entre el Viejo y el Nuevo Mundo, con lo que nació la piratería con Sir Francis Drake a la cabeza.

Antes que termine la ópera, Isabel de Valois recuerda el bosque de Fontainbleau y el día que conoció a don Carlo. Por eso, canta frente a la tumba de su suegro Carlos V, enterrado en el monasterio de El Escorial:

—Tú que conociste la vanidad del mundo y que gozas en tu sepulcro del reposo profundo, si aún se llora en el cielo, llora por mi dolor y lleva este llanto al trono del Señor... Ahora, mis pensamientos vuelan a Fontainebleau, donde un día juré amor eterno que sólo duró un día.

viernes, 26 de noviembre de 2010

Llorando guerras o cantando amores

El Informador, Tertulia, sábado 27 de noviembre, 2010.


(Miguel de Cervantes). En la versión de la Feria Internacional del Libro (FIL) 2010, los invitados de honor han sido las regiones de León y Castilla que tienen la característica de haber sido la cuna del español que ahora hablamos, gracias a la actividad que desplegó en el siglo XIII el rey Alfonso III, el Sabio, un hombre que se dedicó a promover los estudios sobre el castellano y a publicar toda clase de traducciones que nos podemos imaginar, en esto que ahora llamamos Español.

Alfonso X, el Sabio era el hijo y sucesor de Fernando III, el rey que unió las coronas de León y Castilla y que llevó la reconquista cristiana hasta la frontera misma del reino de Granada —tal como lo menciona Antonio Alatorre en Los 1001 años de la lengua española. Un rey que dejó aun lado su acometividad guerrera para dedicarse a promover la cultura. Decían que de tanto observar los movimientos celestes, nunca veía lo que sucedía abajo en la tierra.

Conocíamos algunas de sus Cantigas, pues hace años Eduardo Mata las ensayaba en Morelia —en el Festival Internacional de Música que ahora celebran con Anne Sophie Mutter al violín—, y escuchábamos esa versión de las Cantigas, compuestas del cubano Julián Orbón (1925-1991). Era el mes de julio de 1991 y lo que interpretaba el Cuarteto Latinoamericano con Lourdes Ambríz eran las Tres Cantigas del rey escritas en ese idioma en gestación, más cercano al mozárabe y al portugués, como el usaban para escribir y cantar su poesía y que apenas entendíamos: A creer devemos que todo pecado / Deus pol a sa madre vera perdoado / Por end’ un migrare vos direi mui grande / Que Santa María fez e ela mande...

Y desde entonces conocimos lago de eso que hablaban en el siglo XIII allá, la bella Valladolid —capital de los reinos de Castilla y León—, para que poco a poco fuera tomando forma el español hasta ser aceptado por los poetas el siglo XVII, el famoso Siglo de Oro, para escuchar los lamentos de Cervantes en uno de sus cantos del Viaje del Parnaso cuando nos confiesa que Yo que siempre trabajo y me desvelo por parecer que tengo de poeta la gracia que no quiso darme el cielo... Y más adelante, lo reconocemos cómo en la vida lloramos guerras o cantamos amores mientras la vida como en sueño se nos pasa o como suele el tiempo a los jugadores.

Por todo esto les damos la bienvenida a los representantes de León y Castilla que vieron nacer, entre otros, al manco de Lepanto que en la naval dura palestra, había perdido el movimiento de la mano izquierda, para gloria de la diestra.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Mostrar con propiedad su desatino

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 26 de noviemnre, 2010.


(Sello de Alfonso X, el Sabio, siglo XIII). Castilla y León son las dos regiones de España que han sido invitados especiales en la versión de la Feria Internacional del Libro (FIL) en Guadalajara este año, misma que abre sus puertas mañana sábado 27 de noviembre hasta el domingo 5 de diciembre.

Las dos regiones representan el nacimiento de la lengua que desde hace más de novecientos años ha recorrido sus propios avatares gracias al impulso que le dio el rey Alfonso X, el Sabio, rey de León y Castilla (1252 a 1284), quien logró que nuestro idioma se convirtiera en la lengua con la que ahora nos comunicamos millones de personas que habitamos Hispanoamérica.

Alfonso X, el Sabio era el hijo y sucesor de Fernando III, el rey que unió las coronas de León y Castilla y que llevó la reconquista cristiana hasta la frontera misma del reino de Granada —tal como lo comenta Antonio Alatorre en Los 1001 años de la lengua española—, pero, Alfonso X, careció de una acometividad guerrera y la astucia diplomática para ver frustradas sus aspiraciones al trono imperial germánico sufriendo sublevaciones hasta de su propio hijo, Sancho el Bravo. Decían que de tanto observar los movimientos celestes, no veía lo que sucedía abajo en su tierra.

Nadie se acordaría de él si no fuera por el papel que tuvo en la evolución y promoción del Español: Alfonso el Sabio fue el creador y patrocinador de la prosa española; coordinó, supervisó y prologó una gran producción editorial en la escuela de traductores que creó para publicar cientos de libros redactados en español —y no en latín, mozárabe, portugués o francés—, además de registrar los cantares de los juglares y promover su lectura entre los caballeros para que las conocieran, Por eso le proponía que cada uno en su posada se fazié leer e retraer estas cosas sobredichas, e esto era porque oyéndolas les crescién los corazones e esforzándose faziendo bien, queriendo llegar a lo que los otros fezieran o passara por ellos.

Pero en aquella época el mozárabe era la lengua que consideraban era apropiada para los vuelos poéticos, tal como lo hizo el propio Alfonso X en sus Cántigas, a las que también les escribió su anotación musical, espléndidamente caligrafiada. Al morir en 1284, la literatura escrita en nuestra lengua era una criatura más robusta —como lo confirma Alatorre— y desde entonces, va y viene enriqueciéndose hasta llegar a su cumbre en el llamado siglo de Oro, con un Miguel de Cervantes y los poetas que lo acompañaron.

Ahora la FIL celebra ese origen invitando a los representantes de estas dos regiones para conmemorar con ellos el nacimiento de esta lengua florida, rica en textura y en sonidos que nos ha permitido, a través del tiempo, crear obras de una belleza extraordinaria como las que hay desde entonces, pasando por el virreinato, a cargo de Juan Ruiz de Alarcón y, sobre todo de Sor Juana Inés de la Cruz quien, desde su convento, mandaba obras a Madrid, como El divino Narciso, representando a los nobles mexicanos, vestidos de lujo y celebrando sus ritos al dios del maíz.

Este año estarán las dos culturas unidas por ese hilo tan buen conductor y durante la FIL habrá oportunidad de recordar y reconocer los orígenes con cariño, entre otros, los textos tan bien escritos del Viaje al Parnaso:

Yo, con estilo razonable, he compuesto Comedias que en su tiempo tuvieron de lo grave y de lo afable. Yo he dado en Don Quijote pasatiempo al pecho melancólico y mohíno en cualquier sazón, en todo tiempo. Yo he abierto en mis Novelas un camino por do la lengua castellana puede mostrar con propiedad un desatino.

Y ahora tendremos a dos invitados que marcan con su presencia el origen del Español que tanto gozamos.

jueves, 18 de noviembre de 2010

La orgía perpetua

El Informador, Tertulia, sábado 20 de noviembre, 2010.


La Feria Internacional del Libro (FIL) en Guadalajara es una actividad que llama la atención a nivel hispanoamericano y que genera una buena fuerza centrífuga que jala mucha agua para ese molino y produce una derrama económica, además de que confirma el prestigio de anfitrión que tiene esa ciudad, ya de por sí iluminada con otras estrellas de diferente magnitud.

Serán nueve días donde la gente podrá conocer a algunos escritores y sus novedades literarias, entre ellas —aunque ya está a la venta—, la reciente novela de Mario Vargas Llosa bajo la luz de su flamante y merecido Nobel de Literatura.

Vargas Llosa estuvo el año pasado en la FIL platicando de su infancia y del día que se sintió como Adán, expulsado del paraíso, desde ese día que se apareció un señor que decía ser su padre para sacarlo del paraíso y acabar con su inocencia.

