jueves, 21 de enero de 2010

Don Pantaleón, un retrato antes de la masacre

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 22 de enero, 2010.

(Don Pantaleón Pérez de Nenin, 1808). Confluencias: dos siglos de modernidad en la Colección BBVA es el título de la exposición que viene como anillo al dedo para iniciar las celebraciones del Bicentenario ahora que la podemos disfrutar en el Museo Nacional de San Carlos. Son sesenta obras que representan una modesta muestra de la historia de la pintura en donde hemos encontrado varias joyas en la primera sección de retratos, entre ellas, el de don Pantaleón Pérez de Nenin hecho por Francisco de Goya en febrero de 1808, tres meses antes de la masacre en Madrid y un poco antes que el pintor se convirtiera en reportero gráfico —asegurado en algunas de sus obras con un Yo estuve aquí—, cuando, en el mes de mayo de ese mismo año, inició el conflicto armado contra el emperador Napoleón I, que deseaba instaurar en el trono español a su hermano José Bonaparte a costa del rey Fernando VII, al tiempo que en México aprovechábamos esas circunstancias para animarnos y dos años después, dar el grito de Independencia en Dolores, Hidalgo.

Me impresionó este retrato de don Pantaleón vestido con su uniforme de los Húsares, el más elegante del ejército que, inicialmente, fuera la escolta de honor de Maria Luisa, pero que, con el estallido de la guerra, pasaron a ser parte de la caballería donde lograron cierto prestigio por su comportamiento heroico, aunque fuera treinta años después que don Pantaleón se había retirado.

Sí, la historia de este personaje nos dice algo: segundo de una familia hidalga dedicada al comercio de géneros del Norte y de las Américas españolas, había ayudado económicamente a levantar el regimiento de los Húsares de la reina María Luisa, por lo que, el segundón ingresó a ese cuerpo en 1796 cuando tenía apenas dieciséis años de edad y logró el rango de primer teniente, sin haber pasado por la academia militar. Su mirada, como la capta Goya, es la de un hombre que sufre depresiones, es un melancólico, como le decían a ese siglo a los que padecían esta enfermedad. Por todo esto, este Húsar que tenía más que ver con lo comercial que con lo militar, es una obra de arte pero, detrás de su elegante fachada hay una historia que nos dice más del contexto de esa época.

El retrato es genial: la elegancia y el lujo con el que se vestían los Húsares con unos trajes diseñados, más para el desfile y la corte, que para la guerra y las batallas. Nada que ver como los trajes que usan ahora los soldados del ejército Norteamericano en el desierto de Irak y Afganistán.

El retrato es de un Húsar elegante y la riqueza cromática de su uniforme lo hace más atractivo: posa con un pie izquierdo flexionado y adelantado, apoyándose con la mano derecha en el bastón de Ayudante y, con la izquierda, en el sable que portaba en los desfiles o en la Guerra de las Naranjas en Portugal. Las pinceladas libres de Goya nos ofrecen más detalles: los ribetes de las chaquetillas y el pantalón, así como, el brillo del cinto de las espuelas o el fantasma de su caballo al fondo.

Pero la carrera de don Pantaleón termina cuando le pagó a Goya por hacerle su retrato antes de retirarse a Bilbao, una vez que habían aceptado su retiro, para retomar sus deberes comerciales con esos géneros del Norte y el comercio con la América española, tres meses antes que se llevara a cabo la masacre en Madrid, cuando la debilidad militar, la complacencia de los soberanos españoles, la presión de los industriales franceses y los imperativos de una estrategia política, lograron ocultar los sucios cálculos, los designios de Dios o las exigencias de una filosofía más ad hoc, como escribió Jean R. de Aymes refiriéndose a estos hechos que, ese mismo año, mancharon de negro los dibujos y las telas del Goya, quien terminó huyendo a Burdeos en Francia para morir a los ochenta y dos años de edad completamente sordo.