Ahora, conversará a distancia y lo veremos en la pantalla contando sus peripecias del Nobel o algo relacionado con El sueño del celta, empapada del negro funcionamiento de la justicia durante la época de la explotación del caucho en la Amazonía peruana.

A Vargas Llosa le debo varias cosas, entre otras, el haber podido disfrutar a fondo la obra de Flaubert Madame Bovary después de haber leído La Orgía Perpetua, donde profundiza en la tragedia de la mediocridad y en la trama de esa mujer que lo marcó para toda su vida.

También he podido compartir lo que vivió después de haber visto la obra El año del pensamiento mágico, un monólogo con Vanessa Redgrave como estrella. Lo he podido hacer desde que decidí caminar, flotar y caer en el vacío de las profundidades de las buenas obras de teatro que, en verdad, han tenido efectos poderosos no sólo por haber logrado conectar con nuestro propia historia, sino porque ha fluido la emoción.

Peer Gyant de Ibsen, por ejemplo, cuando éste fantasioso llega con su madre antes de su muerte, cuando sentí cómo explotó el volcán de los sentimientos agazapados de tal manera que afloraron convertidos en una lava húmeda incontenible.

También comparto con Vargas Llosa la comprensión del universo propio o ajeno de la nostalgia que puede dominarnos si sólo pensamos en la otra ciudad donde fuimos felices —el paraíso perdido de su infancia—, sin poder aceptar la realidad de la otra en la que vivimos, como les sucedió a Las Tres Hermanas de Chéjov que, desde una provincia espléndida, sólo pensaban en Moscú.

Vargas Llosa decía que el teatro es la mejor manera para vernos y saber cómo somos y tienen toda la razón. Por eso, este año estaremos celebrando con él sus éxitos en esa otra orgía perpetua, como la que disfrutamos entre los libros.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Desde Londres: un espectáculo visual poético

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 19 de noviembre, 2010.

Hace poco más de un año, en julio del 2009, tuvimos la oportunidad de ver Fedra de Racine en una puesta en escena del London National Theater transmitida a las pantallas HD del Lunario —a un costado del Auditorio Nacional—, una obra en donde Helen Mirren tenía el papel principal de Fedra, la esposa de Teseo que mantenía relaciones incestuosas con Hipólito, su hijastro. Encantados de ver esa obra como si estuviéramos en Londres, con esa actriz que sabíamos había llorado en el Teatro Epidauro después de la función, a la media noche, en su camerino, pálida y sin maquillaje, como si estuviera muerta, mientras le daba de sorbos a su té. Como pocas veces en nuestra vida puede suceder, le había entrado por el alma la esencia de la tragedia griega.

Esto es lo más cercano al teatro virtual que hemos experimentado y por eso, estamos felices de saber que viene otra tanda de obras con diferentes expectativas. El martes 22 a las 20:00 horas transmiten A Disappearing Number de Simon McBurney; en enero, una nueva versión de Hamlet con Rory Kinnear como el príncipe de Dinamarca y la dirección de Nicholas Haytner; para febrero, el musical Fela! y luego habrá un Rey Lear con Dereck Jacobi en ese papel.

A Disappearing Number es un espectáculo visual poético preparado Simon McBurney y Complicite, su compañía de teatro experimental fundada en 1983 junto con Annabel Arden y Marcello Magni, en donde parece que han integrado —en una especie de coreografía poética— dos historias relacionadas con el genio, la discriminación racial y el exilio, de dos vidas paralelas: una la del genio de las matemáticas como era Srinivasa Ramanujan (1887-1920) de Madras y el músico Nitin Sawnhey (1964-), nacido en Kent, donde estudió piano, guitarra clásica y flamenca, sitar y tabla; después de haber asistido a la Escuela de Matemáticas de Sir Joseph Williamson y haber sido víctima de la persecución racial por parte del National Front, mejor se dedicó a la música.

Este es el hilo conductor que le permitió a McBurney y Complicite hacer esta meditación sobre el amor, las matemáticas, junto con el dolor del exilio y la discriminación, en esta época en donde creemos que podemos vivir donde queramos, sin importar dónde hemos nacido, ni de qué color somos.

Los comentarios de Jennifer Farrar nos orientan un poco más sobre esta puesta en escena: no cabe duda —dice la periodista— que las ideas abstractas también nos informan, sin esfuerzo alguno, del drama humano. En esta obra, el todo es mayor que la suma de cada una de sus partes. En The Examiner publicaron que es “brillante y milagrosamente fluido en donde el teatro supera a las matemáticas y mientras éstas se burlan de nuestro cerebro, se nos rompe el corazón.”

A los siete años Srinavasa Ramanujan les recitaba a sus compañeros las fórmulas matemáticas y el resto de los decimales de π (3.1416...) hasta que se cansaban; en 1912 lo animaron para que mandara sus trabajos a tres distinguidos matemáticos ingleses y sólo G.H. Hardy, profesor de Cambridge, quien estuvo a punto de tirar a la basura lo recibido, decidió revisarlo con su amigo John E. Littlewood para darse cuenta que estaban frente a una obra de un genio. Invitado por Hardy, trabajaron juntos en Cambridge. En 1917 fue admitido a la Royal Society de Londres y al Trinity Collage: era el primer indio que lograba este honor. Tres años después, este frágil hombre de ciencia, moría lejos de su Madras natal.

Esta historia entrelazada con la música de Sawhnaey, más la capacidad de McBurney de integrarlo todo en una coreografía, son los elementos con los que se construye y arma este espectáculo que podremos ver la semana que entra en una experiencia más del teatro virtual.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Detrás del velo de la novia

El Informador, Tertulia, sábado 13 de noviembre, 2010.


(Retrato de Anna Netrebko, soprano). Son conocidas las sorpresas que podemos tener en el matrimonio, sobretodo cuando la pareja que conocimos en el noviazgo resulta que no tiene nada que ver con la persona que se ha convertido ahora. Cómo será este asunto que mis amigos de Guadalajara, cuando se refieren a ellas —por supuesto en ausencia—, les llaman el enemigo.

Por eso, mejor reírse cuando reconocemos este tipo de situaciones, como lo podemos hacer este sábado a las 12:00 horas con Don Pasquale, la ópera bufa de Donizetti que se transmite en directo desde el MET de Nueva York a las pantallas de HD del Teatro Diana.

Hace tiempo que la risa dejó de ser la expresión de una clara satisfacción como la de esos bebés que gorgorean su risita después de tomar su leche —¡y qué presentación!—, risita que nunca más volvemos a hacer, porque luego se ha convertido en un mecanismo de descompresión de la tensión generada por el miedo, la ira, la angustia, el dolor o la frustración y la risa nos sirve para vaciar su contenido.

Compadecemos a don Pasquale por lo que le sucede, porque pensamos que, de alguna manera, nos puede pasar cuando uno de la pareja cambia y se transforma —Dr. Jekyll y Mr. Hyde—, después de haber firmado su contrato matrimonial. Por eso, mejor nos reímos cuando Donizetti descubre eso que está oculto detrás del velo de la novia.

La gente no sabe si reír o llorar, pero la moraleja nos lleva de la mano para que mejor tomemos las cosas con buen humor, porque sabemos que los que saber reírse y se toman estas cosas a la ligera, están llenos de vida, saben lo que es el amor y viven sin complejos, satisfechos como aquellos bebés que gorgorean su felicidad.

La lujuria de don Pasquale lo mueve a casarse, pues cree que con ese matrimonio puede matar a dos pájaros: uno, desheredar a su sobrino y, dos, entregarse a los placeres que imagina hay en el matrimonio.

La astucia del doctor Malatesta convierte la vida del viejo solterón en un infierno desde el mismo día que se quita su velo la viuda disfrazada como Sofronia para no parecerse en nada a la coqueta y risueña mujer que era como novia, antes de firmar su contrato, a pesar de que sabemos que era falso de toda falsedad.

En la producción del MET estará James Levine a la batuta y la bella Anna Netrebko como Norina-Sofronia. Por eso digo que este sábado hay que ponerle buena cara al mal tiempo y disfrutar de esta farsa y del terrible azar del matrimonio en donde a unos les va como en feria y a otros... también.

¿Quién se esconde detrás del velo de la novia?

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 12 de noviembre, 2010.


Son conocidas las sorpresas que podemos tener en el matrimonio, sobretodo, cuando la pareja que conocimos en el noviazgo resulta que nada tiene nada que ver con la que es después de casada y que, extrañamente, se ha convertido en el “enemigo”, como le dicen mis amigos de Guadalajara a sus mujeres, por supuesto, en su ausencia.

Por eso, nos reímos cuando nos cuentan o vemos este tipo de situaciones más o menos exageradas, como sucederá este sábado con Don Pasquale, la ópera bufa de Donizetti que se transmite en directo desde el MET de Nueva York al Auditorio Nacional en la ciudad de México, al Teatro Diana en Guadalajara y al Auditorio Luis Elizondo en Monterrey.

Hace tiempo que la risa dejó de ser esa clara expresión de satisfacción, como la que esbozan los bebés cuando gorgorean su risita después de tomar la leche del pecho —¡y qué presentación!—, cuando sabemos es una risa franca e inocente como no recordamos haberla vuelto a tener porque luego se convierte en un mecanismo de descompresión de la tensión generada por el miedo, la ira, la angustia, el dolor o la frustración y que vacía su contenido justo cuando lo hacemos.

Con don Pasquale nos reímos porque somos testigos de lo que puede suceder cuando ella o él cambia y se transforma —como Dr. Jekyll y Mr. Hyde—, una vez que se han casado, por eso, mejor nos reímos —como si descubriéramos una verdad agazapada tras la fachada de su esposa llamada Sofronia, como si se hubiera sacado la rifa del tigre, tal como nos la podemos sacar cuando nos casamos, como le pasó a don Pasquale.

La gente que no se ríe da la impresión de que está triste o de que está amargada. ¡Ah!, pero aquellos que se ríen, dan cualquier otra impresión porque parece ser que es gente que se toma las cosas a la ligera, que están llenos de vida y saben lo que es el amor, viven sin complejos y están satisfechos como los bebés que gorgorean de pura felicidad.

La lujuria de don Pasquale lo mueve para casarse con una mujer que tanto se le antoja y quiere aprovechar esa boda para matar a dos pájaros de ese tiro: uno, desheredar a su sobrino y dos, entregarse a los placeres que imagina le ofrece el matrimonio.

Pero don Pasquale no contaba con la astucia del doctor Malatesta que convierte el apacible hogar de solterón en un infierno, desde el mismo día que la joven viuda Norina —disfrazada de Sofronia—, se transforma y, de aquella novia coqueta y risueña que era antes de firmar su contrato, aunque era falso de toda falsedad, se convierte en el mismo diablo con todo y cuernos.

Aterrados vemos lo que le sucede en sentido contrario de lo creíamos, pues nadie nos habló de esa posibilidad, ni pensamos que los deseos y la lujuria tuviera uno que pagarlo con creces. Por eso, mejor nos reímos cuando vemos la realidad de don Pasquale y nos asombramos al confirmar cómo es que pueden cambiar las personas y aquello que parecía un día de verano, se convierte en una aterradora tormenta.

De solteras se comportan de una manera pero, cuando se casan —como Sofronia—, cambia de tal manera que logra doblegar al viejo Pasquale que, finalmente, acepta la boda de la viuda con su sobrino que lo vuelve a heredar, tal como era el plan original.

Hemos visto esta ópera en una versión de cámara, con Charles Oppenheim como don Pasquale; ahora, la podemos ver con James Levine a la batuta y Anna Netrebko como Norina-Sofronia, para saber ponerle buena cara al mal tiempo y disfrutar del azar en el matrimonio, en donde a unos les va como en feria y a otros de maravilla.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Vivir como si no vivieran, como ladrones

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 5 de noviembre, 2010.


La semana pasada estuvo en la ciudad de México invitados por el Festival Internacional Cervantino el Teatro Alemán de Berlín con la obra Diebe / Ladrones escrita por Dea Loher, nacida en Traunstein, Baviera en 1964, quien estudió filosofía y vivió un tiempo a Brasil para regresar e instalarse en Berlín.

Las expectativas de Diebe / Ladrones fueron rebasadas: es una historia bien escrita, con sentido del humor que va cayendo como lluvia ligera en el verano, mientras los personajes aparecen y desaparecen en una especie de plataforma de la rueda de la fortuna, como si fueran ejemplares de un zoológico humano que nos cuentan sus historias a profundidad —entre la realidad y la fantasía— estos personajes que trotan montados en la soledad, sobre el albardón de la angustia —o la agorafobia y la inmovilidad suicida—, o el amor que a veces se escapa de las manos como un pez en el agua o la senectud aislada del mundanal ruido e instalada en el abandono de quien extraña a quien más quiere y desprecia a quien más lo quiere.

Las historias de estos especimenes se entrecruzan —como atajos cinematográficos— en donde Linda Tomason (Judith Hofmann) nos lleva de la mano entre otras historias que se traslapan —como las olas del mar y del tiempo—, unas con sentido del humor y otras que contrastan con la pesadez de la soledad pero que giran sobre sus propio eje, sorprendiéndonos con pequeños grandes finales. En otras ocasiones nos hace reír a carcajadas, como en esa estación de policía cuando cuentan dos farsas pletóricas de ingenio que caminan de la mano con el absurdo. Dos pequeñas comedias en un acto.

La dirección y escenografía es de Andreas Kriegenburg quien diseñó cuatro plataformas que giran sobre un eje para traer o desaparecer a los personajes, como paletas de un gran molino que ocupa todo el escenario. Cada cuarto de giro es el corte de alguna historia de estos personajes: el padre Tomason retirado, extrañando a su hijo que no sabe está al borde del suicidio y Linda, su hija, mona, cariñosa y cristalina que se preocupa por visitar a su padre y le lleva una flor de regalo, mientras él la insulta diciéndole: ¡cada vez que vienes a verme me deprimo!

Algunas historias son una joya de la fantasía: como la del (hombre) lobo que aparece y provoca los deseos contenidos de otra pareja o como la historia que va tejiendo Linda imaginando los baños termales que un día van a construir en medio del bosque y que les dará trabajo a todos, además de que se hará cuidando la Naturaleza.

Las historias incluyen a un par de adolescentes, una joven que ha sido la hija in Vitro que desconoce al portador del esperma, que ahora se ha embarazado y vive el dilema del aborto; su amiga, una deliciosa pelirroja, nos hace reír cuando nos cuenta cómo la defraudó un tal Rainer Machatschek (Peter Moltzen), quien la explota en medio de un relato absurdo y delicioso y que luego sacude la frágil estructura de Linda, cuando parecía que alguien la iba a acompañar en su vida sin tener que inventar en su mesa esos lugares vacíos con un inexistente marido y un hijo al que veía a los ojos cuando le contaba las terribles historias del lobo que merodeaba por ahí, cerca del bosque. Por un momento le permite a Reiner que (por favor) le toque su piel suave y blanca como la nieve.

Sin duda, Dea Loher es una magnífica escritora que mantiene el balance entre el sentido del humor y lo trágico de la vida y que en esta ocasión necesitó casi cuatro horas para explicarnos la vida de esa gente que vive como si no vivieran, como ladrones.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Lleno de vida como el Réquiem de Mozart

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 29 de octubre, 2010.


A la memoria de Alí Chumacero (1918-2010)
(Flores de muertos o Cempasúchil, Tagetes erecta). Este fin de semana la Orquesta Filarmónica de la UNAM va a interpretar en la Sala Nezahuacóyotl el Réquiem de Mozart, una de las grandes obras de este compositor, donde se expresa el deseo del hombre de ser aceptado y por eso pide que le den el reposo eterno: Réquiem aeternam dona eis, Domine — Señor, danos el descanso eterno y que tu eterna luz lo ilumine para ver si logramos ver aquello que nunca los ojos han visto, ni los oídos escuchado, en un concierto que viene a cuento por las costumbres del 1º de noviembre cuando recordamos a los que se han adelantado en el viaje y cuya ausencia nos provoca cierta angustia, tal vez porque nos recuerda nuestro fin propio. Con este concierto podremos digerir eso de pasar nuestra hora por el escenario y llegar hasta el fin de la obra.

No podemos dejar de disfrutar la vida por ser efímera, como no podemos dejar de disfrutar los que nos rodean, aunque nos entristezca que se hayan ido, aunque algo de ellos se queda dentro de nosotros: la sonrisa, una actitud frente a la vida, su inteligencia, su gesto adusto o su nostalgia, como esa que entendí a través de Chéjov, y así, con el Réquiem podremos consolarnos y aprovechar esta interpretación de la muerte para entender o, por lo menos, de aceptar la realidad y caminar —aunque sea dando tumbos— hasta aceptar lo efímero, como lo explica Matthew von Unwerth en Freud’s Réquiem, cuando cuenta aquel día imaginario que Freud, Lou-Andreas Salomé y Rainer María Rilke salen a caminar un día cualquiera en el verano, cuando estaban los tres en Suiza, para que todos pudiesen disfrutar de la belleza de la naturaleza menos el poeta Rilke, que se negaba a hacerlo porque sabía que esa belleza era efímera.

Señor, ten piedad de nosotros —cantan en la obra de Mozart el Kirye eleison— y nosotros recordamos cuando salieron a caminar en el verano y el poeta admiraba la belleza del paisaje sin poder sentir alegría alguna. Estaba preocupado porque la belleza que los rodeaba se acaba y desaparece cuando llega el invierno, como sucede con la belleza humana y con el esplendor de todo lo que el hombre ha creado —como el Réquiem de Mozart—, incapaz de disfrutar algo que hubiese amado pues todo lo que tenía valor, sabía que se quedaría trasquilado por el destino fatal de lo efímero.

Cuando el Réquiem llega a la Ira divina —Dies irae— antes del perdón, nos da pavor escucharlo tal como lo imaginó Mozart, tal como le sucedió a él al final de su vida alucinando al fantasma que le exigía la terminación de esa obra porque el tiempo se acababa. Pero después de la ira, la entrada triunfal.

Saber que todo lo que es hermoso decae —como se define en la entropía—, provoca diferentes impulsos: uno, nos lleva a un especie de abatimiento doloroso y melancolía como la que sentía Rilke; otro, nos impulsa a rebelarnos en contra de la realidad y nos dan ganas de creer que sea posible que todas las maravillas de la Naturaleza, del arte y del amor se desvanezcan un día en la nada, aunque sabemos que es absurdo y presuntuoso creer y, a pesar que lo deseamos con toda el alma, que todas las maravillas deben persistir y escaparse de los poderes de la destrucción.

Paradójicamente resulta que lo efímero hace que aumente más su valor y por eso debemos de disfrutarlo cada vez más. Pronto llega la Lux aeterna con la que termina el Réquiem de Mozart y nosotros salimos rumbo a la casa con todo esto que imaginamos a propósito de nuestro breve viaje por este mundo.

jueves, 21 de octubre de 2010

Grigori como zar y Juanito como delegado

El Informador, Tertulia, sábado 23 de octubre, 2010.

(Boris Godunov en la puesta en escena del MET de Nueva York). Por alguna razón, tratando de digerir la ópera Boris Godunov de Modesto Mussorgski que es un poco densa pero la más famosa de este compositor que se transmite este sábado en vivo y en directo desde el MET de Nueva York a las pantallas del Teatro Diana de Guadalajara y del Auditorio Nacional en la ciudad de México, asocié parte de la trama en las brumas de una fantasía en donde imaginé que Gregori, quien resultó ser un falso zarevich, logra el poder apoyado por Marina Mnishek quien, a su vez, deseaba recibir los beneficios como zarina, usurpando el poder desde su palacio en Sandomir. Rafael Acosta el famoso Juanito de la banda sobre la frente, lo hizo en Iztapalapa (delegación de la ciudad de México) asumiendo el poder sólo para pasarle la estafeta a Clara Brugada Molina desde su palacio en Santa Martha Acatitla.

Los dos se aprovecharon la anarquía que había en su momento y cada uno en los territorios: Juanito, en la brava delegación Iztapalapa —sede de los comercios de las partes robadas de los coches— y Grigori, en la Rusia zarista de finales del XVI, cuando padecían del dominio del Boris Godunov como zar, acusado de darle muerte a su hijo Dimitri y de perseguir a los boyardos (terratenientes) y a los jesuitas.

Grigori se hace pasar por el zarevich Dimitri y organizan una falsa y milagrosa resurrección. Juanito acepta el trato con AMLO para ganar las elecciones y, de esta manera, tanto Juanito, como Grigori, que eran dos perfectos desconocidos, se convierten, uno en candidato sustituible y, el otro, en un falso zarevich.

Rodeado de un coro como en la ópera, cuando Juanito recibió el poder cantó el Himno Nacional a capella acompañado del coro de vecinos de la Santa Martha Acatitla Sur. Grigori, una vez en el poder, fue recibido por un coro de vagabundos que le cantaban a la esperanza, coros rusos que emocionan mientras él caminaba con la corona sobre su cabeza dándoles nuevas esperanzas y liberando a los jesuitas y al boyardo antes de regresar a Moscú seguido por una multitud.

Juanito es delgado por unos cuantos días antes de pasarle la estafeta a Clara Brugada, gracias a AMLO; Grigori simula ser Dimitri, apoyado por el monje Pimen —el LO de la Rusia zarista—, quien jura que ese joven revivió de milagro con tal de que siga la función.

Juanito dio el grito de Independencia —en la esquina de Luis García y Carlos Canales—, gritando: ¡Viva México, viva Iztapalapa!, seguido de un niño que gritó ¡Viva mi abuelita! Al final de Boris Godunov se queda el idiota del pueblo lamentándose del amargo destino.

Lascuráin o el poder que corrompe en 45 minutos

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 24 de octubre, 2010.

( Erando González como Lascuráin en la puesta en escena del Teatro de la Paz). Tal parece que en cuarenta y cinco minutos o menos florecen los vicios que se apoderan del hombre cuando asume el poder: la prepotencia, el abuso, la corrupción y, no podía faltar, el acoso sexual. Todos y cada uno de ellos los imaginó Flavio González Mello y los escribió en una tragicomedia del poder —donde nos duele ver ese paulatino cinismo que se va apoderando del político—, como fue el caso —bien documentado— del licenciado Pedro Lascuráin Paredes, que ocupó la presidencia de la República 45 minutos después de la decena trágica en el año de 1913 y que ahora lo recuerda Flavio en esa obra de teatro que ha vuelto al escenario en donde lo efímero del poder —o en todo caso de la vida—, resulta ser tal como lo habíamos escuchado en la voz del Macbeth medieval de la obra de Shakespeare, cuando dice que la vida no es más que una sombra que pasa, un pobre actor que se pavonea y gesticula una hora en el escenario y después, no se le oye más; es un cuento contado por un idiota, pleno de sonido y furia que nada significa.

Basado en un caso de la vida real, esta historia pertenece al ámbito de la Revolución que tanto hemos cacareado durante este año. El licenciando Lascuráin se puso la banda tricolor unos cuantos minutos, tan pocos que nadie más lo ha hecho en la historia de México.

La obra la pueden ver en el Teatro Casa de la Paz (Cozumel 33 de la colonia Roma) y está en escena de jueves a domingo, ahora que el papel de Lascuráin está a cargo de un gran actor como es Erando González (quien adaptó un Ricardo III de Shakespeare, en un monólogo espléndido, como si fuera un sueño) manteniendo así la altura que necesita esta comedia política, con la jiribilla de González Mello, como la tuvo 1821, el año que fuimos imperio.

Lascuráin —apellido del que abundan miles de seres colgados de las ramas de ese árbol genealógico—, nació en la ciudad de México en 1856, estudió leyes y fue director de la Libre durante dieciséis años hasta que la Revolución le hizo justicia: al triunfo del movimiento fue nombrado por Madero como Secretario de Relaciones Exteriores, puesto que ocupó en dos ocasiones: primero en 1912 y después de la decena trágica del mes de febrero de 1913.

Cuando Lascuráin supo que Madero y Pino Suárez corrían peligro, trató de convencerlos para que renunciaran pero no pudo lograrlo: ya que estaban presos en el Palacio Nacional el Congreso decidió aplicar la Constitución de 1857 en donde se establecía que, en ausencia del Presidente, el Gobierno debía de recaer en manos del Secretario de Relaciones Exteriores y, tal como fue planeado por Victoriano Huerta, Lascuráin fue nombrado Presidente interino pero no tuvo tiempo de montar mucho a su caballo, sólo el tiempo suficiente para rendir protesta, nombrar a Huerta como nuevo Secretario de Relaciones quien sustituyó a la brevedad a su compadre Lascuráin, arrebatándole la banda tricolor para que él asumiera legalmente la Presidencia de la República.

Pero Lascuráin gobernó 45 minutos y ese fue el tiempo suficiente para que se demostrara paulatinamente lo podrido que está por dentro un hombre cuando asume el poder. Murió en la ciudad de México en 1952 y lo podemos imaginar a esas alturas, al final de su vida que todavía saboreaba la suave textura de la banda tricolor que por unos instantes la portó para subirse a la escena y gobernar desde sus oficinas del Palacio Nacional, recordando cómo por un momento pretendió apoderarse unos instantes más de la silla presidencial, por aquello del pequeño dictador que tenemos todos adentro y que, en cualquier oportunidad, el poder se encarga de darle vida.

sábado, 16 de octubre de 2010

Jordi Savall y sus locuras criollas

Día Siete, domingo 10 de octubre, 2010, (No. 528).

Son pocos los que pueden olvidar la música de Monsieur Saint-Colombe en Tous le matins du monde (1991), la película de Alian Corneau (1943-) en donde nos cuenta la vida de dos músicos que vivieron a finales del siglo XVII, un de ellos era un virtuoso de la viola da gamba —instrumento que es y suena como el cello pero que no descansa en el piso, sino que se sostiene entre las piernas—, quien, a la muerte de su esposa, desconsolado, se aisló del mundo para interpretar su música a ver si lograba, como Orfeo, volver a ver a su mujer fallecida un día cualquiera. Ausencia de la que no se pudo recuperar excepto a través de su viola.

En esa misma película escuchamos la música de Marin Marais (1656-1728) —con Gerard Depardieu en ese papel—, discípulo de Saint-Colombe y de Jean-Baptiste Lully quien lo contrató para tocar con la orquesta de la corte de Luis XIV de Francia para ser nombrado en 1679 como Ordinaire de la chambre du roi pour la viole hasta el final de su vida.

Marin Marais se escapaba para escuchar a su maestro Saint-Colombe y, agazapado, envidiaba la música que improvisaba su maestro tan cerca de la perfección porque trataba con los dioses. Los dos músicos contrastaban en la forma y en el fondo y, por eso, cuando escuchamos a Saint-Colombe, nos transporta a un mundo espiritual, en cambio, la música de Marais, era para entretener a la corte, cuya orquesta dirigía Lully con un bastón golpeando el suelo, hasta que un día se dio en un trancazo en uno de los pies y meses después murió por la infección producto de ese golpe.

Saint-Colombe cortejaba a los dioses para que le permitieran volver a ver a su mujer y por eso, interpretaba una música extraña que nos envuelve entre sus olas, como las que iba produciendo en diferentes tonos.

El músico que estaba detrás de la pantalla tocando la viola da gamba era nada menos que Jordi Savall i Bernadet, músico nacido en Barcelona en 1941 que, para estas fechas, se le considera como uno de los grandes de ese instrumento, gran director de orquestas y musicólogo especializado en la música de la Edad Media.

Savall es Saint–Colombe con un mimetismo perfecto y nos imaginamos que, desde el momento que descubrió esa música conservada en un cuaderno de notas con forros de cuero en donde el maestro apuntaba sus ideas para interpretar con su viola da gamba y que jamás publicó porque decía que eran simples improvisaciones de cosas que se le ocurrían en un momento dado y por eso, no las consideraba obras terminadas.

Jordi Savall tuvo la habilidad de ver el mundo a través de ese violagambista del XVII y descubrir lo que sentía, pues la versión que nos ofrece, a propósito de ese personaje, perdura hasta nuestros días. Logró trasmitirnos, en toda su extensión, la pureza de un arte antiguo compuesto por un virtuoso como es esa obra ahora conocida como Tombeau des Regrets o La tumba de los pesares.

Recientemente Jordi Savall ha grabado El nuevo mundo, Folías Criollas en donde ha incluido algunos temas mexicanos como El Fandanguito que, si mal no recuerdan, empieza diciendo así:

Como arroyo cristalino
brota de mi pecho el verso
cuál momento es más divino
cuando estoy contigo, pienso,
cuando yo tus ojos miro
o cuando tus labios beso.


Celebramos el hecho de que haya incluido esta música con todo y su virtuosismo, pues, con esta nueva versión ha llegado hasta las mismas costas de Veracruz, que fue la puerta de entrada para ese encuentro que se dio entre los dos mundos y las dos culturas.

Savall se ha dedicado a recuperar la música medieval como las famosas Cantigas del Alfonso X que, para su fortuna las encontró con todo y la notación musical espléndidamente caligrafiada tal como lo había ordenado ese rey en el siglo XIII en plena Edad Media Baja.

Con Alfonso X —nos dice Antonio Alatorre en Los 1001 años del Español— se inició lo que ahora conocemos como español y que es el idioma que hablamos. Alfonso X, el Sabio reinó de 1252 a 1284 y fue el parteaguas de nuestro idioma. Dejó a un lado las guerras y conquistas para crear un gran centro de estudios con suficientes copistas que empezaron a publicar todo lo que se pudo en esto que ahora conocemos como el español.

Las Cantigas de Alfonso X, tal como las que Jordi Savall ha recuperado e interpretado, las escuchamos en julio de 1991 cuando estuvimos en Morelia con Eduardo Mata dirigiendo a Lourdes Ambríz y al Cuarteto Latinoamericano que interpretaban una versión del cubano Julián Orbón (1925-1991) como las Tres Cantigas del rey en donde, claramente, nos imaginarnos a un Jordi Savall con su viola de gamba, acompañando la delicada voz de la soprano mientras cantaba en español antiguo aquello que dice:

A creer devemos que todo pecado
Deus pol a sa madre vera perdoado
Por end’ un migrare vos direi mui grande
Que Santa María fez e ela mande
Que mostrat-o possa per mi é non amde
Demandan’a outre que de de recado.


La viola da gamba es un instrumento de finales del siglo XV, hasta las últimas décadas del XVIII. Tiene seis cuerdas, afinadas por cuartas (con una tercera mayor entre las centrales), Es un instrumento que se sostiene entre las piernas —no como el chelo que se apoya en el suelo clavando el puntale—, y es tañido con el arco palma arriba. Está muy cerca de la voz humana, por eso gusta tanto cuando tocan sus graves que nos dan la sensación de sosiego o cuando tocan los agudos que nos provocan una cierta excitación, pero, lo más interesante —dice Jordi Savall—, es poder viajar con Bach, Monteverdi o Marais para que nos lleven a esos lugares en donde no hace falta ninguna otra explicación.

Savall empezó a estudiar música a los seis años de edad en Igualada, cerca de Barcelona. En 1965 acabó sus estudios superiores de música y cello en el Conservatorio de Barcelona para irse a estudiar a Suiza en 1968 donde siguió su formación en la Schola Cantorum Basiliensis donde decidió dedicarse a reivindicar ese instrumento, casi olvidado, como era la viola de gamba.

A partir de entonces, se dedicó obsesivamente a investigar, rescatar y darle su lugar a la música antigua que había sido compuesta en la península Ibérica o en el resto de Europa. De ahí las Cantigas del rey y la música del señor Saint-Colombe.

En 1970, un par de años después, empezó su carrera como intérprete de la viola de gamba y, a esas alturas de su vida, es uno de sus más grandes con ese instrumento. Ha fundado tres grupos musicales: Hespèrion XXI, La Capella Reial de Catalunya (1987) y Le Concert des Nations (1989) y en estos tres conjuntos ha incluido repertorios musicales de la Edad Media y algunas composiciones del siglo XIX, obras que siempre interpreta con el máximo rigor histórico.

Ha tenido mucho éxito como interprete y, por supuesto, le han pedido que participe en otras películas dentro de ese lapso histórico además de Todas las mañanas de mundo del siglo XVII, tal como sucedió en las dos versiones de Juana de Arco dirigida por Jacques Rivette: Jeanne la Pucelle I y II, Las batallas y Las prisiones que se remontan al siglo XV.

Aunque se sabe poco de la música profana de la península ibérica antes del siglo XIII, hay algunos lamentos visigóticos y canciones de la sibila pero el legado más importante, sin duda, es la antología recopilada por el rey de Castilla y León, el rey Alfonso X más conocida como las Cantigas de Santa María con más de 400 canciones, uno de los mayores monumentos de la música medieval.

A Alfonso X le gustaba mucho la música y, por eso, fue mecenas de los trovadores, entre ellos, Guiraut Riquier, que pasó una temporada en la corte de ese rey. Al analizar estas obras, Jordi Savall se pregunta si en las miniaturas que adornan las Cantigas aparecen músicos e instrumentos árabes, ¿no será que esas melodías tienen que ver con los moros? Tal parece que los ritmos y la tendencia —como sucede en las monodias profanas europeas— se derivaron de los moros, como aseguran los expertos en esa materia.

En toda su carrera Savall ha dirigido orquestas de prestigio y, como ya lo hemos dicho, ha reivindicado la música antigua. Por eso, andando el tiempo, lo han nombrado Officier de l'Ordre des Artes et des Lettres por el Ministerio de Cultura de Francia (1988); en 1990 recibió la Creu de Sant Jordi de la Generalidad de Cataluña; ocho años después, le dieron la Medalla de Oro de las Bellas Artes (1998) del Ministerio de Cultura de España y desde 1999 es Miembro de Honor de la Konzerthaus de Viena. También ha recibido el Premio de Honor de la Fundación Jaume I y Doctor Honoris Causa por la Université Catholique de Louvain (Bélgica). Su discografía llega a más de 120 grabaciones con 50 premios internacionales. Desde 1998 publica sus obras en su propia firma, Alia Vox, una empresa que ha creado para poder satisfacer su visión y grabar las obras que tanto le agradecemos haya recuperado.

En julio de este año, durante la edición de este año del Monaco Dance Forum, en un escenario al aire libre, a espaldas de la ópera de esa ciudad y frente al mar, Alonzo King estrenó Writing ground, un programa en colaboración con músicos, escritores y coreógrafos en donde la divergencia de lo que se escuchaba y se veía se terminó en el momento que se pudo escuchar la enjundiosa y compleja suite musical basada en algunos fragmentos de música antigua —con todo y fanfarrias—, donde volvió a brillar el trabajo de Jordi Savall, que contrastó brutalmente con el resto de la música. De pronto se escuchó algo ligero, con acentos elevados y en ascensión —como se expresa la esperanza, ese deseo que el hombre guarda en el fondo de su alma—, y con esas emociones, pudo trazar lo referentes iconográficos del barroco.

Una vez más el virtuosismo de Savall logra expresar los deseos del hombre y que nos permite imaginarnos se puede evitar el dolor y así, poder enfilarnos, viento en popa, hacia una felicidad que desconocemos.

Con el corazón horadado
y en el vacío de mi mente
mi horizonte se ha nublado
como presagiando la muerte
pues cómo aceptar resignado
el vivir pero no verte.


Como canta El Fandanguito que viene a colación por la versión que prepara Savall con sus locuras criollas de este tan conocido Nuevo Mundo. Arcadi Espada lo entrevistó y por eso nos enteramos que Savall vive por y para la música, al igual que su mujer, la soprano Montserrat Figueras.

—Yo diría que la música —dijo Savall— pone al hombre en contacto con unos fenómenos que no se logra con otras experiencias convencionales.

Jordi Savall tiene dos hijos: Ariana, canta-autora y arpista, y Ferrán, también cantautor e intérprete de la guitarra y de la tiorba barroca (parecido al laúd barroco) y todos viven a las afueras de Barcelona en una especie de taller o templo.

—¿Me preguntas que me da la música en la vida? —le preguntó Espada— Me da esa armonía que contrasta con el caos en el que vivimos; me da paz, emoción y felicidad... y luego nos explica cómo la música y su interpretación lo acerca a la idea de lo divino —como a Saint-Colombe— y cree que es un milagro cuando escuchamos la música en el interior —esa recóndita armonía—, pues el ritmo, el fraseo y su improvisación, toman vida de manera fugaz.

—La música —dice Savall— está antes que las palabras y por eso un niño percibe, por la forma en que se las cantamos, el amor de sus padres aunque no entienda lo que dicen: si le decimos ¡qué feo eres! pero lo hacemos con una voz melodiosa y con cierta ternura, no le importa al niño; en cambio, si le decimos ¡qué bonito eres!, y lo hacemos gritando se espanta y seguramente llora.

La cuestión es saber por qué la música es capaz de producir emociones sin otra explicación. Para disfrutar la música de Bach —dice—, no hacen falta que alguien nos explique nada. Nuestra vivencia musical depende de nuestra sensibilidad, espiritualidad y capacidad para emocionarnos y, no tanto, de los conocimientos abstractos.

Jordi Savall es un virtuoso de la viola da gamba que a sus 70 años ha logrado sublimar la música antigua para darle la dimensión que se merece y, por todo eso, se lo agradecemos.

jueves, 14 de octubre de 2010

Renacer como el ave Fénix

El Informador, Tertulia, sábado 16 de octubre, 2010.

(Omar Reygadas, uno de los mineros chilenos). Como todo mundo, nos pasamos esta semana siguiendo la noticia del rescate de los 33 mineros chilenos que vivieron en las tinieblas durante 70 días y sus noches —quién sabe cómo las distinguían— para volver a la superficie de la tierra que era más de lo que podían soñar.

Vemos el operativo, la estrategia de sobrevivencia, el apoyo mundial con tecnologías de todas partes y un plan que consideró lo que fuese necesario para que estos hombres volvieran a la vida y eso es lo más deseable. Una vez más el renacimiento, la resurrección o la segunda oportunidad como la que desarrolló Mahler en su Segunda Sinfonía que nos llegó a fondo.

Volver a ver a su familia, a la mujer —o a las dos mujeres como parece ser que es el caso de uno de los mineros que imagino, no le importa enfrentarlas con tal de salir del hoyo; volver a ver la luz, recibir el golpe del calor que viene del desierto durante el día, saber que hay día y noche y no sólo la obscuridad total, recibir con la camisa al aire el viento que corre por la superficie arenosa y prepararse al frío de la noche, arroparse con la mujer y seguir soñando.

Eso que el resto de la humanidad vivimos todos los días, es para ellos —y para nosotros—, un buen ejemplo, es el paraíso y lo más deseable con todo lo demás que hacemos todos los días: comer y beber un buen vino como el que producen en ese país y celebrar con esos mariscos extraños que saben a yodo puro y que tanto disfrutan los chilenos.

Ese es el paraíso al que van a entrar y es el mismo que nosotros vivimos todos los días, ¿por qué no somos capaces de percibirlos así? Tal vez hemos perdido la capacidad de asombro, esa elemental habilidad para ver las cosas desde otra perspectiva, hoy es hoy y la luz del sol de este otoño está clara y nítida como pocas veces, por eso el Popocatéptl se muestra en todo su esplendor como pocos días al año.

Hoy quiero celebrar con los mineros chilenos disfrutando lo que ellos creían que nunca más lo iban a hacer, quiero sentirme como uno de ellos, como si yo también hubiese salido del hoyo sobre las alas del ave Fénix.

Hoy quiero celebrar con ellos como si yo me hubiese quedado encerrado y de pronto salgo a la superficie, poco a poco, hasta escuchar la gritería y el llanto, recibir el abrazo y el gusto, tener culpa y miedo y todo lo demás que siempre nos rodea en la vida real para gritar con ellos: ¡Viva Chile, mierda!

Apuntes para Posidón, el dios del mar

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 15 de octubre, 2010.


(Uno de los Apuntes para Posidón para la creación de los mares). Posidón es un dios del Olimpo, hijo de Crono y Rea. Es el hermano menor de Zeus criado por los Telquines, genios de Rodas e hijos del Mar y de la Tierra y por Céfiro, la hija del Océano. En edad viril se enamoró de Halia, hermana de los Telquinos con quien tuvo seis hijos varones y una mujer llamada Rodo, como esa isla. Posidón es el dios creador del mar.

Marina Láscaris es una artista que vive en México desde hace tiempo que nació en la isla de Creta, al occidente del mar Egeo. Su nombre —Marina— viene a cuento ahora que se le ocurrió presentar sus recientes obras de arte Palabras e imágenes, en el Taller de la Casa Luis Barragán que estará a la vista hasta finales de octubre.

Lo que más me llamó la atención fue una obra expresada en un cuaderno donde ha trazado los Apuntes de Posidón para la Creación de los Mares, esbozos que Marina le sugiere al dios del Olimpo, al hijo del Tiempo para su creación antes que los antiguos griegos navegaran por esa creación tan robusta.

Marina no sólo recuerda los apuntes que hizo Posidón, sino parece que le sugiere algunas formas para que las creara, antes de reinar sobre su propia creación y por eso, nos muestra diferentes facetas del mar que han cruzado griegos de la talla de Ulises que lo hace intentando regresar a Ítaca. O el viejo Eneas, el troyano que libra la muerte tantas veces hasta fundar Roma, sin importarle que las reina Dido de Cartago se haya suicidado después de ser abandonada.

Las olas que van una detrás de la otra en la historia de la cultura occidental como ahora los minutos se sobreponen uno tras el siguiente, Marina nos presenta lo que pudo haber imaginado Posidón ese mar que fuimos una vez afortunados de navegarlo desde Atenas hasta la isla de Miconos, a principios de otro mes de octubre y al final de la temporada de navegación antes de que Posidón soltara su fuerzas invernales envuelto en su furibunda soledad.

Rumbo al archipiélago de las Cícladas, cruzando las aguas del mar Egeo llegamos a nuestro destino: la isla de Miconos, una isla cerca de Delos, donde Leto parió con apuros a Apolo, el delfín, nacido en el centro mismo de la isla, mientras su madre se sostenía de unas palmeras vigiladas por leones de mirada feroz.

Marina Láscaris ha sacado del fondo de lo más recóndito de su infancia algunas de sus imágenes que recuerda del mar antes de ponerse a rayar con las puntas de un clavo, agresiva y dulcemente, las hojas azuladas de plástico con los apuntes para la obra de Posidón, trazando diferentes tipos de olas —y sentimientos— que, como el tiempo, van una detrás de la otra en un continuo sinfín, recordando lo que vio de pequeña en la isla de Creta, una cultura que había desaparecido siglos antes por el tsunami producto del hundimiento de los tres volcanes que había en Santorini que acabó con la cultura Minoica para darle paso a la Micénica del Peloponeso.

Láscaris saca del fondo de su alma estos apuntes y nos presenta al mar en movimiento, un mar profundo con sus apacibles tumbos que van a oscilar con suavidad en ese esbozo de Posidón, antes de pasar a la furia desencadenada como de pesadilla para sugerir una ola que gira y se enrosca en sí misma —como una serpiente— antes de azotar la superficie, como sucede con la pasión, cuando nos toma desprevenidos. No pudo faltar en estos apuntes divinos la perfecta y geométrica ola con forma de caracol que se enreda en sí misma para darle paso a la siguiente que, sin detenerse, nos cubre para que no se nos olvide el poder de Posidón.

miércoles, 6 de octubre de 2010

La luz dorada en lo profundo del Rin

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 8 de octubre, 2010.


(La puesta en escena del MET). El sábado 9 de octubre inicia la temporada del Metropolitan Opera House con sus transmisiones en vivo y en directo del escenario de Nueva York a las pantallas de alta definición del Auditorio Nacional de la ciudad de México y en las del Teatro Diana en la ciudad de Guadalajara, iniciando con El oro del Rin, un Prólogo de 163 minutos y primera parte de la tetralogía del Anillo de los Nibelungos, la obra monumental de Richard Wagner (1813-1883) que ahora se ponen en escena en el MET con una producción impresionante.

Todo lo que forma parte del ser humano está en las fuentes que utilizó Wagner para componer su obra como fue la Canción de los Nibelungos, un poema épico en donde conocemos varios asuntos que tienen que ver con el poder, la ambición, la venganza y la política de una simple pero trágica historia donde Siegfried —el héroe— llega al poder por su propio esfuerzo hasta que es aplastado por la elite política.

Tal vez está basada en un hombre que se equivocó atacando al reino de Borgoña, que estaba en la parte alta del Rin y cerca del poblado de Worms, una antigua ciudad celta que era la sede del esplendor del reino borgoñés donde gobernaba Günther como rey.
En este prólogo se roban el oro del Rin para fundir una parte y hacerse un anillo con poderes extraordinarios. Wagner nos lleva al amanecer de ese mundo prístino —después del caos y la oscuridad—, donde hay unas nereidas juguetonas que cuidan del tesoro en la alta Germania, que no era otro que la luz del Sol que se llega hasta la profundidad de sus aguas y que habían confundido con el oro del Rin.

La misma profundidad como a la que llegan los símbolos que tienen que ver con nuestro origen: el agua del vientre antes de nacer a la luz de la historia y ponernos a nadar rumbo a la madurez para ser coronados.

De pronto aparece el adefesio libidinoso de Albreich para violar y robar el tes-oro-del-Rin y que de una vez por todas nos enteramos que, en este mundo, cohabitamos con el lado oscuro de la vida. El anillo fundido con el oro del Rin y sus poderes sobrenaturales son los que dan el paso a las acciones que la ambición busca y, por eso, se inician las batallas por el deseo de poseerlo.

Wotan es un dios a imagen y semejanza de los hombres que ha perdido un ojo para conquistar a Fricka su mujer que sueña con una mansión para los dioses, el Wallhala: una mansión encumbrada en las alturas para, desde allí, provocar tormentas. El sueño se convierte en realidad y hay que pagar a los Gigantes por su construcción que le exigen lo haga con el oro del Rin, con todo y el anillo o, si no, se llevan a la diosa Freia, la fuente de la eterna juventud.

La verdadera emoción de la épica no es saber lo que pasa al final sino cómo y por qué sucede todo lo que sucede hasta que el héroe y toda una dinastía son brutalmente asesinados.

Este poema narra cómo es que estuvieron a punto de extinguirse las tribus germánicas —después conocidos como los nibelungos— de la Borgoña cuando se enfrentaron a las tropas romanas en el 430 y empezaron sus leyendas orales que luego alguien transcribió en el 1200.

El anillo le otorga al hombre que lo porte superpoderes, como la corona de los reyes medievales o como el anillo donde se genera la vida o como la sabiduría del rey Salomón o como el anillo que Porcia que le da a Bassanio en El mercader de Venecia como símbolo de fidelidad, tal como lo hacen ahora los recién casados y que Wagner lo inmortalizó con ese otro anillo del Rin que, cuando es robado, los superpoderes se convierten en maldiciones, el amor en odio y la vida en muerte.

jueves, 30 de septiembre de 2010

La insolencia contra los inmigrantes

El Informador, Tertulia, sábado 2 de octubre 2010.


(Cola de inmigrantes a punto de ser expulsados en Barcelona). El rechazo a los inmigrantes es algo que encontramos en todos lados y en todas las épocas. Ahora lo podemos constatar cómo tratan en EEUU a los mexicanos que son objeto de burla y escarnio, a los gitanos en Francia o a los paquistaní y africanos en Barcelona y toda la Unión Europea en donde son objeto de tensión y conflictos.

En Las Guerras de Shakespeare, Ron Rosenbaum trata este asunto relacionándolo con la obra Tomas Moro que se supone —y se sigue discutiendo—, si es o no una colaboración en la que Shakespeare metió la mano y escribió con su puño y letra 147 líneas que, de ser así, podemos imaginarlo currente calamo (en el acto mismo de la creación) en ese manuscrito encontrado por ahí y en donde no sólo están buscando las semejanzas con el tipo de letra y las tres firmas que existen y textual el By me (como si hiciera falta) escrito antes de la última firma de su testamento en 1616.

La otra manera de saber si son de él o no estas líneas es analizando el discurso, la estructura y su contenido y compararlo con el resto de su obra y aquí es donde viene a colación la situación con los inmigrantes, pues se refiere a la manifestación que hicieron los nativos ingleses de Londres en contra de los inmigrantes italianos y franceses, deseando que las autoridades, en este caso, Tomás Moro (1478-1535) como Sheriff de la ciudad, los expulsaran por indeseables y porque ofrecían servicios y artesanías a bajo precio. Tal cual.

Cuando por fin le dan la palabra porque él si los entendía, Tomás Moro les dice: vamos a suponer que aceptemos y que ya han sido expulsados gracias al ruido que han logrado hacer reprendiendo a la Majestad de Inglaterra. Imagínense ahora que ven a estos pobres extranjeros cargando a sus hijos en las espaldas y con unos bultos como equipaje, arrastrando los pies rumbo a los puertos para exilarse; imagínense que ustedes se quedan sentados como reyes de sus deseos y que han silenciado a las autoridades con sus amenazas y mientras que ustedes abrigan su opinión con sus gorgueras plegadas, ¿qué es lo que han logrado? Yo se los voy a decir: han mostrado de esta manera cómo la insolencia y una mano fuerte se puede imponer y cómo es que el desorden se puede sofocar, pero al mismo tiempo, sepan que por eso, ninguno de ustedes llegará a viejo porque otros rufianes, iguales o peores que los que ahora temen, les aplicaran la misma mano dura, las mismas razones y derechos y esos hombres, como unos hambrientos peces, se comerán los unos a los otros.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Dime qué hago Juan, que estoy confusa

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 1 de octubre, 2010


(La señorita Julia (Maricela Peñalosa), fotografía de Roberto Paredes). August Strindberg (1849–1912) fue un especie de paranoico que pensaba era acosado por las mujeres y que fue un sentimiento que luego se transformó en misoginia y plasmó en sus obras, dándoles una fuerza y un dramatismo especial. Era el hijo de Carl Strindberg, comerciante sueco y de su madre, Ulrika Norling que había sido la criada y luego la amante de su padre. A esa realidad familiar en un siglo tan quisquilloso como el siglo XIX, se sumó el autoritarismo de su padre y la religiosidad de su madre que lo marcarían en su formación y le harían pasar una infancia infeliz.

La Señorita Julia (1888) es una de sus obras más famosas que, por fortuna, podemos ver ahora en el teatro de La Gruta del Centro Cultural Helénico los martes a las 20:30 horas, gracias a la energía y la pasión por el teatro de Ximena Sánchez de la Cruz, su productora y del director Sergio López Vigueras, quienes la han vuelto a poner en escena después de haber ganado premios en la UNAM.

Antes de que empiece la obra, vemos cómo las tres cuerda de un triángulo amoroso se van tensando y luego pasamos cincuenta minutos sufriendo de tal manera que, cuando termina la obra —y se ha soltado la flecha—, nos damos cuenta cómo Strindberg construyó esta situación agresiva, plena de soberbia y de amargura que se sobrepone al amor sin poder volver a pisar tierra.

De alguna manera ha expresado —invirtiendo los papeles—, sus fantasías relacionadas con la vida amorosa de sus padres, renovando la crueldad y el absurdo en el teatro, tal como lo hizo en el resto de su obra literaria.

En esta versión, la señorita Julia (Maricela Peñalosa), una joven sádica y al mismo tiempo débil, es la hija de un narco —no de un conde—, que la noche de San Juan decide divertirse con Juan (Rodolfo Blanco) su guarura —actor experimentado, entre otras en Eduardo II de Marlowe—, a ver si encuentra un sentido a su vida después de un noviazgo fallido.

El sadismo se hace presente y la tensión aumenta y en este caso, la señorita Julia se enreda con un don Juan de los guaruras, que siempre la había deseado, como deseaba las manzanas de la huerta donde se escondía para verla y, de alguna manera, es el espejo de Julia y receptor de varias bofetadas secas y sin trucos como las que recibe de las dos mujeres en ciernes: por un lado la señorita Julia y, por el otro, de Cristina (María del Carmen Félix), la cocinera en un papel contenido de primera a quien Juan le ha prometido que pronto se casarían. Los tres lados del triángulo bien afilados.

Strindberg nos quiere mostrar cómo los sueños y las ilusiones se mezclan con la humillación y la violencia en el mundo real pero, en esta versión, los sueños son más bien soluciones para librar el castigo. Por eso, San Francisco es el destino a donde deciden huir con una carga para traficar y, si la libran, poder dedicarse a los bienes raíces y desaparecer de la faz de la finca y del narco-padre.

Agotada, después de una noche muy sacudida, Julia le pide a Juan que dirija el operativo. Los hechos se desatan: Juan le ordena que prepare su maleta y consiga dinero para iniciar la nueva vida; Cristina se hace a un lado; cuando baja Julia con un ratoncito, Juan lo hace pinole y ella, desconcertada frente a la violencia, cambia de actitud y le pide le diga qué hacer, porque ella está confusa. El final no se los cuento para que sean ustedes los que se sorprendan en esta obra de Strindberg bien adaptada, bien actuada y que bien vale la pena ir a ver.

jueves, 23 de septiembre de 2010

La marquesa salió a las cinco

El Informador, Tertulia, sábado 25 de septiembre, 2010.


(La obra de Jorge Méndez Blake en el Tamayo). El Museo Tamayo de la ciudad de México inaugura hoy una exposición que abre fuego en tres frentes: uno, con una curaduría de Magali Arriola convertida en thriller, donde nos enteramos de las vidas de varios artistas, falsificadores o agentes especiales en Un lugar fuera de la historia, con héroes o villanos como Tina Modoti, Domingo Magalón, Haan van Meegeren, entre otros; el segundo frente está a cargo del tapatío Jorge Méndez Blake, con su biblioteca imposible o La marquesa salió a las cinco, frase que Paul Valéry afirmaba que nunca utilizaría pues se proponía caricaturizar los excesos de la novela realista, pero que André Breton la usó en su Manifiesto del surrealismo (1924) y para Mauriac fue el título de una de sus novelas (1961); el tercer frente es Este tú, una obra de arte situacional de Tino Sehgal y una verdadera sorpresa para los transeúntes.

Jorge Méndez Blake es uno de los capetillos, como les dicen a este grupo de artistas tapatíos, guapos, de buena familia y muy exitosos, que circulan por las galerías de Londres, París o Berlín, que incluye al que expone en el Tamayo, junto con Gonzalo Lebrija, Francisco Ugarte y Fernando Palomar, entre otros.

Sofía Hernández Chong Cuy, la directora del Tamayo quiere que el público conozca y se acerque al acervo del Museo y, para eso, ha preferido darles alas a los artistas para que vuelen y plumas para que adornen sus ideas. Por eso, Méndez Blake, interesado desde hace tiempo en los libros y las bibliotecas, construye una que es prácticamente imposible y para eso construye algo que aparenta ser una de ellas y, al mismo tiempo, por sus características irregulares —estantes vacíos, libros colocados a una altura que los hace inalcanzables, sugiere la imposibilidad de brindar estos servicios y de pasada nos habla de quién era Tamayo —más artista que lector— construyendo en escena esos estantes de madera y localizando sobre, debajo o detrás y alrededor de ellos, las obras de arte de la colección Tamayo como la Yerba (1972) de Hiroshi Okada y el espectador, no sabe si reír o llorar. pues el acervo bibliográfico es transparente y lo que realmente existe, como era la idea principal de Sofía, son las obras de arte que forman una colección tan valiosa que ahora volvemos a ver con deleite, fuera de contexto pero dentro de su propio ámbito.

Mientras, Tino Sehgal (Londres, 1976) nos muestra su obra efímera o situaciones construidas, interactuando entre los espectadores y los intérpretes: una mujer le canta y le regala su canto según lo que le inspire quien se le acerque y punto, tres frentes tres y el arte en plenitud como divertimento y generador de ideas imposibles o efímeras.